En el país de las desmesuras

Por Juan J. Llach  y Martín Lagos*

excesos-fin-de-ano-11122011-620x250Al comparar la economía argentina de hoy con la de otros países, sobresale nítidamente una tendencia al exceso y la exageración. Tenemos una inflación que se acerca al 40%, la segunda más alta detrás de Venezuela, en un mundo en el que sólo 6 de 191 países superan el 15%. El Gobierno discute verdades elementales como el efecto inflacionario de la emisión monetaria en exceso de la demandada por el público. Aun así, el pudor llevó a ocultarla -no hay registro de otro país cuyo instituto de estadísticas haya mentido siete años seguidos con la tasa de inflación- y, cuando parecía haberse enmendado, afloran de nuevo dudas de reincidencia.

En cesaciones de pagos, contadas desde la crisis de la deuda emergente en 1982, sólo Nigeria supera a la Argentina y Ecuador nos iguala. Pero nunca había ocurrido que un país entre en tal situación, ni en un cepo cambiario abusivo y recesivo, después de su mejor década en un siglo para las oportunidades de exportar. Aparece ahora la “nueva” ley de abastecimiento, otro exceso que además de chocar contra la Constitución será muy eficaz para frenar la inversión, pero inútil para desacelerar el aumento de los precios.

Preocupantes de por sí, estas desmesuras lo son más aún porque coinciden con las que nos empujaron en el pasado al retraso económico y social. En el libro El país de las desmesuras (El Ateneo), comparamos 130 años del desempeño económico de la Argentina con los de Brasil, Chile, Uruguay y Nueva Zelanda. Estos países también vivieron, en diversa medida, épocas de retraso respecto de los más avanzados, asociadas a altas tasas de inflación, proteccionismo excesivo, elevados déficits fiscales y volatilidad de la economía. En los casos de Brasil, Chile y Uruguay, también hubo rupturas del orden constitucional, dictaduras e inestabilidad política. Sin embargo, el desempeño económico de todos ellos fue, a la larga, mejor que el de la Argentina. La explicación que encontramos y que ayudaría a un mejor futuro si tuviéramos la sabiduría de aprender del pasado, es que nuestros errores han sido muchas veces desmesurados, más intensos o extensos que en los demás países.

Identificamos en el libro 13 desmesuras argentinas.

En el orden político, fueron más frecuentes la inestabilidad y las rupturas del orden constitucional; también el caudillismo generalmente populista y con tendencia a la hegemonía, cuyo principal protagonista -pero no el único- fue el peronismo, ganador de nueve elecciones presidenciales, y que en tres de las cuatro épocas en que accedió al poder contó con buenos precios internacionales que le permitieron impulsar el empleo y la mejora de los salarios y la distribución del ingreso. En fin, hubo movimientos guerrilleros amplios, diversos, con apoyo popular, que se sublevaron también contra gobiernos democráticos y cuya represión fue una desmesura trágica. Ninguno de los países comparados osó tampoco pelear una guerra contra una gran potencia, por más indudables que fueran sus derechos en disputa.

En lo social, nuestro país tuvo la inmigración proporcionalmente más alta, con insuficiente acceso a la propiedad de la tierra y, desde antes del peronismo, tuvo también sindicatos más fuertes, salvo en épocas de alto desempleo, lo que tensionó las pujas por la distribución del ingreso y la relación entre los salarios y la productividad.

En lo económico, la Argentina fue el país más proteccionista y cerrado de los comparados y castigó no sólo a las importaciones, sino también, fuertemente, a las exportaciones. La inflación fue muy alta y volátil, y la mayor del mundo en el período de más retraso del país (1950-1990); una economía crecientemente bimonetaria -con récord global de tenencias de moneda extranjera per cápita- imitó en gran medida el financiamiento de la inversión y del acceso a la propiedad. En fin, los déficits fiscales fueron habituales y muy altos.

Uno de los resultados más perdurables y negativos de las desmesuras fue la insuperada volatilidad de nuestra macroeconomía, con ciclos frecuentes y violentos. Entre 1975 y 2001-2002 nuestro país tuvo seis grandes crisis económicas que acumularon una caída del 48,3% del producto por habitante. Si nuestras crisis, en cambio, hubieran sido similares a las de los otros países estudiados, nuestro producto por habitante tendría hoy un poder adquisitivo de 30.000 dólares -en vez de 18.700- y estaríamos por encima de España y no lejos de Corea e Israel.

La pregunta que sigue es por qué la Argentina fue tan propensa a la desmesura. Nuestra hipótesis es que, en pos de lograr la gobernanza de un país complejo y, en buena hora, con creciente consciencia de sus derechos, la mayoría de la sociedad eligió reiteradamente a líderes a los que otorgó gran poder. Con sólo dos excepciones, desde Hipólito Yrigoyen en 1916 hasta Cristina Kirchner en 2011, los presidentes elegidos democráticamente fueron votados por cerca o más del 50% del electorado. La mayoría de ellos adoptó con mayor o menor intensidad comportamientos tendientes a la hegemonía, tales como reformar la Constitución en busca de la reelección, avanzar sobre los otros dos poderes del Estado o tratar de doblegar libertades y voces opositoras.

Cuando empezaron a aparecer dificultades y como es habitual en este tipo de gobiernos, la reacción más frecuente fue negar la realidad de los problemas, encerrarse en el círculo de amigos más cercanos y persistir en las políticas o profundizarlas en vez de cambiarlas para mejor. Esta delegación del poder en “líderes salvadores” también estuvo presente en gobiernos militares tan variados como los surgidos con el “pecado original” de 1930 y luego en 1943, 1955, 1962, 1966 o 1976, a los que partes importantes de la sociedad apoyaron por lo menos en sus inicios. En prieta síntesis, la Argentina optó con gran frecuencia por caudillos o líderes muy poderosos en vez de elegir el menos rutilante, pero más eficaz camino de las instituciones constitucionales.

Hemos cumplido 31 años de democracia y hay que celebrar que el error de reclamar o apoyar gobiernos militares aparezca hoy definitivamente aprendido. Pero pese a su enorme importancia, este aprendizaje no parece suficiente para lograr un progreso social y económico sostenible. A partir de la crisis de principios de este siglo y en buena medida por un contexto externo excepcionalmente favorable, la Argentina logró evitar las caídas profundas y recurrentes. Más aún, en comparación con los países desarrollados y muchos otros, nuestro país dejó de retrasarse desde principios de los años 90. Más allá de relatos antinómicos, ello ocurrió porque al comienzo de la década pasada se mantuvo la economía razonablemente abierta y la inflación relativamente baja. Luego empezaron a proliferar las desmesuras mencionadas y así es como enfrentamos hoy serios riesgos de volver a retrasarnos y de recaer en crisis más hondas. Para evitar esos riesgos, será necesario reconstruir las dimensiones republicana y federal de nuestro sistema político y la constitución económica, a través de instituciones como la moneda, el Banco Central, el presupuesto, las estadísticas, la integración al mundo. Está visto que sin ellas volvemos a tropezar con las mismas piedras.

Cabe esperar que una nueva generación de dirigentes políticos y sociales comprenda la necesidad de gobernar con mayor equilibrio y menores excesos. Demás está decir que, en lo que respecta a la situación de hoy, sin corrección al menos parcial del rumbo, como este mismo Gobierno lo intentó a fines del año pasado y principios del actual, la economía seguirá complicándose y el sufrimiento de la sociedad aumentará.


*Publicado en La Nación, 26-9-14

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