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¿Qué hay de nuevo en la Argentina post industrial ?

Por Gustavo Svarzman y Ricardo Rozemberg *

Dpost-indistrial-landscapeurante la segunda mitad del siglo XX parte importante del debate sobre desarrollo económico en Argentina giró en torno a la discusión acerca de la mayor o menor aptitud de la agricultura y de la industria para liderar dicho proceso.  Así, mientras que los llamados “industrialistas” abogaban por aprovechar las rentas extraordinarias de la Pampa Húmeda para completar el proceso de sustitución de importaciones –con sus consiguientes efectos en materia de urbanización, y de efectos derrame sobre  el conjunto de la economía-  los “defensores de las ventajas comparativas naturales” criticaban lo que entendían como una asignación poco eficiente de los recursos hacia sectores con ineficiencias crónicas, al tiempo que señalaban los problemas que a mediano plazo se derivaban de la implementación de políticas que desalentaban la incorporación de mejoras tecnológicas en los sectores vinculados a los recursos naturales tradicionales; que eran a su vez los que proveían las divisas que financiaban el desarrollo industrial. Estas pujas, que se materializaron en la implementación a lo largo del tiempo de diferente tipo de medidas de política comercial, fiscal y cambiaria, ocuparon una parte importante del debate económico –y político- de nuestro país entre mediados de los años 30 y mediados de los 70s.

Así, en un mundo en el que el desiderátum del desarrollo y la generación de riqueza era la línea de montaje fordista o la fábrica en la que trabajaba Charles Chaplin en Tiempos Modernos, los servicios eran “el resto de la economía”, agrupando actividades en su mayoría de baja productividad y con escasa dotación tecnológica (y con poco “sex appeal” habida cuenta que no generaban productos físicos o visibles), que existían en tanto y en cuanto se vincularan con la producción de bienes (ej. transporte, seguros, finanzas, etc,.) o con las personas (ej. la peluquería o la escuela).

En cualquier caso, y como resultado de las peculiaridades sociales, políticas y económicas de nuestro país, llevó largo tiempo –bastante más que a algunos de nuestros vecinos- alcanzar un cierto consenso en relación a que el desarrollo del campo y de la industria son de hecho fenómenos complementarios y no contrapuestos. Sigue leyendo