Para la economía argentina el Dákar recién comienza

Por Guillermo Rozenwurcel*

www.ibtimes.co.ukSi se me permite una metáfora automovilística, el nuevo gobierno inició su gestión económica -que será tan dura como el Dákar- con una excelente largada. El levantamiento del cepo y la flotación cambiaria se concretaron sin corridas ni otros descalabros. Aunque, todo hay que decirlo, subsisten restricciones para las importaciones completamente justificables en el actual contexto, pero que no se condicen con el discurso oficial que alude a un levantamiento pleno del cepo.

Una buena largada era imprescindible para no despistarse en la primera curva, pero la travesía recién comienza, será larga, atravesará territorios inhóspitos y enfrentará amenazas a derecha e izquierda, tanto en el plano interno como en el externo. Para hacer más difíciles las cosas, los pilotos deberán conducir un Estado desmantelado y navegar en una economía política muy complicada. En el plano interno, el desafío más inmediato es evitar que el traslado (pass through) de la devaluación a precios desate una segunda ronda de aumentos en espiral de salarios, precios y tipo de cambio.

El gobierno no la tendrá fácil teniendo en cuenta que los precios comenzaron a subir incluso antes de la devaluación, no sólo en bienes transables sino también en no transables (cuyos costos no están ligados al tipo de cambio), que los aumentos ya concretados han elevado el ritmo de inflación y que aún no se han producido los reajustes de tarifas públicas ni comenzaron las negociaciones paritarias.

En el plano internacional, se logró detener la pérdida de reservas y éstas incluso se recompusieron ligeramente, pero está claro que la escasez de divisas se mantiene. Esto en el marco de la fuerte desaceleración de la economía china, la retracción del comercio mundial y el fin del superciclo de precios altos de las commodities, todo lo cual ha desatado una “guerra” de devaluaciones competitivas en las economías emergentes y amenaza la mejora de competitividad lograda con la reciente devaluación. Así, nos volvemos a enfrentar a un viejo interrogante: ¿cómo evitar un nuevo atraso cambiario sin presionar al alza precios y salarios?

La política monetaria puede hacer parte del trabajo absorbiendo liquidez y haciendo que las tasas de interés vuelvan atractivos los activos en pesos, pero no puede hacer todo el trabajo si se quiere evitar profundizar la recesión y afectar el empleo. Tampoco se pueden “disciplinar” los precios acelerando la apertura de importaciones, porque no es efectiva para frenar a los no transables y porque la previsible avalancha de importaciones provenientes de Brasil puede dañar seriamente la actividad industrial.

Por lo tanto, la política fiscal tiene que acompañar a los instrumentos monetarios. El enfoque gradualista elegido es el correcto, pero debe comenzar a implementarse cuanto antes para hacerlo creíble. Hasta ahora la mayoría de las medidas anunciadas -disminución de retenciones, aumento del mínimo no imponible, de la AUH y las jubilaciones, entre otras- seguramente necesarias, no brindan las señales requeridas. El anuncio de recortes en los subsidios, la principal herramienta disponible aunque políticamente costosa, aún sigue pendiente.

El trípode antiinflacionario necesita como tercer sostén un acuerdo social y político que comprometa a empresarios y sindicalistas en el combate a la inflación. En ese marco el desdoblamiento de las paritarias, apostando a una inflación en descenso hacia fin de año puede ser una alternativa a explorar. Medidas complementarias, como mantener el poder adquisitivo del salario mínimo, subsidiar una canasta alimentaria básica para los beneficiarios de planes sociales y otorgarles a esos mismos beneficiarios rebajas del IVA para bienes de primera necesidad, deberían completar la política antiinflacionaria. Si semejante tarea será compleja, llevarla a cabo al mismo tiempo que se reconstruye la burocracia en los ministerios y otras dependencias, se vuelven a generar estadísticas confiables y se recrea la capacidad de negociación del gobierno lo será aún más. Esto último es de la mayor urgencia para evitar el desmadre de la conflictividad interna y establecer acuerdos mutuamente aceptables con gobernadores, parte de la oposición parlamentaria, empresarios, sindicalistas y otros actores sociales que aseguren la gobernabilidad. También para llevar a buen término las duras negociaciones internacionales que se vienen con los fondos buitres y para conseguir financiamiento externo privado y multilateral que permita aliviar la escasez de divisas y facilitar la corrección gradual del desequilibrio fiscal, así como inversiones directas que contribuyan a modernizar nuestra economía.

Los objetivos de inflación y actividad que se ha fijado el gobierno tal vez resulten demasiado ambiciosos teniendo en cuenta que el primer semestre no va a ser favorable en ninguno de los dos planos. Pero si la implementación de la política no sufre tropiezos, la conflictividad social se mantiene acotada y el escenario internacional no empeora abruptamente, hacia el último trimestre del año la situación económica debería comenzar a mejorar. Sería un importante primer paso, pero apenas un primer paso. ¿Cómo evitar que luego se reproduzca el ciclo de euforia y depresión propio de todas nuestras recuperaciones? No hay una receta mágica, pero hay algo de lo que aún no se habla pero debe empezar a construirse desde ahora, aunque sus efectos no sean inmediatos. Lo que nos debemos es ni más ni menos que una estrategia de desarrollo sostenido e inclusivo debatida entre todos los actores, con eje en una inserción internacional acorde a nuestros intereses y en una transformación productiva basada en la ampliación y mejora de nuestra infraestructura, en la acumulación de capital físico y humano y en el impulso a la innovación.


* Economista (UNSAM, UBA y CONICET). Miembro del Club Político Argentino y Red Sudamericana de Economía Aplicada. Nota publicada en el Diario Clarín el 2/2/2016.

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