Otra Visión de los Planes Sociales

Por Edgardo Zablotsky *

pan“Me opongo firmemente al antiguo sistema de limosnas, que sólo hace que aumente la cantidad de mendigos y considero que el mayor problema de la filantropía es hacer personas capaces de trabajar de individuos que de otro modo serían indigentes, y de este modo crear miembros útiles para la sociedad”.[1]

Barón Maurice de Hirch, 1891

Amor al prójimo y capitalismo, cuánta confusión. En 1984, en su discurso de despedida al retornar a USA, el rabino americano Marshall Meyer, quien residió durante largos años en nuestro país, enfrentó a la dictadura militar por sus violaciones a los derechos humanos y creía fervorosamente en el liberalismo económico, expresaba: “Basta de confundir las palabras. Basta de llamar izquierdista a aquél que simplemente ama a su prójimo. Si preocuparme por el hambre del otro, por su alimento, por su techo, su llanto, su soledad, es izquierdismo, lo cual niego, entonces soy izquierdista. Sin embargo yo niego que soy izquierdista, a pesar de que no hay absolutamente nada de malo en serlo”[2]

¿Qué mejor ilustración de este hecho que una experiencia que se llevó a cabo hace más de un siglo en nuestro propio país? Extraño, pero absolutamente cierto.

Veamos la historia. En 1887 el Barón Maurice de Hirsch, uno de los empresarios europeos más acaudalados de su tiempo, decidió retirarse de los negocios dedicando el resto de su vida a la filantropía. Dicha voluntad quedó reflejada en su respuesta a una carta de condolencias por la muerte de su único hijo, Lucien, “he perdido a mi hijo, pero no a mi heredero, la humanidad es mi heredera”[3].

Su posición frente a la filantropía fue tan dura y exigente como lo era su modo de actuar  en el mundo de los negocios. Se oponía firmemente a la entrega de subsidios que sólo hacían aumentar el número de pobres, consideraba que el mayor problema de la filantropía consistía en transformar en personas capaces de trabajar a individuos que de otro modo se volverían indigentes, y de este modo reconvertirlos en miembros útiles para la sociedad. Más claro imposible, una ayuda al prójimo productiva, en un todo consistente con la ética capitalista.

Con dicho fin fundó la Jewish Colonization Association, la cual a partir de 1891 habría de conducir la inmigración de miles de personas, carentes del menor respaldo económico aún para el pago del pasaje, desde el Imperio Ruso hacia nuestro país, estableciéndolas en colonias agrícolas. Hirsch elaboró estrictos contratos haciendo a cada colono responsable de pagar no tan sólo la tierra y todo préstamo que hubiese recibido, sino también el respectivo interés sobre los mismos. Luego de muchos años de duro trabajo agrícola, para el cual en la mayoría de los casos no tenían experiencia previa, muchos de los colonos repagarían sus deudas y obtendrían los títulos de propiedad de sus tierras. Mientras tanto, sus hijos se educarían en las escuelas de las colonias, se trasladarían a Buenos Aires y realizarían estudios superiores. “Sembramos trigo y cosechamos médicos”, se escuchaba decir a los viejos colonos, aquellos gauchos judíos inmortalizados por Gerchunoff.

La posición de Hirsch sobre la filantropía no es nueva, por ejemplo, podemos encontrarla hace más de 800 años en el pensamiento de Maimónides, quien colocaba en la más alta escala de la filantropía el dar a un pobre los medios para que pueda vivir de su trabajo sin degradarlo con la limosna abierta u oculta. También la hallamos, hace ya algunos años, en el ideal de un ícono del liberalismo como lo fue Ronald Reagan, quien afirmaba que el propósito de cualquier política social debería ser la eliminación, tanto como sea posible, de la necesidad de tal política y, casi contemporáneamente, en el pensamiento de Nicolás Sarkozy, quien sostenía que cuando el asistencialismo paga más que el trabajo se desmoraliza a la Francia que se despierta temprano por la mañana.

El jueves 25 de Julio de 2013, el Papa Francisco, en el marco de la Jornada Mundial de la Juventud,  pronunció un movilizador discurso en un palco montado en la favela de Varginha, al norte de Río de Janeiro, en el cual tras elogiar los esfuerzos de Brasil por integrar a todos, a través de la lucha contra el hambre, advirtió: “Ningún esfuerzo de pacificación será duradero ni habrá armonía para una sociedad que margina y abandona en la periferia una parte de sí misma” y agregó que: “la medida de la grandeza de una sociedad está determinada por la forma en que trata a quien está más necesitado”[4].

¿Qué mejor modo de tratar a los necesitados que respetar su dignidad,  ayudándolos a reinsertarse en la sociedad productiva y de tal forma ganar su propio sustento?

Veamos sino la opinión de Juan Pablo II al respecto. En un discurso pronunciado en Santiago de Chile el 3 de Abril de 1987, ante los delegados de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, expresó que: “el trabajo estable y justamente remunerado posee, más que ningún otro subsidio, la posibilidad intrínseca de revertir aquel proceso circular que habéis llamado repetición de la pobreza y de la marginalidad”[5].

Por cierto, también hallamos una opinión similar en su Encíclica Laborem Exercens: “El trabajo es un bien del hombre -es un bien de su humanidad-, porque mediante el trabajo el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en un cierto sentido se hace más hombre”[6].

Retornemos a nuestra realidad. Si bien no hay datos exactos de la cantidad total de beneficiarios de los planes sociales, resulta claro que en la Argentina el Estado asiste a una gran parte de la población. En el largo plazo, dicha asistencia carece de sentido a no ser que mediante la misma se incentive a aquellos que son asistidos a valerse por sí mismos. De lo contrario se les estaría generando a los beneficiarios los costos de ser perpetuados fuera de la sociedad productiva.

Benedicto XVI, en su Encíclica Caritas in Veritate, identifica dichos costos con claridad: “El estar sin trabajo durante mucho tiempo, o la dependencia prolongada de la asistencia pública o privada, mina la libertad y la creatividad de la persona y sus relaciones familiares y sociales, con graves daños en el plano psicológico y espiritual”[7].

A modo de conclusión, en 1960 Boris Garfunkel, quien nació en Rusia en 1866; emigró a la Argentina en 1891 con uno de los primeros contingentes de la Jewish Colonization Association; fue colonizado en Colonia Mauricio, cercana a la actual Carlos Casares y residió en la Colonia durante los primeros 15 años de la misma; se radicó en Buenos Aires en 1906, abriendo una mueblería y, con el paso de los años, se convertiría en un ícono del empresariado argentino, expresaba en sus Memorias que “la ayuda al prójimo debe hacerse no en forma de limosna sino de modo constructivo, como lo hizo el Barón de Hirsch al llevar a la práctica su plan de colonización, un verdadero modelo de ayuda con pleno respeto de la dignidad del necesitado”[8].

Ya es hora de evaluar los planes sociales desde esta óptica y preguntarnos qué políticas públicas lograrían eliminar su necesidad.


* Vicerrector, Universidad del CEMA. Agradezco a Jorge Streb sus comentarios editoriales; por supuesto, todas las opiniones son de mi exclusiva responsabilidad.  Esta nota se basa en parte de la conferencia que he dictado en la 3era Reunión Anual del Alumni Club de la Universidad de Chicago en Argentina, Diciembre 2014.

Una versión extendida puede encontrarse en Edgardo Zablotsky, “Otra Educación es Posible I,” Documento de Trabajo 556, UCEMA, Diciembre 2014.

[1] Hirsch, Baron Maurice de, “My Views on Philanthropy,” North American Review 153 (416), Julio 1891.

[2] Rosemberg, Diego, Marshall Meyer. El Rabino que le vio la Cara al Diablo, Editorial CI Capital Intelectual, Buenos Aires, 2010.

[3] Adler-Rudel, S., “Moritz Baron Hirsch,” Yearbook VIII, Leo Baeck Institute, Londres, 1963.

[4] La Nación, “El Papa Pidió a los Jóvenes que Luchen Contra la Corrupción,” Julio 26 de 2013.

[5] Juan Pablo II, Discurso del Santo Padre Juan Pablo II a los Delegados de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, Abril 3 de 1987.

[6] Juan Pablo II, Carta Encíclica Laborem Exercens, Septiembre 14 de 1981.

[7] Benedicto XVI, Carta Encíclica Caritas in Veritate, Junio 29 de 2009.

[8] Garfunkel, Boris, Narro mi Vida, Buenos Aires, 1960.

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