Europa y Grecia deben encontrar una solución sostenible a una crisis de culpas compartidas

Por Federico I. Poli *

greeceLo que se viene haciendo en Europa con vistas a resolver los problemas de los países de la periferia que entraron en crisis en 2008 está mal. La política del ajuste aplicada así, como lo vino proponiendo Alemania, es necia, porque genera sufrimiento, empeora los problemas y no muestra un futuro. En los países del Sur de Europa empieza a haber fatiga de ajuste en una situación de exceso de deuda. Esto es lo que explica el derrumbe del sistema de partidos tradicionales, que en muchos casos, fueron parte del problema. Grecia es un ejemplo en este sentido.

Las propuestas que permitan cambiar el enfoque para la resolución de la crisis en Europa son necesarias: dar más espacio fiscal, reducir el peso de los intereses de la deuda, inyectar demanda interna, aplicar una política monetaria expansiva y mejorar la paridad cambiaria del euro. De esto último, por fin, empezó a ocuparse bien el Banco Central Europeo.

Aspirar, como plantea el nuevo gobierno griego, a que no haya gente sin ningún ingreso viviendo en la calle, a que se frenen los desalojos de familias que no pueden afrontar las hipotecas, a que toda la población tenga acceso a los servicios de salud, son derechos sociales que nadie puede negar. Por cierto, distan mucho de ser posiciones de un partido de extrema izquierda y son propuestas que no pueden menos que generar adhesión.

Sin embargo el debate en torno a estas, en el seno de la Unión Europea, se oscurece porque el Gobierno heleno parece desconocer su historia de excesos de todo tipo (fiscales, monetarios, externos), el engaño estadístico, el desapego a las obligaciones tributarias y el hecho de que han tomado una deuda externa impagable. No resulta acertada la puesta en escena y su discurso en clave local, repartiendo culpas a sus acreedores, sin hacerse cargo de sus errores como Nación, por más que los dirigentes del nuevo gobierno sean ajenos a estos.

¿Pero cuál es la historia económica de Grecia?

1. Las décadas casi perdidas (1980-2000)

Durante los 80 y los 90 los Gobiernos griegos ensayaron sucesivos fallidos planes de estabilización (muchos de los cuales no duraron más que un par de años) y permanente negociación de préstamos y condiciones para su acceso con la Unión Europea, como los países latinoamericanos lo hacían con el FMI.

La economía muestra, en promedio, un crecimiento bajo (1,6% anual), alta inflación (14,4 % anual) y alto desempleo (8,5% de la PEA). Su participación en el PIB mundial (en PPP) se redujo 35%, en tanto que en el resto de la UE 18 fue de 23% y menor en los países mediterráneos: España 13%, Portugal 5% e Italia 28%.

Es el país de Europa que más devaluó su moneda, casi 600% pero también el que más alta inflación registró 1300%. Cada tanto (1986-7, 93), atrasaban el tipo de cambio para usar el “Dracma fuerte” como ancla antiinflacionaria y tenían que devaluar cuando aparecía una crisis de balance de pagos. No hay un solo año en que la cuenta corriente sea positiva, el promedio anual de ahorro externo al que recurrió fue de 5% del PIB. Desde 1981 en que ingresa a la Unión Europea empieza a recibir fondos europeos que, como país de menor desarrollo relativo, le permitieran financiar su transición hacia la integración. Estos recursos pasaron de menos de 1% del PIB anual a 5% del PIB en 1992 y financiaron el gasto público y, también, el abultado déficit externo.

El déficit fiscal global de 9% anual promedio fue explicado por el peso de los intereses de la deuda pública que se eleva de 20,5% (1980) a 103,4% (2000) del PIB. Una parte importante de este déficit fue financiado por la emisión monetaria, alcanzó 2/3 del financiamiento total durante la primera mitad de los ´80.

2. Años de Euro-boom (2001-2007)

A partir de 1998 empiezan a prepararse para entrar al Club del Euro, cosa que ocurre en el 2001. La ilusión del Gobierno griego y de los europeos fue similar a la de los argentinos que instauraron la convertibilidad y sus resultados, lamentablemente, también. Creyeron que anulando la devaluación de la moneda se obtenía mágicamente la disciplina fiscal y la mejora de la productividad de la economía y terminaron en la peor crisis de su historia.

La introducción del euro, en la época de la gran moderación, generó en el mercado la fantasía de que el riesgo de los bonos europeos, fueran alemanes, griegos o portugueses, era el mismo. La desaparición de las monedas locales eliminó el riesgo de devaluación, principal temor de los inversionistas en los años previos, pero, también, mágicamente, el riesgo de default. El mercado financiero actuó irresponsablemente y el resto del mundo le prestó a Grecia anualmente un monto promedio cercano a 9 pp del PIB, que determinó que se multipliquen por 4 los pasivos externos netos de la economía griega. Culpas compartidas entre deudores y acreedores.

El euro se apreció de manera considerable respecto al resto de las divisas, 40% aproximadamente respecto al yen y al dólar. A la pérdida de competitividad respecto al resto del mundo, se suma la registrada al interior de la zona Euro, ya que sus tasas de inflación fueron sistemáticamente superiores al promedio (3,4 % vs 2,3 % anual).

Durante el boom, el PIB registra las tasas de crecimiento promedios más altas de la historia (4,2%) con baja inflación (3,3%) y alta desocupación (9.8% de la PEA). El crecimiento es empujado por el gasto público primario que se expande del 34% del PIB promedio (1980-2000) a 40%, mientras el esfuerzo fiscal permanece estancado en 34% del PIB durante los 2000. La diferencia con otras burbujas europeas (España, Irlanda) es que la griega no se produjo por el  dinero barato financiando el mercado de real estate sino por la expansión del sector público.

 3. Crisis y ajuste (2008-2014)

La última etapa es más conocida: la crisis y el ajuste impuesto por la Troika (FMI-BCE y Comisión Europea) con la dirección alemana. El PIB cae en promedio 2,8 % anual y el desempleo que era del 7,7% trepa a 25,7%. La tasa de inflación se desplomó por la depresión económica a 1,6% anual promedio, registrando deflación el último año. Por igual motivo, la tasa de crecimiento de las importaciones en volumen cayeron un promedio de 7,6% anual pero las exportaciones no reaccionaron (-0,8% promedio anual). El ahorro nacional, que debería servir para desapalancar la economía, también mostró un comportamiento negativo, ubicándose en 10% del PIB como promedio desde 16% en el cuarto de siglo anterior y la tasa de inversión en 17% desde 23% promedio anual. En medio de la depresión económica, los intereses de la deuda pública treparon a 4,2 pp del PIB en 2014 y el superávit primario a 1,5 pp.

Está claro que el problema no fueron los últimos 6 años de la crisis ni se originaron con el Euro. Pero la adopción de la moneda única llevó los desequilibrios a niveles insostenibles y las reformas propuestas agudizaron los problemas. Por eso es necesario otro enfoque.

La historia de Grecia es la de una frustración, como la de Argentina. Y vimos que las fases históricas de su derrotero económico y los problemas que afrontó son, también, con algunas diferencias temporales, muy parecidas a la de nuestro país. Sin embargo, decir esto no implica desconocer las claras diferencias de estructura entre ambas economías.

Argentina en 2002 encontró otro enfoque que resultó en una salida sostenible y virtuosa, destruida 6 años después por malas políticas que llevó adelante una dirigencia política inepta que nos retrotrajo, absurdamente, a los problemas y discusiones del pasado. El nuevo gobierno griego está intentando negociando con sus socios europeos una salida propia, adecuada a sus características. Esperemos que la encuentren, no sólo por su bien sino por el de Europa, que hasta la crisis había sido un ejemplo de espacio de integración, paz, libertad y democracia.


* Economista UBA. Director de Asuntos Económicos de SEGIB. Las opiniones expresadas en este artículo son a título personal, y no necesariamente reflejan las de la Institución. Nota publicada en el Diario Perfil el 28/2/2015

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