Las crisis económicas argentinas, historias de ajustes y desajustes

Por Miguel A. Kiguel (con la colaboración de Sebastián Kiguel) *

Crisis Economicas

Editorial Sudamericana

La Argentina tiene el dudoso honor de ser el país que más crisis macroeconómicas sufrió durante los últimos setenta años en toda América Latina e incluso en gran parte del mundo. Es un caso paradigmático, lo que lo ha llevado a convertirse en el laboratorio preferido de los economistas para el estudio de temas como la inflación y las crisis cambiarias, bancarias y de deuda pública.

¿Por qué la Argentina? Esta es la gran pregunta. Cómo explicar el hecho de que sea el país con más recesiones, incluyendo la más traumática, la Gran Depresión económica del 2001-2002, durante la cual el producto per capita cayó 25% en cuatro años. Cómo entender un país en el que la inflación ha sido una de las más altas y más volátiles del mundo, aquella que culminó en el brote hiperinflacionario de 1989 y convirtió a la Argentina en miembro del selecto club de los países que sufrieron una hiperinflación. Cómo concebir que en el lapso de solo veinte años el país haya vivido dos defaults de deuda, acompañados por profundas crisis bancarias y depresiones económicas, y crisis de balanza de pagos recurrentes y desestabilizantes.

No hay duda de que algo ha funcionado mal. Lo paradójico y misterioso es que esta incapacidad de lograr un mínimo de estabilidad macroeconómica ocurre en una nación que cuenta con abundantes recursos naturales y que ha mantenido uno de los más altos niveles de ingreso de Latinoamérica. Una nación que tiene una población con un elevado nivel de educación, que se ha destacado en las ciencias, las artes y la cultura y que ha mostrado una gran capacidad de estar en la frontera del conocimiento y de la innovación en áreas complejas, como la energía atómica, la medicina y la tecnología. Una nación que, además, genera ídolos mundiales en el deporte y ha dado luz al primer Papa de una nación emergente. Importantes individualidades que hasta ahora no han podido funcionar como sociedad. ¿El problema serán los políticos, los economistas, los jueces, los sindicatos, los empresarios, las instituciones, el marco legal o la imposibilidad de ponernos de acuerdo sobre reglas de juego?

No faltan hipótesis para explicar el fracaso macroeconómico de la República Argentina. Una cuestión central ha sido la falta de consensos básicos en la sociedad respecto del “modelo” económico, lo que puede explicar los fuertes volantazos observados en la política económica. Los cambios de gobierno se han transformado en hechos traumáticos: los nuevos presidentes suelen tirar por la borda todo lo que hizo el anterior e introducen un nuevo paradigma, cambian las reglas de juego y destruyen tanto lo que no servía como también lo que sí servía.

En cuanto a la política económica, los fracasos tienen numerosas explicaciones y hay para todos los gustos. Algunos argumentan que han sido las políticas ortodoxas o neoliberales, mientras que otros le atribuyen la responsabilidad al  populismo. La lista de culpables casi no tiene límite, e incluye la “adicción” a los déficits fiscales y cuasi fiscales —los del Banco Central—; la permanente y, muchas veces, desbocada emisión monetaria; los frecuentes episodios de atraso cambiario que terminaron en maxidevaluaciones y desestabilizaron la inflación; la abultada deuda pública; la puja distributiva que busca recomponer los ingresos o las rentas solo a través de aumentos de precios y de salarios; la falta de competitividad de sectores que se refugian en la protección del estado y no hacen esfuerzos para exportar y generar dólares; y la lista podría seguir y seguir.

En este libro, nuestro objetivo es ayudar al lector a entender por qué la Argentina ha fracasado a lo largo de siete décadas en conseguir la estabilidad macroeconómica y por qué ha sido mucho más inestable en términos de crecimiento, inflación, tipo de cambio y otras variables económicas que el resto de los países de América Latina y que la gran mayoría de los del mundo. También buscamos comprender por qué la Argentina no ha logrado superar, como sí lo hicieron Brasil, Chile, México, Uruguay y muchos otras naciones emergentes, los temores a una nueva crisis de balanza de pagos, a otra fuerte recesión, a que se escape la inflación o a otro default de la deuda pública.

Lo curioso es que, en el caso argentino, comparten el mismo resultado gobiernos que tuvieron ideologías y visiones económicas muy diferentes: fracasó la ortodoxia o el llamado neoliberalismo, como lo muestran las crisis de principios de los ochenta y de los años 2000. También fracasaron las políticas “progresistas” o expansionistas que, en muchos casos llegaron al populismo económico, como en el Rodrigazo de mediados de los setenta, la hiperinflación de fines de los ochenta y, en forma menos dramática, la política económica actual.

La historia de los ajustes y desajustes de la política económica  rige el análisis que llevamos a cabo en este libro, en el que hemos adoptado como hilo conductor las crisis macroeconómicas de los últimos setenta años y, a partir de ellas, intentamos entender las dificultades que enfrentó el país para mantener políticas económicas prudentes que favorecieran la estabilidad a mediano plazo. También, mostramos cómo las frecuentes crisis fueron mellando la estructura económica y financiera, haciendo que fueran cada vez más intensas, más complejas y más disruptivas para el funcionamiento de la economía.

¿Qué es una crisis macroeconómica? Aunque parezca extraño, en la literatura económica, no es fácil encontrar una definición clara y precisa de lo que constituye una crisis macroeconómica. Se la podría definir como un evento que tiene un efecto disruptivo para el funcionamiento de la economía, especialmente sobre el nivel de actividad, de empleo y, en algunas ocasiones sobre la tasa de inflación, y que tiene un efecto negativo sobre el crédito y la cadena de pagos. En general, las crisis se conjugan con una fuerte recesión y con uno o más acontecimientos financieros, tales como una devaluación, una declaración de un default de la deuda pública o una crisis bancaria, que ocurre, por ejemplo, debido a una “corrida” de depósitos.

Desde un punto de vista analítico, es útil distinguir al menos tres tipos de crisis, que estaremos analizando analizaremos en este libro: las de balanza de pagos, la macrofinancieras y las de inflación extrema.

En los países emergentes, las más tradicionales han sido las llamadas crisis cambiarias o de balanza de pagos, que son las menos complejas, las menos disruptivas y, como fueron las primeras que se estudiaron, se las llama crisis de primera generación. En la Argentina corresponden principalmente al período conocido como del stop and go que va desde principios de los cincuenta hasta los años setenta.

En las crisis de balanza de pagos tradicionales, el principal problema es una inconsistencia entre un tipo de cambio fijo por un lado y la política monetaria y fiscal expansiva por el otro. Una política de tipo de cambio fijo no se puede mantener si hay inflación y los precios y los salarios suben permanente porque genera una inconsistencia que tiene un final anunciado: una devaluación.

De  las crisis de balanza de pagos se pasó a las crisis macrofinancieras —llamadas de segunda o de tercera generación—. La cuestión ya no era simplemente la escasez de reservas, sino que además aparecieron dificultades para pagar la deuda externa que muchas veces eran acompañadas por problemas de solvencia en los bancos y de corridas de depósitos. En este tipo de crisis, la solución no es tan sencilla, ya que los problemas de falta de divisas no se pueden resolver simplemente con una devaluación y una buena cosecha. En verdad, las devaluaciones en estos casos tienden a ser contraproducentes, ya que reducen la capacidad del Estado y de las empresas para pagar la deuda y también la solvencia del sistema bancario que está endeudado en dólares.

En otras palabras, cuando los problemas son macro-financieros, una devaluación, aunque muchas veces es inevitable, puede profundizar la crisis en lugar de aliviarla. Un ejemplo que ayuda a ilustrar este aspecto fue la salida de la convertibilidad. En 2001 la Argentina tenía un claro problema de atraso cambiario, era muy caro en dólares, lo que hacía que las exportaciones industriales no fueran competitivas y que el país tuviera un déficit en su balance comercial y en la cuenta corriente del balance de pagos. La solución tradicional a esta coyuntura era una devaluación para recomponer la competitividad del sector exportador, estimular la sustitución de importaciones y mejorar la situación externa.

Una conclusión rápida es que las crisis macro-financieras son mucho más difíciles de resolver que las de balanza de pagos, ya que por su naturaleza afectan la solvencia de las empresas y del propio Estado y tienen un alto impacto sobre el crédito y sobre la cadena de pagos.

Un hecho llamativo es que las crisis económicas se fueron volviendo cada vez más profundas y más agudas a lo largo de los años. Una manera sencilla de medir la su profundidad de las mismas era es por el impacto tuvieron sobre las tasas de inflación y de devaluación, y sobre los cambios en algunos precios relativos claves, como son el salario real y el tipo de cambio real, y por supuesto sobre la tasa de desempleo. También ha sido central la profundidad y la duración de las caídas en el nivel de producto, especialmente porque las recesiones se fueron haciendo más marcadas a lo largo de los años.

Esta tendencia fue el resultado de un conjunto de factores que hacían que la economía tuviera menos defensas para enfrentar errores de política económica o shocks externos que la desestabilizaran. La mayor debilidad fue un aumento en la vulnerabilidad financiera, principalmente porque con los aumentos en la tasa de inflación y las recurrentes devaluaciones de la moneda se fue generando una huída del peso, lo que se conoce como una caída en la demanda de dinero y una tendencia a que los ahorros fueran en dólares.

Cuando se comparan las cuatro grandes crisis recientes, incluyendo el Rodrigazo de 1975, la hiperinflación de 1989, el default de 1982 y la depresión de 2001, vemos que por su naturaleza las dos primeras fueron económicas y las dos últimas, macro-financieras. En estas la caída del producto fue mucho más fuerte, de hecho, a los años ochenta se los conoce como la década pérdida y en 2001 la Argentina sufrió la caída en el PBI per capita más fuerte e intensa que se recuerde.

En la mayor parte de las crisis, los detonantes fueron factores financieros, como por ejemplo, una crisis bancaria (en el Tequila o en 2001) o dificultades para cumplir con los pagos de la deuda pública (los defaults en 1982 y en 2001) aunque los shocks externos también tuvieron un papel importante.

Hoy la Argentina vuelve a tener importantes desequilibrios macroeconómicos y los temores a nueva crisis rondan por doquier. El análisis que hemos hecho indica que los problemas se asemejan mucho más a los desajustes que prevalecían en los años del stop and go de los que precedieron a las crisis macrofinancieras.  Si es así, la salida debería ser menos traumática que en las típicas crisis argentinas y hasta podría ser una oportunidad. Pero Argentina tiene la mala costumbre de hacer de cada oportunidad una crisis. ¿Será esta vez diferente?


* Director ejecutivo de Econviews, profesor UTDT y asesor académico de FIEL. Twitter: @kiguel. Extracto del libro de Editorial Sudamericana.

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