El legado de Tulio Halperin Donghi

Por Roy Hora* 

halperin (1)Evaluar el legado del mejor historiador argentino de todos los tiempos no es una tarea sencilla. A lo largo de más de sesenta años, Tulio Halperin Donghi escribió unos veinte libros y centenares de artículos. Prolífico y erudito, incisivo e iconoclasta, su ambición de conocimiento no se dejaba dominar por las fronteras disciplinares. Su registro temático fue inusualmente amplio: escribió sobre intelectuales y pensadores, sobre historia social y cultural, pero también sobre historia económica y fiscal. Poseía una relación pasional con la historia como empresa de conocimiento. Poco complaciente consigo mismo, no temía revisar sus ideas o reconocer que se había equivocado. Disfrutaba conversando y debatiendo, y fue particularmente generoso con los jóvenes, sobre todo desde que, en la década de 1980, ya nada fue capaz de opacar su prestigio. Las instituciones argentinas fueron muy avaras a la hora de reconocer sus talentos, pero él tenía una clara percepción sobre cuán poderoso era el ascendiente que había alcanzado entre los que aprecian de verdad el conocimiento histórico. Pese a que el poder de su palabra era inmenso, prefería argumentar antes que pontificar desde una posición de autoridad. Polemista insuperable, siempre se quedaba con la última palabra.  

Se movía con igual familiaridad discutiendo la Revolución de Mayo y la Revolución Mexicana, el batllismo y el peronismo, el siglo XVIII y el XXI. Su dominio del vasto territorio sobre el que desplegó sus inquietudes se observa en su formidable Historia Contemporánea de América Latina, que escribió cuando apenas tenía 40 años, y que llama la atención tanto por la coherencia y sofisticación del cuadro de conjunto como por el detallado conocimiento de las singularidades de cada una de las historias nacionales. Pese a que fue un activo promotor de la profesionalización de los estudios históricos, y a que era consciente de la fragilidad de este proyecto en una comunidad de historiadores como la nuestra, siempre dividida contra sí misma, siempre pensó que la historia debía ser algo más que una disciplina académica. Pues además de ser un gran historiador, fue un intelectual de relieve, aunque de un tipo singular. No sintió la pulsión de la vida pública, y prefirió hablar a través de sus textos. Pero siempre se mostró dispuesto a hacer sentir su opinión cuando era requerida por la prensa, aunque sin estridencias, ni actitud militante. En rigor, alcanzó mayor estatura y reconocimiento por lo que otros hicieron con su figura y su obra que por su vocación de intervención pública. Al igual que en sus textos de historia, su reflexión ocasional sobre cuestiones de interés ciudadano era densa y cubría un registro temático de infrecuente amplitud, que comprendía la educación superior y el imperialismo norteamericano, la alta cultura y el sindicalismo, además, por supuesto, de la gran política y la política del día. Su visión del pasado no se subordinó a ninguna gran verdad, y no se preocupó demasiado por establecer qué usos debían hacerse de ella.

Su gran pasión fue la historia argentina. Aun cuando pasó la mayor parte de su vida profesional fuera del país –fue profesor en Harvard y Oxford y finalmente se estableció en Berkeley-, a su manera él también participó de esa convicción tan idiosincrática que hace de nuestro país el centro del universo. En su caso, esta actitud no reflejaba una visión alienada sobre el peso específico de la Argentina en el mundo sino, más bien, su peculiar compromiso con los destinos de la comunidad que dejó en 1966, cuando el golpe encabezado por el general Onganía lo privó de su cargo en la universidad. Desde su atalaya en California, donde se radicó en 1972, llevaba un registro cotidiano de los sucesos argentinos y, hasta que cumplió 85 años y el cuerpo dejó de responderle, continuaba visitando el país todos los años, a veces en más de una ocasión. Gracias a su enorme talento para el análisis histórico, podría haber sido un animador de los grandes debates de la disciplina a escala mundial. Para ello, sin embargo, debería haberle dado la espalda a la Argentina y ocuparse de objetos de mayor relevancia. No había querido hacerlo al comenzar su carrera, cuando desestimó el consejo de José Luis Romero, que lo instaba a dedicarse a la historia europea. Se mantuvo firme en esta tesitura. No hay duda de que su proyección profesional se vio dañada por su obstinación con la historia de un país cada vez más marginal pero que amaba intensamente, y de que pagó gustoso ese precio.

Su obra tiene un personaje central, el intelectual. Halperin Donghi trazó el perfil del letrado latinoamericano, y analizó sus mutaciones y singularidades nacionales desde la colonia hasta siglo XX. Una y otra vez volvió sobre esta figura, desde su primer escrito, un artículo sobre Sarmiento de 1949, hasta su último trabajo, un breve ensayo sobre Belgrano, publicado pocas semanas antes de su muerte. Estos dos nombres nos dicen mucho sobre el tipo de personajes que más le atraían y, a la vez, sobre cómo concebía las potencialidades de esta exploración. Halperin Donghi era capaz de recrear como nadie el pensamiento y la biografía de un autor, de situarlo en un contexto de debate, de subrayar aciertos y marcar cegueras y debilidades. Pese a su indudable maestría para el análisis del mundo letrado latinoamericano, no hizo mayores esfuerzos para darle una dimensión conceptual a su contribución, y tampoco le interesó adoptar el tipo de perspectiva que lo hubiese convertido en un interlocutor de pleno derecho del debate internacional sobre el ascenso y caída de la figura del intelectual. La relativa modestia de sus logros en este plano no debe entenderse como una limitación. No le interesaba discutir con Pierre Bourdieu o Zygmunt Bauman, y no solamente porque era indiferente al poder seductor de modelos o teorías, o porque creyera que un especialista en América Latina no estaba habilitado para realizar afirmaciones o emitir juicios sobre grandes procesos históricos.

En rigor, el estudio de los intelectuales latinoamericanos le atraía sobre todo para internarse en el estudio del contexto más amplio que servía de telón de fondo a las creaciones y disputas de estos sujetos. Halperin Donghi solía poner el foco de su atención en los hombres de cultura, pero se interrogaba por la relación entre la elite intelectual y el campo del poder y, en un sentido más amplio, por la sociedad de la que estos personajes formaban parte. Sin renunciar a poner de relieve todo lo que de específico y singular tiene la esfera de las creaciones textuales y los conflictos entre los agentes del campo cultural, la marca distinta de su trabajo era la pregunta por qué podía verse no sólo en ellos y su entorno inmediato sino a través de ellos. Fue un excepcional historiador de los intelectuales y las ideas, pero fue mucho más que eso: un historiador de la sociedad y, en particular, de la sociedad nacional.

Colocada en este marco, vale la pena preguntarse cuáles fueron sus mayores contribuciones a los estudios sobre el pasado. Desde mi punto de vista, dejó tres grandes marcas. En primer lugar (y sobre esto hay consenso), redefinió nuestra manera de comprender la Revolución de Mayo y la sociedad que cobró forma de la ruptura con España. Y no sólo porque demostró que para entender la independencia es preciso apartarse de los relatos patrióticos y los mitos nacionales. Situó la emergencia del proyecto independentista en el marco del derrumbe del imperio español, y analizó  de qué manera la revolución creó un nuevo orden político, del que la ampliación de la participación política, la militarización y la ruralización del poder fueron marcas perdurables. Mucho antes de que François Furet tomara distancia de la interpretación social de la Revolución Francesa para advertir que la ruptura revolucionaria es ante todo un hecho político, y que redefine radicalmente el universo de ideas sobre el poder y la autoridad, Halperin Donghi ya había señalado ese camino.

Pese a que enfatizó la autonomía de lo político, Halperin Donghi creía que la esfera del poder debe comprenderse en un marco más amplio. Por ello escribió artículos célebres  como “La expansión ganadera en la campaña de Buenos Aires” (1963). Allí se presenta una manera de concebir a la gran estancia que, por primera vez, enfoca el problema a partir de la premisa de que la emergencia y consolidación de este tipo de empresa debía entenderse como una respuesta económicamente racional de los agentes productivos a las constricciones del contexto (abundancia de tierra, escasez de capital y trabajo). De allí en adelante, toda la discusión sobre la economía agraria pampeana giró en torno a esta premisa. Y también trazó un mapa de las transformaciones sociales que se produjeron bajo el impacto de la Revolución, la guerra y la apertura comercial. El capítulo central de esta exploración se refiere al ascenso de la clase terrateniente, clave para comprender el rosismo. Integró todas estas facetas en el cuadro de conjunto que ofreció en Revolución y guerra (1972), quizás el mejor libro de historia publicado en nuestra tierra. Aunque algunos trazos de este cuadro fueron revisados, sus trabajos de las décadas de 1960 y 1970 constituyen el suelo sobre el que hoy avanza la historiografía de la independencia y la primera mitad del siglo XX.

En segundo lugar, colocó en el centro de la discusión el problema del estado. Este fue el principal aporte de la etapa intermedia de su carrera. En tres libros enfocados en los debates políticos del período que va de Caseros al Ochenta (Proyecto y construcción de una nación: Argentina, 1846-1880, de 1980), las finanzas de Buenos Aires en la primera mitad del siglo XIX (Guerra y finanzas en los orígenes del estado argentino, de 1982), y la biografía de un político del montón de los tiempos de la Organización Nacional (José Hernández y sus mundos, de 1985), revisó la perspectiva societalista que imperaba en la historiografía nacional, y que también había encuadrado su mirada hasta entonces.

En esos estudios, Halperin Donghi estableció un nuevo horizonte para el análisis de esta temática. Su contribución no se limitó a enfatizar la necesidad de abandonar toda forma de instrumentalismo a la hora de concebir la naturaleza del estado. También puso de relieve la enorme incidencia del estado en el patrón de desarrollo histórico de nuestro país. En Guerra y finanzas, por ejemplo, mostró que ya en la primera mitad del siglo XIX las erogaciones del estado de Buenos Aires superaban los dos tercios del valor de las exportaciones totales de este distrito y que, medido en términos de gasto per cápita, excedía al de Gran Bretaña, por entonces la principal potencia económica y militar del mundo. Y su análisis del problema de qué sectores aportaban esos recursos y cómo eran asignados demostró que ese estado –que se convertiría, tras algunas mutaciones institucionales, en el núcleo del estado nacional que terminaría de afirmarse hacia 1880- contaba con un grado de autonomía respecto de los intereses de la elite socioeconómica que distaba de ser insignificante. A partir de su contribución se hizo claro que analizar empíricamente qué tipo de relaciones se tejían entre el estado y la sociedad, y qué tipo de iniciativas podían encarar sus agentes, era fundamental para entender algunas de las peculiaridades de nuestro país. En los últimos años, insistió con frecuencia en que la Argentina moderna se había construido desde arriba, y que el estudio de las iniciativas de las elites estatales era tan importante como el de los grupos socialmente dominantes.

Desde la década de 1990, dedicó más tiempo y energía al análisis del siglo XX. En esta última etapa de su carrera demostró que no sólo era un historiador del largo siglo XIX sino que, cargando con más de setenta años y un cuerpo ya muy deteriorado, era capaz de encarar proyectos de investigación de largo aliento sobre un período en el que había hecho numerosas incursiones, pero que indudablemente le resultaba más ajeno que el que corre entre Mayo y el Ochenta. Sus estudios ofrecen una manera renovada de entender la historia de nuestra democracia. En primer lugar, llamó la atención sobre la notable persistencia de las tradiciones políticas nacidas durante la Organización Nacional y, en particular, la de un liberalismo que nació y se mantuvo hostil al pluralismo político. En Vida y muerte de la República Verdadera (1999) enfatizó esta clave para interpretar los conflictos de la era radical, y para situar al principal personaje de ese drama, el “enigma Yrigoyen”. De paso, nos dejó el mejor estudio sobre la política y las ideas de la primera experiencia democrática. Unos años más tarde, en La República Imposible (2004), ofreció el primer relato coherente sobre qué había sucedido en la Década Infame y, muy importante, también la primera respuesta consistente a cómo y por qué la dirigencia conservadora se orientó por el camino del fraude. Lo que hasta entonces parecía un dato de la naturaleza que no requería explicación, Halperin Donghi lo convirtió en una pregunta. E intentó responderla a través de una exploración atenta tanto al universo de ideas como a las constricciones políticas que operaban sobre la elite dirigente de la Década Infame. Gracias a esos trabajos entendemos mejor a Yrigoyen pero también a Justo y a Fresco, y podemos percibir mejor todo lo que hace de ellos figuras centrales de ese tiempo en el que el liberalismo se encontró con la democracia.

Estos estudios pintaron un cuadro que no preanunciaba el peronismo, aunque ayuda a colocarlo en perspectiva, y a comprenderlo mejor. Por primera vez, el principal fenómeno político de la segunda mitad del siglo XX pudo pensarse como una deriva posible dentro de la tradición política argentina. Pero el peronismo tuvo sin duda mucho de novedoso, y Halperin Donghi fue de los que creía que su cifra no estaba contenida en sus premisas sociales ni en su inspiración ideológica. Su visión del peronismo fue cambiando con el tiempo. Fue recién en la década de 1990 cuando alcanzó a dimensionar toda su relevancia, como el fenómeno que daba sentido a una época. La larga agonía de la Argentina peronista (1994) lo concibió como una verdadera revolución social e institucional que, en apenas tres años, entre 1945 y 1948, dio forma a un cuadro de relaciones sociales y económicas que por medio siglo se mostró tan inviable como resistente al cambio. Cuando formuló este argumento, parecía que el peronismo estaba muriendo, ahogado por la ola neoliberal de la década de 1990. Ese pronóstico no se cumplió, y el siglo XXI trajo un reverdecimiento del movimiento fundado por el coronel Perón como fuerza política, aunque en una sociedad muy cambiada. Sus últimos trabajos contribuyen a explicar esta mutación, y a enraizarla en una historia más larga. Entre otras cosas, llaman la atención sobre la necesidad de comprender la historia del peronismo ya no sólo como el producto de una forma de poder estatal sobredeterminada por la gravitación del trabajo organizado sino también como un proyecto que se desplegaba en múltiples planos, entre los cuales se destaca ese mundo de la pobreza que siempre formó parte del paisaje social de nuestro país, y cuya significación se advierte apenas uno se aleja de los distritos modernos de la región pampeana. La figura de Eva, por ejemplo, adquirió nueva luz en el marco de esta visión atenta a todo lo que excede al peronismo sindical.

Hace tiempo que estábamos a la espera de la publicación de una voluminosa Historia Argentina que arranca con la conquista y llega hasta nuestros días. Halperin Donghi había venido ampliando y revisando ese texto al menos desde mediados de la década de 1990, y nunca quiso entregarlo a la imprenta. Se resistió a terminarlo en parte porque, como señaló alguna vez, los abruptos bandazos que el país vino sufriendo en las últimas décadas le suscitaban dudas sobre cuál debía ser el punto de llegada de esa narración. No parece una explicación suficiente, en primer lugar porque Halperin Donghi era todo lo contrario de esos historiadores que se resisten a emitir una opinión si es que perciben que el curso de los acontecimientos puede terminar desmintiéndolos. De hecho, en varias de sus intervenciones de los últimos años, que giran en torno a las ideas de fracaso y de latinoamericanización, nos indica con claridad qué visión tenía del destino del país. Esa Historia Argentina no fue por cierto su primer proyecto ambicioso, pero fue el único que al que no quiso ponerle fin. Ello sugiere que, más que precaución o timidez intelectual, quizás trabajaba sobre él una inhibición más personal, que le impedía cerrar un libro que iba a ser una suerte de compendio de lo que para él fue este país y, de alguna forma, el último hito de su aventura intelectual. La historia era su vida, y no quiso despedirse, ni pronunciar su última palabra.

Hoy sabemos que no tendremos la posibilidad de leer ese trabajo con Tulio vivo, y que nos privaremos de la posibilidad de discutir con él qué ha cambiado en su última visión de conjunto de la deriva de nuestro país. No es lo único que vamos a extrañar. Para muchos de nosotros, su muerte deja un enorme vacío. Dueño de una pluma tan personal como inimitable, reacio a batallar para imponer sus puntos de vista o institucionalizar su manera de entender el trabajo histórico, no lo sucederán discípulos ni una escuela de seguidores. Nos queda, sí, el recuerdo de su figura a la vez genial y generosa, y su extraordinario legado. Intelectuales, revolución, estado, democracia y peronismo son la figura y los temas sobre los que dejó ideas poderosas y libros magistrales. Seguiremos discutiendo sobre todas estas cuestiones, quizás la mejor manera de rendir homenaje al gran historiador.


* UNQ, CONICET y UdeSA.

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