Es hora de transformar la escuela

Por Guillermina Tiramonti *

chromebook-aulaDesde hace años, la educación media está en crisis. Es un espacio en el que nadie encuentra satisfacción, ni los alumnos, ni los docentes, ni las autoridades. Las encuestas muestran que la sociedad en general tiene una mala opinión sobre su funcionamiento. Frente a esto, están quienes piensan que debemos volver a la escuela de principio de siglo, los que se empeñan en reclamar orden y disciplina, y quienes creemos que ha llegado el momento de transformarla.

En los últimos 40 años se han ensayado todo tipo de cambios, tanto en nuestro país como en los de la región y en diferentes países del mundo. Pocos de ellos han perdurado o han podido pasar de la condición de experiencia. Sin embargo, a pesar de las dificultades, casi todos los sectores sociales hoy acceden a las aulas, aunque la mitad de los que ingresan no finalizan los estudios y buena parte de los que lo hacen no adquieren los instrumentos básicos de la cultura. ¿Por qué ocurre esto?

Ya en los años 70, los teóricos de la educación nos enseñaron que la escuela media tramita un saber abstracto, que requiere de los alumnos un soporte social y familiar propio de los sectores más habituados al uso de los códigos y los instrumentos de la cultura elaborada.

Por esto, a partir de los años 50 del siglo pasado la mayoría de los países generaron un circuito de educación técnica para escolarizar en el nivel medio a los sectores no habituados a estos códigos y saberes abstractos. Luego se siguió incluyendo y se generaron todo tipo de diferenciaciones y algunas modificaciones que profundizaron la desigualdad. Pero no se puso en cuestión la raíz ilustrada y enciclopédica del conocimiento que se vehiculiza en la escuela. Es decir, hemos mantenido intocado aquello que representa el factor más activo en la generación de la discriminación.

Hoy, siglo XXI, los avances epistemológicos, el desarrollo de la sociedad del conocimiento, las nuevas tecnologías de producción y difusión de la información y el conocimiento, la potencia de la imagen como lenguaje de expresión y transmisión, la complejidad de la vida en la sociedad contemporánea y la dinámica del cambio permanente han transformado el tipo de conocimiento que se necesita para participar en el mundo contemporáneo. Las nuevas generaciones deben adquirir las capacidades y habilidades que requiere el diálogo con una realidad heterogénea, en permanente cambio, que plantea situaciones inéditas y problemas a resolver.

Formar a las nuevas generaciones en forma acorde con las demandas contemporáneas obliga a transformar el núcleo a partir del cual se ha organizado la escuela moderna. Ese núcleo es el tipo de conocimiento en que se basa el proceso de enseñanza-aprendizaje. No se trata de profesores que hagan más entretenidas, atractivas e ilustradas las clases. Se trata de hacer de cada joven un individuo capaz de producir conocimiento por sí mismo, de indagar y averiguar a partir del uso de Internet, de construir y solucionar problemas y de inventar alternativas para ser partícipe creativo de la construcción de su propio futuro y el de la sociedad en la que vive.

Este cambio en el núcleo del conocimiento escolar es portador de ventajas importantes: la primera es que pareciera no exigir el respaldo de un origen social ilustrado para poder acceder al conocimiento que la sociedad considera relevante, de allí que sea válido albergar la expectativa de lograr una escuela en la que todos aprendan. La segunda es que permite recuperar la centralidad cultural de la institución escolar rescatándola de un destino de tutelaje disciplinador para los jóvenes.

Para eso hay que dar vuelta la escuela. Hay experiencias en el mundo que ya lo han hecho exitosamente. Los jesuitas, que a fin del siglo XVI ofrecieron al mundo mediante la Ratio Studiorum la arquitectura básica sobre la que se erigió la escuela moderna, son los que ahora están inventando una posibilidad alternativa para los siglos venideros. Las experiencias que están implementando en Barcelona se centran en la productividad de los alumnos, el aprendizaje por proyectos, el uso intensivo de las nuevas tecnologías y el trabajo colectivo de docentes y alumnos.

Si queremos transformar la escuela, el camino está marcado. Falta, nada más ni nada menos, como en casi todas las otras dimensiones del hacer social, movilizar recursos y rearticular voluntades e intereses para ordenarlas a favor de este objetivo. Como dice el dicho popular: algunos huevos habrá que romper para hacer la tortilla, porque el futuro de nuestros jóvenes y el del país exigen coraje.


* Investigadora y docente de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales ( FLACSO) y la Facultad de Humanidades de la universidad Nacional de La Plata (UNLP). Nota publicada en el Diario La Nación el 13/01/2016.

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