Dos formas de decir adiós

Por Nicolás Dujovne *

goodbyeLa Argentina terminará en diciembre de 2015 el ciclo populista más largo de su historia. El anterior, transcurrido entre los años 1940 y 1949 culminó de una manera similar al actual: la situación fiscal se deterioró, se aceleró la inflación, el deterioro del balance de pagos produjo el agotamiento de las reservas internacionales del Banco Central y coincidentemente en ambos casos, los precios agrícolas comenzaron a caer. Pero a diferencia de aquella experiencia histórica, el fin del actual ciclo económico coincide con la culminación de un ciclo político: los caudillos no dejan sucesores. Sin reelección y sin sucesor, la Presidente pretende dejar el Gobierno con sus banderas en alto, es decir, manteniendo vivas las causas de la actual crisis económica: el déficit fiscal financiado con emisión, las tasas de interés reales negativas, el cepo, el enorme peso del Estado en todos los rubros de la economía. Sin embargo, el objetivo de mantener el statu quo hasta el final presenta una dificultad: los dólares no alcanzan. Por lo tanto, llegar al 2015 manteniendo los principales rasgos del esquema económico implica elegir entre no más de dos caminos alternativos: o se generan dólares comerciales devaluando y generando una recesión o se obtienen divisas emitiendo deuda.

A veces, estilizar la realidad con esquemas muy sencillos puede ser útil para cuantificar las distintas opciones a las que se halla expuesto un Gobierno.Para ello podemos recurrir a una fórmula muy sencilla que nos permite predecir la inflación argentina como la que surge de computar la suma del 60% de la suba de los salarios del sector privado más el 40% de la variación del tipo de cambio oficial. Esta simplificación extrema de la realidad argentina ha funcionado con una precisión asombrosa en los últimos diez años. Por ejemplo, para el año 2014 con una suba de 31% de los salarios y una devaluación de 45% la fórmula arrojaría una inflación de 37% anual. Y la misma cuenta para 2013 (salarios +25% y devaluación 30%) resultó en una inflación de 27%, exactamente la misma que midieron los privados.

En un esquema de autarquía financiera, sin financiamiento externo y con una elevada brecha cambiaria, el Gobierno debería combinar una depreciación real de la moneda que le permitiese hacerse de dólares “comerciales”, a la vez que precisaría de una caída enorme en las importaciones que solo se lograría de la mano de una fuerte devaluación y de una caída del PBI de al menos un 3% en 2015. Llevado este escenario a los números, con una devaluación del peso de 50% y una suba en los salarios nominales de 40%, la inflación calculada por la sencilla fórmula de 60%/40% resultaría en un 44% anual, con los salarios reales cayendo 4% y la economía contrayéndose 3%. Una despedida que sin duda dejaría cierto sabor amargo a quienes vienen bancando este proyecto.

La otra opción que le quedaría al Gobierno pasaría por abrir la cuenta capital del balance de pagos. Conseguir dólares. O bien porque el Gobierno acuerda con los holdouts en enero, retomando el discurso de que el problema para pagarles era la maldita cláusula Rufo, o bien porque aún sin acuerdo el Gobierno comienza a emitir deuda pagando transitoriamente un costo elevado por esas emisiones. Después de todo, es solo por un año y la retórica podría acomodarse. Con apenas unos USD 10.000m de financiamiento externo, las reservas se podrían mantener dentro de niveles bajos pero todavía razonables y el Banco Central podría continuar atrasando el tipo de cambio con el fin de seguir utilizándolo como única herramienta anti inflacionaria. Y dejar cerrada por un tiempo la Caja de Pandora para que la abra otro, el sucesor, quien en ese mismo acto de abrirla se convertiría en un neoliberal.

Los números de esta opción usando la magia simplificadora del 60%/40% son muy distintos a los anteriores. Si los tenedores de peso toman nota de que los dólares alcanzan para llegar a diciembre del 2015 pagando la deuda y soltando las importaciones, el Banco Central podría seguir reinando en el mercado y devaluar solo un 15% el peso en el año. Y si los salarios repiten la suba nominal de este año de 31% la inflación resultante sería de 25%, con una mejora en los salarios reales de 6%. La tranquilidad financiera y la suba en los salarios reales, sumada a la expectativa que proveería la credibilidad del que venga, podrían generar una suba moderada de 1% en el PBI, con los sectores exportadores padeciendo el atraso cambiario y con el empleo estancado o cayendo levemente.

Sin arreglar los problemas fundamentales, la Presidente solo tiene estas dos formas de decir adiós. Probablemente aún no sepa cuál camino va a tomar. Y esa decisión será condicional a las circunstancias que le toque atravesar al Gobierno en los próximos meses. Cuánto más temor, más Fábrega y menos Kicillof. Más deuda y menos autarquía. Paradójicamente, cuánto más valor tenga para la Presidente “aguantar los trapos”, menos chances tendrá de que ese “aguante” sea capitalizado políticamente para consolidarse como la alternativa populista al Gobierno que la suceda.


*Economista y director de Nicolás Dujovne & Asociados. Artículo publicado en el diario La Nación 14/09/2014

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