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Cortemos con Tanta Dulzura: Imaginando 2016

Por Martin Rapetti*

Rolando-Schiavi.Domina por estos días la visión de que el gobierno logrará transitar los meses que le quedan sin mayores sobresaltos y que la economía que heredará la próxima administración se parecerá mucho a la actual. El próximo presidente enfrentaría entonces un cuadro recesivo (la actividad virtualmente estancada desde fines de 2011), inflación en el rango del 25-35% anual, déficit de cuenta corriente del orden del 1% del PIB pero reprimido, déficit fiscal en torno al 5% del PIB, precios relativos desalineados (tipo de cambio real atrasado y tarifas de transporte y energía espectacularmente bajas), múltiples tipos de cambios flotantes producto del “cepo cambiario” (blue, contado con liqui) y default selectivo de la deuda pública externa. Socia de este pronóstico es la idea de que estos desequilibrios no dispararán comportamientos disruptivos en el sector privado durante los meses venideros porque los actores anticipan que el próximo gobierno se encargará de resolverlos.

Diría que la de arriba es la percepción mayoritaria entre los economistas. Aunque creo asignarle una mayor probabilidad a un episodio de tensión cambiaria en los próximos meses, la tomo por buena para concentrarme en los posibles escenarios de 2016. En las últimas semanas, he leído y escuchando a varios de mis colegas expresar —con sus más y sus menos— un entusiasta optimismo respecto a lo que le espera a la economía argentina a partir del próximo 10 de diciembre. Mi mirada, en cambio, es bastante menos positiva. Sigue leyendo

Macroeconomía del populismo: ¿otra vez sopa?

Por Martin Rapetti*

sopaLa noción de populismo económico es muy conocida en América Latina. El artículo de Adolfo Canitrot fue pionero en análisis del fenómeno en Argentina. Otra contribución influyente es el libro editado por Rudi Dornbusch y Sebastián Edwards. No creo que todos los episodios históricos a los que Canitrot, Dornbusch y Edwards se refieren deban considerase populistas. Existen matices importantes que los distinguen y que demandan diferentes etiquetas. Pero no es esto lo que quiero discutir en estas líneas. Para ahorrar discusiones semánticas y siguiendo la tradición de estos autores, permítanme definir populista a la política económica que —en aras de mejorar las condiciones de vida de los más humildes— genera y luego exacerba inconsistencias que eventualmente derivan en una eclosión del esquema implementado. A riesgo de simplificar excesivamente, tomo como política económica populista a aquella que —vía un alza excesiva del salario real y del gasto público— provoca un exceso de demanda generalizado que deriva en presiones inflacionarias y tensiones en las cuentas externas. La intervención populista no termina allí. La noción de que el nivel de salario real conseguido es moralmente justo y que su mantenimiento depende esencialmente de voluntad política lleva a las autoridades a intentar corregir los síntomas emergentes —aceleración inflacionaria y escasez de dólares— con controles. Se congelan los precios en las góndolas, se prohíbe la compra de divisas extranjeras al precio oficial y se obliga a exportadores e inversores a desprenderse de sus divisas a dicho precio. Sigue leyendo