Grecia dirimirá el futuro del proyecto europeo

Por Guillermo Rozenwurcel*

gr-electionsMientras la Unión Europea parece zambullirse en su tercera recesión desde la crisis de 2008 y se consolida la tendencia deflacionaria en toda la eurozona, en varios países de la Europa meridional se extiende el hartazgo frente a las políticas de austeridad impuestas a instancias de Alemania a los países más necesitados de asistencia.

Ese hartazgo afloró con particular intensidad en Grecia, el eslabón más débil entre los países sacudidos por la crisis, a tal punto que su gobierno se vio forzado a convocar a elecciones anticipadas para el domingo 25 de enero. En esas elecciones triunfó holgadamente la oposición de izquierda encarnada en el partido Syriza. Los resultados le permitieron conquistar 149 diputados, apenas dos menos que los necesarios para la mayoría absoluta. Con suma rapidez, al día siguiente Syriza anunció un acuerdo con la agrupación ANEL (Griegos Independientes), que con 13 bancas en el nuevo Parlamento permitió a Alexis Tsipras, líder de Syriza, convertirse en Primer Ministro. La nueva realidad política griega ha encendido luces rojas en los principales centros de poder de la Eurozona.

Era esperable que el nuevo gobierno genere incertidumbre, pero lo que no admite dudas es que las políticas impuestas a Grecia por la troika integrada por la Comisión Europea, el BCE y el FMI bajo la batuta del gobierno alemán han fracasado estrepitosamente.

Si bien los dos rescates sucesivos de 2010 y 2012 evitaron el default soberano, impusieron al mismo tiempo objetivos de austeridad, “flexibilización” laboral y desguace del Estado no sólo incumplibles sino contraproducentes.

Aunque en 2013 el resultado fiscal primario alcanzó por primera vez un modesto superávit de 0,8 puntos del producto, el déficit consolidado se mantiene próximo al 10% del PIB, muy distantes de las metas exigidas por la troika, debido a una carga de intereses que se mantiene aún muy elevada -unos 4 puntos del producto- y a gastos “extraordinarios” incurridos para salvar a los bancos. Al mismo tiempo, por primera vez desde la crisis la cuenta corriente externa alcanzó un ínfimo superávit -equivalente a 0,7% del producto- pese a que el país está aún lejísimos de alcanzar niveles mínimamente aceptables de competitividad internacional. Pero lo peor no es la insuficiencia de esos resultados, sino el dramático costo incurrido. La caída acumulada del PIB entre 2008 y 2013 alcanzó casi 25%, el desempleo oscila en torno al 25% (¡con un pico de más de casi el 60% entre los jóvenes!), la inflación -que venía desacelerándose fuertemente desde 2011- se transformó en deflación los últimos dos años y los salarios, que por supuesto cayeron más rápido que los precios, acumulan en los últimos tres años una baja superior al 15%. Todo esto para que, pese a esos enormes sacrificios, el peso de la deuda pública haya aumentado entre 2007 y 2013 de 103 a 175 puntos del producto. A grandes rasgos, estas tendencias se mantuvieron en 2014.

Han pasado seis años y el resultado de la austeridad está a la vista. Hasta el FMI reconoció que la medicina fue excesiva y que el sufrimiento de la población llegó a extremos injustificados. Puede inferirse, más bien, que la finalidad implícita fue evitar la posible insubordinación de otros países en dificultades.

No hay duda de que los partidos tradicionales y las elites que los apoyaron tienen la mayor responsabilidad en el descalabro griego. Pero como allá por los años ochentas dijo Díaz Alejandro refiriéndose a la crisis latinoamericana de la deuda, “culpabilizar a las víctimas es un atractivo modo de evadir responsabilidades, especialmente cuando las víctimas están lejos de ser virtuosas”. Cambian los actores, pero como entonces, hoy la irresponsabilidad de las “víctimas” también es consentida por los poderosos allende las fronteras -incluso a sabiendas de la corrupción y engaños de las autoridades griegas, ya que el sobreendeudamiento del país resultó fuente de elevadas ganancias para bancos y empresas exportadoras de Alemania y otros países de la UE. Hoy los órganos de gobierno de la Unión Europea ya no tiene legitimidad para seguir dictándole a los griegos lo que deben hacer. La ayuda otorgada tuvo un precio enorme y, lo que es peor, resultados contraproducentes.

Mucho más inteligente es esperar y ver qué propone el nuevo Primer Ministro. Syriza es un partido de izquierda, pero no de extrema izquierda. Sabe que basta que los mercados crean en la posibilidad de que el nuevo gobierno piense salir de la eurozona para desatar una corrida sobre los bancos, el colapso del sistema financiero y una crisis de profundidad incalculable. Por eso ha manifestado su disposición a alcanzar algún acuerdo razonable de reestructuración de la deuda que no lo fuerce a abandonar el euro.

La economía griega es pequeña como para plantear por sí sola un problema real a la UE, pero parece haberse convertido en un escenario clave para dirimir el futuro del proyecto europeo. Su deriva ilustra la incapacidad de la UE para resolver sus problemas económicos y sociales y la fatal fractura que se ensancha entre sus miembros. Si los líderes de la UE, a fin de evitar la generalización de los conflictos, pretenden escarmentar a Grecia y la inducen a salir de la eurozona, las consecuencias son impredecibles: los ciudadanos de a pie de otros países, igualmente hartos de la austeridad, en vez de aceptar el escarmiento pueden “contagiarse” de los griegos, agravando la fractura de Europa hasta límites insospechados.

Como acaba de escribir el ex ministro alemán Joschka Fischer, Europa tiene que decidir entre el “make-or-break”, el éxito o el fracaso del proyecto en su conjunto. Sea cual fuere el desenlace, sus consecuencias se harán sentir sobre la economía global, incluida América Latina.


* Economista( UNSAM, UBA y CONICET). Miembro del Club Político Argentino y Red Sudamericana de Economía Aplicada. Nota publicada en el Diario Clarín el 28/01/2015.

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