Una macro desordenada, un consumidor volátil

Por Nicolás Dujovne *

laberintoCristina Kirchner le entregará el 10 de diciembre a su sucesor una economía que tendrá exactamente el mismo tamaño que tenía el 10 de diciembre de 2011 cuando inició su actual mandato. Los salarios reales, es decir, los ingresos ajustados por inflación, también serán los mismos que los que regían cuando la Presidente inició su segunda gestión. Que la economía no haya crecido nada en cuatro años nos deja muy mal parados en la comparación regional: en estos cuatro años, Perú y Bolivia crecieron al 5%; Chile y Ecuador, al 4%; Uruguay, al 3%, y hasta Brasil creció a un ritmo superior al de Argentina, al 1%. Pero aun cuando evitemos mirar para afuera para no ver que el mundo no se vino abajo, igual debemos tomar nota de que una economía que no crece en cuatro años se achica en términos de su ingreso por habitante. La población en la Argentina crece a un ritmo de 1,2% por año. Cuatro años sin crecer nos hace 5% más pobres.

A lo largo de estos cuatro años de estancamiento el consumo tuvo alzas y bajas, pero no un crecimiento sostenido. En 2012, cuando la economía no creció, el consumo se mantuvo estancado. En 2013, la recuperación de la cosecha de soja y muy buenos precios internacionales para el agro apuntalaron las exportaciones y la economía se expandió cerca de 3%. Durante ese año, la combinación de un fisco gastomaníaco y un Banco Central que echaba leña al fuego haciendo crecer la cantidad de dinero a un ritmo de 40% generaron una fuertísima depreciación del peso en el mercado paralelo, y la palabra “brecha” comenzó a formar parte del día a día de las familias argentinas que intentaban defender sus salarios y ahorros de la licuación. Así, los argentinos, impedidos de comprar dólares oficiales generaron la mayor venta de autos de la historia, con 960.000 unidades, y le “sacaron” al Banco Central un récord de US$ 9000 millones en gastos de turismo. El gasto en bienes durables y turismo fue la manera de acceder a los dólares subsidiados que no se conseguían en su versión más práctica de papel moneda.

En 2014, ya escaso de divisas el Central devaluó y licuó los salarios con el fin de defender las reservas. La economía se contrajo 3% y los salarios ajustados por inflación iniciaron una seguidilla de 15 meses consecutivos de caídas interanuales, que sólo se interrumpió en marzo de este año. En ese contexto, en el que las familias están jaqueadas por la caída en los salarios reales y por un mercado de trabajo más complicado, es lógico que quienes disponen de algo de capacidad de ahorro lo canalicen a la compra de “dólares ahorro” o de activos en pesos a tasas elevadas o vinculados a la devaluación del dólar oficial, en vez de dirigirlos hacia bienes durables o turismo. La recesión genera conductas defensivas y el consumo no tracciona como antes, desafiando el núcleo central de la política del Gobierno, que basó gran parte de su estrategia electoral en la relación entre la expansión del gasto y el aumento del consumo.

Este gobierno no planea eliminar el cepo ni la brecha, pero ha comprendido que ésta debe ser controlada para que los privados no se lleven las pocas reservas que le quedan. Con ese fin, para acotar la brecha entre el tipo de cambio oficial y el paralelo, el Central vende dólares a $ 11,20 a marzo de 2016, paga 30% de tasa por sus letras a un año y vende dólares ahorro.

Vender futuros subsidiados y pagar tasas extravagantes no es sostenible en el mediano plazo como método. Tampoco es sostenible una economía estancada que se fagocita a sí misma. Que los consumidores planeen sus compras en función de sus necesidades y no en función de la política cambiaria va a ser un indicio de que la macroeconomía se va ordenando. Para ello, las palabras cepo, brecha y tipo de cambio “oficial” deben pasar a los libros de historia.


*Economista y director de Nicolás Dujovne & Asociados. Artículo publicado en el diario La Nación 18/05/2015

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