Los argentinos, ¿fanáticos de la inflación?

Por Ernesto A. O’Connor *

tribuna-argentinaNuevamente, una crisis macro latente se va acumulando en el horizonte. Una vez más, como desde hace unos 60 años, la Argentina se enfrenta a una inflación persistente, una restricción externa y un déficit fiscal que sería de 8% del PIB. Los errores del pasado no han servido como aprendizaje, y se repiten una y otra vez.

En particular, ¿es tan negativa la inflación para temerle tanto? Evidentemente, los argentinos – por lo menos una buena mayoría – tienen una propensión a la inflación, por ende no la deben considerar negativa.

La inflación tiene varias causas, monetarias, fiscales y estructurales. Pero si el Banco Central convalida la inflación, vía más emisión monetaria y políticas monetarias activas, el proceso se potencia. Ergo, a veces, el Banco Central, y muchos gobiernos argentinos, deben considerar a la inflación algo positivo. ¿Por qué? Porque permite financiar más gasto público, generar más empleo público, potenciar el ciclo económico y soñar con eternizar el ciclo político. No en vano casi todos los presidentes desde 1983 han intentado y/o logrado su continuidad más allá de lo establecido por la legislación, que siempre puede ser modificada. Además, de paso, la inflación licúa la transparencia de los números del presupuesto nacional y de los presupuestos provinciales y municipales, abriendo interrogantes en torno a la corrupción.

La población, en tanto, “disfruta” de la mayor liquidez derivada de la inflación. Los salarios e ingresos (y los planes sociales y jubilaciones) se indexan a la inflación pasada,  y el poder adquisitivo se mantiene, o por lo menos no cae mucho. El crédito bancario de consumo de mediano plazo disimula el proceso con plazos generosos y tasas exorbitantes, pero permite a los consumidores mayor felicidad. Por supuesto, el crédito para inversión es escaso y el hipotecario sobrevive en publicidades, pero los argentinos compran 0 km (y no podemos circular más).

La producción se enfrenta a mayores costos salariales y de insumos, pero fija precios, en un contexto siempre proteccionista. De paso el mark-up asegura cuasi-rentas globalmente impensadas, dado que fijan precios por lo general muy por encima de los internacionales. Los sindicatos son poderosos al negociar paritarias.

“Un poquito de inflación es bueno”, dijo una vez quien fuera un muy joven ministro de economía argentino hace décadas.

Así, gobierno, consumidores y productores están “felices” en el mundo inflacionario argentino. Sobre todo en una sociedad y en una economía con algunas tendencias políticas, sociales y culturales hacia el aislamiento y una integración limitada al mundo, salvo que sea para viajes turísticos a destinos puntuales y clásicos. Estos viajes al exterior se incrementan en la historia argentina a medida que el peso se aprecia y es más accesible acceder a divisas baratas. La inflación nos permite viajar por el mundo!

Por algo la economía fue llamada la ciencia lúgubre, y John Stuart Mill no pudo retrucar. Tanta felicidad “marca registrada argentina” no podía durar tanto. Pero los ciclos de stop and go, el rodrigazo, el fin de la tablita, la hiperinflación, el fin de la convertibilidad y el cepo cambiario deben ser fruto de los golpes de mercado, las corporaciones o el capitalismo global. El problema es que todos los anteriores al actual terminaron igual, con una megadevaluación.

¿Y el peso? Si dejó de ser reserva de valor, es porque sobran pesos en relación a las divisas, y valen menos. Pero por lo menos sirve para transacciones, y mantiene el consumo. Pero cuando la incertidumbre crece y el peso no vale, surgen los temores de que la historia argentina se repita en un plazo desconocido. Acecha la incertidumbre.

La inversión decrece, la producción ve subir sus costos de manera insostenible, las ventas internas dejan de crecer como antes, y el desempleo productivo privado formal comienza a crecer. Los exportadores tienen problemas para exportar, sus ventas caen, y las importaciones se vuelven muy caras, y caen. La inflación se devoró la competitividad. ¿Qué competitividad? ¿Si nos gusta la autarquía? A propósito, la autarquía es negativa hasta para Piketty! ¿Para qué competir con el resto del mundo? ¿Para qué sirven los ranking de competitividad del World Economic Forum o del IMD? Mejor es una economía cerrada, con subsidios empresarios, protección a la industria y al empleo. ¿Tan mala era la inflación?

El problema es que ya no queremos el peso, pues no sirve como reserva de valor. ¿Cómo salimos de ésta? ¿Será como lo hizo siempre la Argentina en su historia, con una megadevaluación que licúe el gasto público y haga crecer las exportaciones en el sentido de la curva J de Krugman? Porque otro camino no intentó en el pasado.

Hoy el gasto público consolidado es más del 40% del PIB, y es poco sostenible su financiamiento. La inflación genera una sobrevalución de los bienes y servicios no transables, especialmente el gasto público, en detrimento de los transables. Estos desequilibrios impiden la reactivación de la producción. ¿Cómo arreglar tamaña distorsión de precios relativos? No sólo la ciencia lúgubre, sino la historia económica argentina, nos enseñan que la corrección puede darse de la manera menos deseada. Si eso ocurriera, posteriormente, sería señal de madurez realizar los adecuados cambios institucionales, políticos y culturales, para evitar que la situación se repita, por enésima vez, dentro de otros diez años.


*Economista, UCA.

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2 Respuestas a “Los argentinos, ¿fanáticos de la inflación?

  1. Ernesto, muy bueno tu comentario. En 1984/85, en el BCRA, junto con el amigo fallecido Aldo Arnaudo, hemos sudado tinta junto con el entonces presidente Enrique García Vázquez, luchando para defender estas ideas. Hoy que recuerdo aquello como un fracaso de dos directores outsiders políticamente, a los que sólo EGV (gran tipo y muy competente) nos daba pelota. La “Coordinadora” nos miraba con malos ojos y el que fue primer ministro de Economía de Alfonsín, decía con tono de fastidio que “…la inflación será la que tenga que ser”. Parecen “Memorias del presente”.
    Un abrazo,
    Felipe Tami

  2. Carlos Chevallier-Boutell

    Excelente “pronostico”.

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