Se supo: en Argentina la década ganada la ganó el consumo

Por José María Fanelli *

gano_consumoEl INDEC dio a conocer las nuevas cuentas nacionales con base en 2004. En todos los países suele ocurrir que al cambiar la base de cálculo se producen cambios más o menos marginales en los valores del PBI, el consumo o la inversión. El problema en el caso de nuestro país es que las diferencias distan de ser marginales: son tan grandes que no resulta exagerado decir que las correcciones que presentó el INDEC cambian de manera significativa la interpretación que debe hacerse de los desafíos más importantes que está enfrentando la economía argentina en la actual coyuntura. Se impone, en función de esto, un breve repaso de las diferencias que resultan más importantes cuando se trata de re-interpretar los datos de la coyuntura a la luz de la nueva información.

Los cambios en el PBI y sus componentes

1. La estimación con la nueva base arroja un incremento muy importante en el valor del PBI nominal. Esto se debe, sin dudas, a que el deflactor implícito del PBI refleja ahora una tasa de inflación que se aproxima mucho más a lo que fue la verdadera evolución de los precios entre 2004 y 2013. El incremento nominal es muy significativo: para 2012 –que es el último año en que se pueden comparar las dos bases– la diferencia es de 27%!

Esta variación hacia arriba del PBI nominal cambia una gran cantidad de relaciones que son clave para interpretar la situación de la economía. Una clave para nuestro análisis es la presión tributaria. Medida en base al nuevo PBI, la presión tributaria cae en aproximadamente un 20%. Esta es una buena noticia ya que la misma, si bien sigue alta, es mucho menor a lo que se pensaba. Por otra parte, hay hechos que ahora cuadran mejor. Por ejemplo: la evolución de los indicadores de resultado de la educación (prueba PISA, etc.) no eran consistentes con un incremento muy fuerte con el gasto educativo en relación al PBI. Ahora sabemos que ese gasto era mucho más bajo y que no llega al 5%.

2. El PBI per cápita en dólares es mucho más elevado y no es sostenible. Como el precio del dólar de 2013 no cambió y el PBI nominal sí lo hizo, al dividir el valor del PBI en pesos por el valor promedio del dólar en 2013 el valor del PBI en dólares que surge es muy superior. Así, el PBI per cápita de la Argentina pasa a ubicarse en unos 15.000 dólares en 2013. Es un número espectacular si se considera que en 2004 el PBI per cápita era de sólo 4.800 dólares. En vista de este hecho la opción es simple: o bien aceptamos que el ingreso per cápita en dólares estuvo creciendo a un ritmo anual del 13.5%, eclipsando el milagro chino o bien el tipo de cambio promedio de 2013 estaba groseramente sobrevaluado. Si bien la primera hipótesis sería funcional para templar el ánimo ganador nacional en los umbrales del mundial, lo cierto es que hay dos hechos que indican que la segunda hipótesis es más plausible.

El primer hecho es que el gobierno se vio obligado a colocar un cepo cambiario. Si el PBI per cápita fuera de verdad de 15.000 dólares, no haría falta cepo. Es fácil verlo. Si el PBI per cápita es de 15.000 dólares, las personas querrán gastar y ahorrar en función de esos ingresos. Y como el gasto tiene un alto componente de bienes e insumos importados y la gente ahorra en dólares, para sostener un PBI per cápita de 15.000 dólares, habría que exportar lo suficiente como para conseguir los dólares que hacen falta para importar y ahorrar. Para exportar hay que ser competitivo y el dólar barato que se requiere para tener un PBI per cápita de 15.000 dólares es un dólar atrasado que “mata” la competitividad. Si fuera posible tener el PBI per cápita de Alemania (supera los 40.000 dólares) sin tener la productividad de los alemanes y sólo recurriendo al artificio de abaratar el dólar, ¿quién sería tan tonto de conformarse incluso con 15.000 dólares?

Razonando por analogía podríamos catalogar de “histérica” la política económica hasta 2013: las autoridades sedujeron a la población con un valor del dólar que les daba un poder adquisitivo per cápita de 15.000 dólares pero al mismo tiempo impuso un cepo que hacía imposible gastar en función de ese ingreso. La devaluación de 2014, por el contrario, sería una vuelta al realismo. Pero con dudas: el dólar se clavó en ocho pesos durante más de cien días y sólo ahora tímidamente está siendo corregido al tiempo que el cepo sigue ahí.

El segundo hecho es que el gobierno se vio obligado a devaluar muchísimo antes de siquiera acercarnos al PBI per cápita de Alemania. Desde fines de 2013 el gobierno se vio obligado a devaluar la moneda y hoy nuestro PBI per cápita está ya, ciertamente, debajo de los 15.000 dólares.

3. La corrección no fue uniforme para todos los componentes del gasto y sale ganando el consumo. El rubro en que la subestimación de precios fue mayor en la estimación anterior fue, de lejos, el consumo. Por lo tanto, al corregir el “error” cometido al medir el precio de los bienes de consumo, el consumo total de la economía gana mucho terreno en relación con otros componentes como la inversión o las exportaciones. La proporción consumida del PBI en 2012 pasa de 74 % según la vieja estimación a 82% según la nueva. Como contrapartida hay una fuerte caída de la propensión al ahorro, que obviamente se refleja en la inversión ya que la falta de financiamiento externo implica que debemos “invertir con lo nuestro”. La inversión de 2012 pasa de 21.8% a 16.9%. Este paupérrimo coeficiente de inversión ubica al país entre los que menos invierten en el planeta y está más a tono con la percepción cotidiana de que la infraestructura del país, desde los caminos a la energía, está en franco deterioro por falta de inversión.

4. El consumo público se ha elevado dramáticamente. Pasó de 9.7% a 15.6% del PBI entre 2004 y 2013. Mientras ocurría esto con el consumo del gobierno, el consumo privado estuvo más o menos constante. Este incremento del consumo del gobierno implica que en la década ha habido un enorme efecto de crowding out; de desplazamiento del gasto privado en favor del gasto público. Lo más preocupante desde el punto de vista del crecimiento es que el componente del gasto privado que ha sido desplazado es el gasto en inversión, ya que el consumo, como se dijo, se mantuvo constante.

5. Desaparece el saldo positivo entre exportaciones e importaciones. Según las nuevas cifras, en 2004 la diferencia entre las exportaciones y las importaciones se ubicaba en 6% de PBI. En 2013 esa diferencia no sólo desapareció sino que resultó levemente negativa. Este número sorprende: si bien puede haber diferencias en los métodos de medición, lo cierto es que el gobierno también informó que el año pasado tuvo un superávit comercial que estaba mucho más cerca de 10.000 millones de dólares que de cero. Más allá de esto, no deja de ser preocupante que con cepo a las importaciones y un nivel de actividad muy mediocre haya desaparecido el superávit comercial. Aunque también es cierto que este resultado es consistente con dos hechos. El primero es el atraso cambiario que desincentivó las exportaciones y promovió las importaciones. El segundo es la muy mala evolución de la balanza comercial energética. De la mano de la falta de inversiones (que deprimieron la oferta) y los subsidios (que impulsaron la demanda) en la última década pasamos de un superávit de cerca de 5.000 millones de dólares a un déficit de más de 6.000 millones de esa moneda. Lo que nos está diciendo esta trayectoria de la balanza comercial es que nos hemos gastado la bonanza de la soja en tapar el agujero energético. Cambiamos un recurso natural por otro.

Las siguientes conclusiones surgen nítidamente:

  • El motor del crecimiento económico desde 2004 fue el consumo y ello se hizo en detrimento de la inversión y las exportaciones.
  • Los dos instrumentos centrales para promover el consumo fueron el atraso del tipo de cambio que aumentó artificialmente el ingreso de la población y el incremento del gasto público en consumo.
  • El atraso cambiario no es sostenible: tocó su límite obligando primero a colocar un cepo y luego a devaluar para bajar el ingreso de la población.
  • El incremento del gasto público no es sostenible. La razón sencilla es que el gobierno no puede financiarlo sin emitir una cantidad de dinero que exacerba la inflación y genera presión en el mercado de cambios.
  • Los subsidios a la energía y la desinversión en el sector no son sostenibles. Desapareció el superávit comercial, las exportaciones no aumentan y no hay acceso al financiamiento externo.

Lecciones para la coyuntura

El ministro de economía declaró recientemente que el segundo semestre será mejor que el primero y habrá un rebote en el nivel de actividad. Es difícil, sin embargo, imaginarse cuáles serán los factores que reactivarán una economía que está más para la recesión que para el festejo. Veamos.

Por el lado de la inversión no hay mucho que esperar. El clima de inversión y las restricciones a las importaciones no ayudan y el componente que venía siendo dinámico –la construcción– está arrojando guarismos que dejan poco margen para el optimismo. Las exportaciones podrían ayudar gracias a una buena cosecha y el precio elevado de la soja. Pero el nivel de actividad en Brasil sigue muy débil y no hay por ende mucho que apostar en favor de las exportaciones industriales.

Pero más allá de lo que ocurra con las exportaciones y la inversión, si el consumo representa hoy el 82% del PBI total, es difícil pensar que habrá un rebote de la actividad si el consumo no rebota. El consumo privado es difícil que aumente: los salarios reales cayeron significativamente en la primera parte del año y si bien el cierre de paritarias puede tener un efecto positivo, también es verdad que la presión tributaria sobre los asalariados aumentará porque no se ha tocado el mínimo no imponible. Tampoco se puede esperar mucho del consumo durable con tasas de interés mucho más altas, ni del consumo de automóviles siendo que los mayores impuestos al sector y la devaluación los encarecieron. Además, seamos claros: las autoridades devaluaron para bajar el valor del salario en dólares. Si el salario subiera mucho en el segundo semestre, estaríamos con el mismo problema que teníamos antes de la devaluación de enero.

El gasto público sí está aportando todavía. La forma más fácil de comprobar esto es que el gasto sigue subiendo bastante más que la inflación según la información hoy disponible (del primer bimestre del año). El gobierno no parece que desee aflojar con el gasto. Se acaban de aumentar las asignaciones y los subsidios que recibe el sector privado están subiendo en términos reales en la medida que el gobierno no corrige las tarifas eléctricas y el resto de las correcciones en gas y transporte es aún tímida (dado el tamaño de la distorsión).

Y entonces, ¿no estarán pensando las autoridades en reactivar el consumo privado por la vía de bajar las tasas de interés y permitir una mejor evolución de los salarios atrasando el dólar nuevamente por debajo de la inflación y manteniendo al mismo tiempo el gasto público en una trayectoria sostenida?

Si esto pudiera hacerse, estaríamos volviendo al modelo que se utilizó en los últimos diez años: mucho consumo, tasas bajas de interés, dólar barato y gasto público alto. El problema es que las cuentas nacionales han dejado en claro que ese modelo no es sostenible. Al principio, ese modelo fue posible porque se gastó el beneficio extraordinario del aumento de la soja. Luego siguió siendo posible porque se liquidaron las reservas de energía y se dejó de invertir en infraestructura para poder seguir consumiendo y creciendo. Todo eso se acabó. Fue.

¿Cómo se va a notar que no se puede si igual se intentara repetir el modelo? (a) Si el gasto público no se controla –y, más específicamente, si los subsidios a la energía no se corrigen– habrá que seguir emitiendo. Si el Banco Central absorbe esa emisión utilizando sus letras, las tasas de interés van a ser altas y el consumo privado bajo. Si el Banco Central no pasa la aspiradora, habrá más inflación y subirá el impuesto inflacionario, deprimiendo el consumo privado y aumentando la probabilidad de que haya una nueva corrida contra el peso si se atrasa el tipo de cambio. Conclusión: no hay un escenario en el que el consumo público y el privado suben juntos. (b) si el gobierno deja al dólar subiendo por debajo de la inflación, se arriesga a que aumente la brecha cambiaria. En esas condiciones, los exportadores y los especuladores no liquidarán dólares. Para obligarlos a liquidar, la herramienta que tiene el Banco Central es subir las tasas. Es lo que hizo con éxito en febrero, al costo de darle un envión a las fuerzas recesivas. Pero ahora duda. Recientemente bajó las tasas y dejó que el dólar suba un poco. La conclusión es que no puede al mismo tiempo mantener las tasas bajas y el dólar quieto. Tiene que elegir. Si elige tasas altas mata el consumo. Si elige tasas bajas arriesga una nueva crisis cambiaria. En un contexto así, no se ve porqué subiría el consumo con vigor suficiente para arrastrar al resto de la economía.

En suma, el gobierno no puede al mismo tiempo manejar la política fiscal y la monetaria. Si sigue con una política fiscal expansiva, deberá tener una política monetaria contractiva de altas tasas. Si se decide a más ajuste fiscal, quizás podría aflojar la política monetaria. Pero si va por todo e intenta expandir en lo fiscal manteniendo simultáneamente tasas de interés más bajas va a volver rápidamente a sufrir en el mercado de cambios.

Por supuesto, esto no quiere decir que no podría elegir escenarios intermedios donde ajusta un poco más en lo fiscal y suaviza un poco en lo monetario. Pero esa combinación no da rebote. Da una economía que si bien no vuelve a un escenario dramático como el de diciembre pasado, sí sufrirá de manera continua de falta de dinamismo en la demanda agregada, con tendencia a destruir empleo. El mejor escenario concebible de aquí a fin de año es uno en el cual las autoridades logran alguna combinación de política fiscal y monetaria que les permite controlar en algo la inflación y la brecha cambiaria sin que el empleo y la situación social se salgan de madre en un contexto muy poco dinámico. Se acabó el tiempo en que se podía ir por todo. Y si no está convencido, échele una mirada a las nuevas cuentas nacionales.


* Economista (UBA). Nota publicada en el  Observatorio Económico de la Red Mercosur.

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