El tremendo desafío de la desigualdad

Por Juan J. Llach *

contraste-645x427El auge de los intercambios globales desde 1990 albergó tendencias socioeconómicas diversas, algunas promisorias, otras preocupantes. Por primera vez en medio milenio los niveles de vida de muchos países de África, América Latina y, sobre todo, Asia, empezaron a converger a los del mundo desarrollado. Es muy probable que esto continúe, pero las diferencias son todavía abismales y habrá que esperar la prueba del tiempo. En América Latina y Asia el nivel de vida es hoy sólo la cuarta parte del mundo desarrollado y el de África es un décimo. El crecimiento de los países emergentes entre 1990 y 2010 hizo disminuir el número de pobres por ingresos desde 1908 a 1215 millones y sus porcentajes sobre la población mundial de 43,1% a 20,6%. Estimaciones alternativas en base a indicadores más confiables que las encuestas, como la iluminación nocturna (Pinkovskiy y Sala i Martin), muestran caídas bastante mayores. También hubo mejoras en la escolarización, la nutrición, la mortalidad infantil y la esperanza de vida. Las diferencias de desempeño por países o regiones con enormes y mientras en Asia Pacífico las personas pobres disminuyeron de 926 a 115 millones y del 56,2% al 5,5% de la población en África Subsahariana los porcentajes cayeron sólo del 56,5% al 42,3%.

En contraste, la desigualdad en la distribución del ingreso (y de la riqueza) aumentó en muchos países, sobre todo en los desarrollados, aunque bajó en el mundo como un todo por el mayor y menos desigual crecimiento de los poblados países emergentes.La desigualdad también cayó un poco en varios países de América Latina, incluida la Argentina. También preocupan la mayor concentración de ingresos y de riquezas en el 1% más rico verificada sobre todo en países de habla inglesa, China e India; que las personas con fortunas de más de 1000 millones de dólares hayan aumentado su tajada en la riqueza global del 0,4% en 1987 a 1,5% hoy (Piketty) y el crecimiento de las brechas salariales entre los altos ejecutivos y sus subordinados ¿Se estarán borrando los logros del Estado de Bienestar para volver a la inequidad de la “belle époque” o los años veinte? El filósofo y sociólogo Zygmunt Bauman en ¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos? y el economista Thomas Piketty en su imprescindible, densa y polémica obra sobre el capital en el siglo XXI ofrecen sus respuestas.

Bauman responde negativamente la pregunta de su libro criticando cuatro premisas del statu quo. Cuestiona el “fundamentalismo” del crecimiento económico por la insuficiencia de éste para responder a los desafíos de la coexistencia humana y por considerar falsa la tesis del derrame de los ingresos de los más ricos hacia los más pobres. Obsesionado por tal crítica soslaya la alternativa de crecer con menos desigualdad y pobreza, pese a ser enorme la dificultad de lograr tales metas sociales sin un desarrollo integral con crecimiento. Su segunda crítica es a la sociedad de hoy, centrada en un continuo aumento del consumo como vía para alcanzar la felicidad -compro, luego existo; no compro, pierdo la dignidad y el respeto propio y ajeno- y que también licúa los lazos entre los hombres, genera exclusión e impide el diseño de una sociedad mejor, basada en la confianza y la cooperación desinteresada. Lamentablemente Bauman no da precisiones sobre ella.

A esto agrega el autor que el consumismo sin fin y la miopía del capitalismo generan la amenaza de un desastre ambiental, críticas estas todavía sin respuestas en la realidad pero bastante aceptadas. Lo propio ocurre con afirmaciones de Bauman tales como que la desigualdad no es sólo natural, sino también social, que paliarla no perjudica al conjunto –aquí hay más disidencias- o que la sola competencia que premia a quien lo merece y excluye al resto no conduce a la justicia social. Suenan en cambio exagerados su argumento de que el abismo social creciente puede tener como primera víctima a la democracia y el final apocalíptico del ensayo en el que invita a ser escritores de verdad que procuran impedir catástrofes como la Segunda Guerra. Quizás la exageración no sea tanta, sin embargo, si tenemos en cuenta el frontal cuestionamiento de movimientos como el Tea Party en los EEUU y otros análogos en Europa a las políticas públicas pro equidad.

Bauman no está sólo en su pesimismo. Piketty conjetura en su obra que en el 2030 el 10% más rico en EEUU tendrá un 60% del ingreso (hoy 50%) y el 50% más pobre sólo logrará un 15% (hoy 20%), contrastando con la Escandinavia de hace treinta años en la que los más ricos tenían el 15% y los más pobres el 30%. Peor aún, y tesis central de Piketty, es que continuarían aumentando la concentración de la riqueza, su rol como fuente de ingresos y, por ello, la suerte de cada uno dependería más y más de lo que herede que de sus logros. El pesimismo de ambos autores parece teñirse del vigente hoy en el mundo desarrollado, nostálgico de los tiempos más igualitarios e integrados en los que también era mayor su influencia en el resto del planeta. Se soslayan así los matices de una realidad que muestra que en el 2010 el 10% más rico en EEUU tenía un 47% del ingreso total pero en China un 30% y en Bangladesh o Suecia un 27% y también se dejan de lado grandes diferencias en el impacto de las políticas tributarias y sociales, que en Escandinavia reducen la desigualdad (Gini) que viene del mercado hasta la mitad y en EEUU menos de una cuarta parte. En la Argentina el impacto igualador se estima en 20% (Gómez Sabaini, Harriague y Rossignolo) pero estas cifras no son comparables al no poderse considerar la menor calidad de la educación o la salud recibida por los más pobres.

También es cierto que hay nuevos desafíos que no alientan al optimismo, en parte como secuelas la Gran Crisis. Son muchos los jóvenes de 15 a 24 años que no trabajan ni estudian (“ni-ni”): un 11,5% en la Argentina, 16% en el promedio de los países desarrollados y hasta 30% en algunos emergentes; los sistemas jubilatorios de casi toda Europa y de Japón lucen insostenibles por el envejecimiento demográfico; se agudizan los conflictos con los inmigrantes, pese a ser quienes podrían mejorar la vida de los jubilados y, en fin, siguen creciendo sin cesar “villas de exclusión” en las megalópolis de los países emergentes. Se agrega un nuevo interrogante y es cuál será el impacto en el empleo de las nuevas tecnologías, que no pocos lo ven negativo.

Aun quienes creen que la desigualdad es natural o inevitable deberían tomar en serio su desafío. La comunicación la hace hoy más visible potenciando sus efectos. Por otro lado, la movilidad social entre generaciones es mucho menor en países desiguales como la Argentina, quedando el nivel de vida de los hijos muy determinado por el de sus padres. Como en tantos otros temas, practicamos aquí más la diatriba que la acción racional, desaprovechando los aportes de instituciones de excelencia como el Centro de Estudios Distributivos Laborales y Sociales (CEDLAS, Universidad Nacional de La Plata). Nuestras políticas sociales y fiscales deben mejorar mucho. En salud hay resultados promisorios pero la asignación por hijo necesita ampliaciones y mejor gestión y el recién nacido plan Progresar para jóvenes de 18 a 24 años debe mejorar sustancialmente su calidad. Lo propio ocurre con el programa FINES de terminación de la secundaria en un área como la educación cuya agenda pendiente es enorme: aumentar la oferta de jardines maternales y la escolarización inicial, brindar escuelas de calidad a los más necesitados, extender la doble jornada, ofrecer una secundaria diversa y con competencias laborales. Si esto se financiara con un aumento de la recaudación efectiva (no de la alícuota) del impuesto a las ganancias de las personas se aseguraría una reducción de la desigualdad, lo mismo que si se acelerara la reducción de los subsidios a la energía que han beneficiado a los más pudientes durante diez años en decenas de miles de millones de dólares. Hacia el mediano plazo, pero para discutir hoy, también sería muy equitativo transformar en recursos humanos la renta fiscal de los hidrocarburos. En fin, son esenciales las buenas políticas macroeconómicas para crecer sostenidamente y evitar la inflación y crisis como las del pasado con las que aun coqueteamos pese a haber sido la principal fábrica de desempleo, pobreza y desigualdad en nuestro país.


* Economista (IAE). Nota publicada en el Diario La Nación del 15/04/14.

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