La lucha contra la pobreza exige desarrollo

Por Eduardo Levy Yeyati *

pobreza-ArgentinaDe qué hablamos cuando hablamos de eliminar la pobreza? Desde un punto de vista estrictamente estadístico, casi circular, solemos pensar la pobreza como el porcentaje de la población que está por debajo de la línea de pobreza, con ingresos diarios por debajo de un umbral arbitrario que en 2015 el Banco Mundial estimó en 1,9 dólares ajustados por poder adquisitivo. Según esta definición, para eliminar la pobreza bastaría con garantizar el acceso universal a una canasta básica de bienes y servicios, aumentando subsidios y transferencias a la población que se encuentra bajo la línea de pobreza.

Esta “pobreza de ingresos” no es perfectamente comparable entre países (mucho menos en el caso de la Argentina, donde la distorsión de los datos hizo que esta medida fuera primero desestimada y luego discontinuada). Más importante aún, los ingresos corrientes, si bien son esenciales, suelen ser una brújula insuficiente a la hora de orientar la política social. Para dar cuenta del problema de la pobreza, la definición debería ser ampliada al menos en dos dimensiones: una transversal y otra dinámica.

La primera de estas dos extensiones surge naturalmente cuando pensamos la pobreza como la ausencia de calidad de vida, o de bienestar. La cartera de consumo que contribuye a nuestro bienestar está en gran medida compuesta de bienes y servicios básicos provistos por el Estado de manera gratuita o subsidiada, como la educación, la salud o el transporte, o de uso compartido, como la seguridad, la Justicia o el medio ambiente. Nada de esto está incluido en las estadísticas de pobreza, pero sin esos bienes y servicios seríamos mucho más pobres.

De hecho, una “sociedad de clase media” (esa tierra prometida de los países en desarrollo) es aquella donde la calidad de vida es igualada hacia arriba precisamente por estos bienes y servicios del Estado. Por eso, un “pobre de ingresos” es menos pobre en Europa que en la Argentina. Por eso, si el ingreso sube a expensas de la calidad de los servicios públicos, como en la Argentina de la última década, uno se siente a la vez más rico y más pobre. Y protesta. Con razón.

Reducir la pobreza en sentido amplio, además de la universalización de asignaciones y jubilaciones, exige reformas en la salud y la educación públicas, inversiones en infraestructura. Y mejoras en el hábitat, ese rubro huérfano de la política pública del que nadie suele hacerse cargo: cloacas, iluminación, seguridad, agua potable, son algunos de los rubros esenciales para eliminar la verdadera pobreza.

Por último, un programa contra la pobreza no puede pasar por alto la diferencia entre transferencias y empleo, entre la asistencia y el salario. El trabajo, además de ingresos, suma en la mayoría de los casos beneficios psicosociológicos innegables. Como decía Martin Luther King en su discurso más celebrado, hay que sacar a la gente de la pobreza de cualquier modo, pero luego hay que darle un trabajo.

Lo que nos lleva a la segunda extensión de la gesta contra la pobreza, la dinámica, crucial en una economía errática como la nuestra. La protección que dan los programas sociales es estática, y por lo tanto frágil, reversible. La renta fiscal le pone un techo para seguir avanzando, techo que, en un país con un déficit fiscal del 6% del producto como el nuestro, es más bajo de lo deseable. Además, al definir sus logros sobre la base del ingreso corriente, la protección social es más sensible a los ciclos económicos y fiscales. Eliminar la pobreza de manera dinámica también es evitar la tentación proselitista de repartir lo que no se tiene.

Con perdón del tecnicismo, el bienestar, para ser permanente, no puede ser sólo flujos corrientes; necesita, fundamentalmente, de la acumulación de stocks.

Desde un punto de vista dinámico, la protección social es apenas el remedio transitorio contra el fracaso de la gesta contra la pobreza; el mal menor. Centrar el desarrollo social en la protección social es casi una capitulación. Un regreso al asistencialismo de entreguerras, a expensas del Estado benefactor de posguerra.

El objetivo del desarrollo social es, como su nombre lo indica, esencialmente dinámico: la movilidad social ascendente. Para salir de la pobreza, hay que entrar en la riqueza. Promoviendo el ahorro del gobierno, la estabilidad fiscal necesaria para completar el consumo de los individuos y convertir beneficios sociales en derechos sostenibles.

Y, sobre todo, promoviendo el ahorro de los individuos.

Algo que a veces suelen pasar por alto las políticas sociales es que una mejora en la distribución del ingreso (por ejemplo, por aumento del empleo o de las transferencias) puede derivar rápidamente en un deterioro de la distribución de la riqueza. Por ejemplo, si los trabajadores consumen todo el aumento de su ingreso, éste terminará eventualmente en las manos concentradas de los proveedores de sus consumos. Del mismo modo, si las tasas pierden contra la inflación, el ahorro financiero subsidiará al deudor (los sujetos con acceso al financiamiento: clase media alta, empresas, gobierno) a expensas del ahorrista de cuenta sueldo y plazo fijo deprimido. Así, un incremento del ingreso relativo de los que menos tienen puede traducirse en un incremento de la riqueza relativa de los que más tienen.

Por eso, cuando hablamos de reducir la pobreza, también hablamos de educación, de vivienda, de inclusión financiera. Más precisamente, de una reforma de la educación pública que no se desentienda del valor económico de la acumulación del capital humano; de un programa de acceso o autoconstrucción de viviendas que apunte a los sectores que no tendrán acceso al crédito en el futuro cercano; de un sistema financiero que no defina ahorro como gasto subsidiado ni base su negocio en la erosión inflacionaria del ahorrista.

Dejo para lo último la pelea de fondo: la eliminación dinámica de la pobreza sería impensable sin la creación de empleo sustentable. Y en un país que aspira a integrarse a un mundo donde el empleo en todos los sectores está siendo lentamente reemplazado por la máquina, la generación de empleo probablemente sea el escollo más arduo en la lucha contra la pobreza.

Como pronosticaba el Nobel de Economía Wassily Leontief, “el rol de los humanos como insumo de la producción disminuirá como disminuyó hasta desaparecer el rol de los caballos en la producción agrícola con la introducción de los tractores”. A diferencia de las revoluciones previas, esta vez las opciones parecen ser el estancamiento de la productividad o la maquinización del trabajo. Y la máquina que sustituye trabajo aumenta la productividad (y el ingreso del dueño de la máquina, y de los trabajadores remanentes) a expensas de la destrucción del empleo más “reemplazable” (y de la equidad). Razón de más para pensar la política contra la pobreza en términos amplios que incluyan, también, la formación técnica, y un nuevo contrato entre trabajadores y empresarios orientado a amortiguar los costos del desempleo tecnológico.

Ingreso universal, infraestructura, educación, hábitat, inclusión financiera, empleo productivo. Cuando hablamos de eliminar la pobreza estamos hablando, en definitiva, de desarrollo.


* Economista, presidente del Consejo de Administración del CIPPEC. Nota publicada en el Diario La Nación el 7/4/2016.

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