Entendiendo la brecha de eficiencia energética

Por Mariano Rabassa*

waterDurante estos últimos días se ha reflotado la discusión sobre la racionalidad del consumo de energía en la Argentina. Dos políticas ejemplifican su importancia actual en la agenda política. En primer lugar, el gobierno nacional anunció una esperada revisión de su política de subsidios al consumo residencial de gas y agua. (Se espera en un futuro cercano anuncios similares respecto a los subsidios al consumo de electricidad). En la práctica, la anunciada “reasignación” de subsidios funcionaría como una reducción de los mismos, excepto para grupos sociales vulnerables y para aquellos hogares que logren reducir su consumo. En segundo lugar, la Fundación Vida Silvestre propuso el reemplazo de los tradicionales calefones por modelos más modernos con dispositivos de encendido automático. Dicha propuesta, conocida como la Ley del Calefón, llegó al Congreso Nacional de la mano del Senador Nacional Ernesto Sanz. La aplicación de esta política permitiría ahorrar una cantidad considerable de gas y además, aseguran sus proponentes, sería beneficioso para los mismos hogares. En términos técnicos, el beneficio neto de adoptar esta nueva tecnología sería positivo aun antes de considerar la reducción de las externalidades; es decir, esta política se pagaría por sí misma.

La idea de que las políticas que promueven la eficiencia energética serían beneficiosas aun antes de contemplar el beneficio de reducir las externalidades negativas (como por ejemplo las emisiones de dióxido de carbono) se encuentra bastante extendida entre los responsables de diseñar políticas. Más aun, argumentos similares suelen ser esgrimidos por organismos con perfiles más técnicos como ser el Banco Mundial.

En la literatura, la idea de que podríamos consumir menos energía dada la tecnología disponible se la conoce como la “brecha de eficiencia energética”. Dicha brecha usualmente se define como la diferencia entre el consumo observado y aquel consumo que podría alcanzarse en caso de aplicarse tecnologías ya existentes pero menos intensivas en energía. Este argumento suena muy atractivo.

El argumento tradicional es que existen barreras que restringen nuestro potencial. A dichas barreras los economistas las llamamos “fallas de mercado”. Por ejemplo, los individuos pueden no tener la información necesaria para determinar el consumo de energía relativo entre distintas tecnologías. Esta “información imperfecta” se podría limitar si los fabricantes detallaran adecuadamente el nivel de consumo de sus productos. De hecho esto ya se hace para casi todos los productos eléctricos con consumos energéticos no triviales (heladeras, equipos de aclimatación, etc.). Otras fallas de mercado como la falta de acceso al mercado financiero pueden limitar severamente la adopción de tecnologías, siempre y cuando éstas requieran importantes inversiones de capital para su adquisición o instalación.

Sin entrar en detalle, las fallas de mercado y demás barreras parecen ser muchas. Entonces no sorprende que los analistas de la industria energética siempre hayan declarado que la eficiencia energética ofrece enormes beneficios. En la jerga se las denomina win-win policies ya que todos parecerían beneficiarse si se adoptaran políticas de conservación de energía. Los consumidores podrían ahorrar plata consumiendo menos energía a un costo neto negativo y el medio ambiente se beneficiaría con menores emisiones de dióxido de carbono.

Es difícil encontrar buenos análisis sobre la brecha de eficiencia energética ya que raramente se discute el problema con todos sus perfiles relevantes. Sin embargo, hay un muy buen trabajo de Hunt Allcott y Michael Greenstone, publicado el año pasado en el Journal of Economic Perspectives. Los autores aseguran que existen dos argumentos bajo los cuales se justificaría la intervención del estado. En primer lugar, el consumo de combustibles fósiles genera emisiones de dióxido de carbono las cuales afectan al clima del planeta. Estas externalidades deben ser corregidas por el estado. En segundo lugar, cuando existe información imperfecta los consumidores y las firmas pueden no invertir en tecnologías más eficientes aun cuando éstas sean rentables. A estas las llaman “ineficiencias de inversión” y serían las responsables de la brecha de eficiencia energética.

Las preguntas que se haría un economista sobre este tema son: ¿existe realmente una brecha de eficiencia energética? y de ser así ¿qué políticas podrían corregirla?

Una de las cosas más interesantes del trabajo es un modelo muy sencillo que utilizan para ordenar la discusión sobre la brecha de eficiencia. En realidad lo que tratan de formalizar es la decisión de un agente económico (un consumidor o una firma) de cambiar la tecnología por una más eficiente en términos energéticos. Suponen la elección entre dos bienes durables (automóvil, heladera, etc): 0=menos eficiente (con un consumo de energía, e0 ) y 1=más eficiente (con un consumo e1 , es decir, e0>e1). Entonces, la diferencia e0-e1 es el ahorro de energía por el cambio tecnológico. Cuanto mayor sea esta diferencia más incentivos tiene el consumidor para adoptar la tecnología más eficiente.

Cambiar del bien 0 al bien 1 tiene un costo (incremental) de capital igual a c (por ejemplo, el costo de adquirir una heladera más eficiente). A su vez existen otros costos (o beneficios) asociados al cambio de la tecnología, ξ (pueden ser positivos o negativos). Estos “costos” generalmente no son visibles para un observador externo, es decir, sólo los conoce el agente que está tomando la decisión. Estos costos “no observables” representan el costo de oportunidad del agente de utilizar los fondos para adquirir dicha tecnología en lugar de utilizar ese dinero para alguna otra cosa, o los costos asociados con la instalación de la tecnología, los cuales son específicos a cada consumidor. Lo importante es que existen costos adicionales a la inversión de capital los cuales sólo los conocen los que toman las decisiones.

La tasa de utilización del bien durable también es importante. No es lo mismo afrontar una inversión cuando la utilización va a ser muy baja a cuando el bien tiene una alta utilización (por ejemplo una heladera que está encendida las 24 horas del día). La tasa de utilización la denominan mi, la varía cual entre consumidores (o firmas).

El precio de la energía es denominado p. Cuanto mayor sea el costo de la energía mayor será el beneficio de adoptar una tecnología más eficiente. Por último, el beneficio de adoptar una nueva tecnología debe ser descontado ya que este se produce en el transcurso de algunos años. En otras palabras, hay que expresar los beneficios fututos en valor presente para poder compararlos con el costo. La tasa de descuento (libre de riesgo) es r, y el factor de descuento es 1/(1+r).

eq1_rabassa

Esta ecuación representa la decisión del consumidor entre adoptar o no una tecnología más eficiente. El lado izquierdo representa el beneficio y el lado derecho el costo. Para que un consumidor elija comprar una heladera más eficiente el beneficio que le genera debe ser mayor que el costo.

Esta ecuación es sumamente útil para analizar por qué los beneficios que suelen declamar los análisis ex-ante de eficiencia energética suelen ser menores a los que se materializan ex-post, es decir, cuando las políticas se llevan a cabo. En primer lugar, los ingenieros suelen hacer una buena aproximación del ahorro energético e0-e1. Sin embargo, este es sólo uno de los componentes en la decisión de los agentes económicos. Determinar el factor de descuento, r, o los precios de la energía, p, no es una tarea muy compleja. Creo que el principal problema radica en determinar los costos no observados, ξ, de adoptar una nueva tecnología y en estimar cuál sería la tasa de utilización, mi, una vez que la tecnología se adopte. Generalmente los ingenieros fallan en estimar estos dos últimos parámetros.

Lo que hay que tener en cuenta es que el cambio de tecnología puede hacer que aumente la tasa de utilización del bien. Después de todo, una tecnología que permite ahorrar energía tiene un efecto similar al de una baja del precio de la energía. Ambas fomentan su consumo. A este efecto se lo denomina “efecto rebote” (o paradoja de Jevons) y dependiendo de la situación y del bien en cuestión, el efecto rebote puede ser lo suficientemente grande como para aumentar el consumo neto de energía. Por ejemplo, Lucas Davis, Alan Fuchs y Paul Gertler demostraron en un trabajo (que está por salir publicado en el American Economic Journal: Economic Policy) que la introducción de un subsidio en México para la compra de heladeras y aire acondicionados más eficientes, a cambio de la entrega de un modelo más viejo y por lo tanto menos eficiente, terminó aumentando el consumo total de energía. Por el contrario, en un análisis ex ante el Banco Mundial proyectaba una reducción significativa del consumo de energía.

Si se conocieran todos los parámetros (e0, e1, ξ, c, p, r, y mi) la brecha de eficiencia no sería tal. El hecho de que los individuos no adopten tecnologías más eficientes se desprendería de una decisión racional.

Sin embargo, esto no implica que la brecha no pueda existir. Esto se debe a que las “ineficiencias de inversión” sí existen. En el modelo dichas ineficiencias están representadas por γ. Cuando γ=1 los consumidores están perfectamente informados de los beneficios relativos de cada tecnología y además poseen los medios para hacerlo. Por lo tanto, la brecha de eficiencia no debería existir. En cambio, cuando γ es menor que 1 los individuos pueden no adoptar tecnologías más eficientes aun cuando estas sean beneficiosas para ellos, debido a que no cuentan con la información adecuada al momento de tomar decisiones o porque no tienen el capital necesario para adquirir la nueva tecnología. Estas fallas de mercado sí requieren la intervención del estado.

eq2_rabassa

Las externalidades también son responsables de que los individuos tomen decisiones subóptimas (aunque en este caso son subóptimas desde el punto de vista social pero no del privado). Las externalidades son representadas por el parámetro φ. Estas fallas de mercado también requieren la intervención del estado.

Como lo dije antes, lo interesante de este modelo es que permite analizar los diferentes componentes del problema. Lo único que genera una brecha de eficiencia son las fallas de mercado (γ o φ). Estos dos tipos de fallas de mercado tienen implicancias de política muy distintas. Si el único problema fueran las externalidad por el consumo de energía lo óptimo para incrementar el bienestar sería implementar un impuesto (denominado impuesto pigouviano) de modo de internalizar el costo social que el consumo de energía genera. La idea es reducir el consumo a su nivel óptimo haciendo más cara la energía. Por el contrario, si la falla de mercado más relevante son las “ineficiencias de inversión” entonces habría que ocuparse de ellas directamente mediante la provisión de información a los consumidores y las firmas, o facilitando el acceso a financiamiento. Sin embargo, si ello no alcanza para superar la ineficiencia de inversión habría que implementar subsidios o estándares de eficiencia energética.

Luego de analizar varios trabajos el estudio de Allcott y Greenstone concluyen que a pesar de que existen muchos trabajos dedicados a estimar la brecha de eficiencia energética, la mayoría de ellos no cumple con los estándares modernos de evaluación. El problema básico con esta literatura es que la mayoría de las estimaciones provienen de análisis ingenieriles los cuales estiman correctamente algunos de los parámetros pero suelen no estimar adecuadamente la tasa de utilización o los costos “no observados”. De modo que cuando se analiza la evidencia empírica no es posible concluir que exista una amplia brecha de eficiencia energética. Mientras algunos consumidores parecen estar imperfectamente informados, la magnitud de la “ineficiencia de inversión” parece ser mucho más chica que la que supone la mayoría de los estudios.

Como conclusión creo que es relevante entender muy bien los incentivos de los individuos para adoptar ciertas tecnologías. La omisión de algún componente de dicha decisión sesgará la ecuación de costo-beneficio. Sólo así podremos implementar políticas públicas pue posibiliten conservar energía a un costo relativamente bajo.


* Pontificia Universidad Católica Argentina y CONICET. Las expresiones aquí vertidas son netamente personales y no necesariamente representan las ideas de las instituciones a las cuales estoy afiliado.

Anuncios

2 Respuestas a “Entendiendo la brecha de eficiencia energética

  1. Hace muchos años un experto en energía me indicaba que una manera de medir la eficiencia en el consumo de energía era medir la tasa de consumo de energía per cápita en relacion al PBI. Digamos, cuanta energía consumía una persona para producir cada dólar de producto.
    Que esa cifra para Europa había mejorado notablemente luego de las mejoras de eficiencia logradas luego del shock energético de los 70.
    Respecto a los costos “no observados” y a la tasa efectiva de utilización no creo que sea un barrera infranqueable, por ejemplo, alcanza con hacer una pequeña muestra representativa de instalaciones realizadas y que, en general, hay metodologías adecuadas para evaluar y costear eso.
    El punto que me parece más relevante, y no es mencionado, es que no hemos decidido como sociedad cuanta energía gastar, o cuanto deseamos evitar la emisión de CO2. Por lo tanto las apelaciones a gastar menos energía son equivalentes a las que se oponen a la minería a cielo abierto, o al trabajo en negro, muy lindas para declamar pero poco efectivas.

    • Mariano Rabassa

      Estoy de acuerdo con que una medida de eficiencia es el consumo de energía sobre el PBI. El problema es que es una medida macro y poco aporta al problema de evaluar si una política puntual. como por ejemplo el subsidio a aparatos electrodomésticos más eficientes, reduciría el consumo de energía sin generar costos substanciales. Ese es el punto del post. Hoy en día se argumenta que muchas políticas se “pagan solas” por los ahorros monetarios que le generarían a los usuarios, cuando en realidad lo más probables que no se sea así. Existen costos de adoptar una nueva tecnología que no son fácilmente observables. Solo superaran un análisis de costo-beneficio cuando se tienen en cuenta las externalidades.
      El otro punto que me parece relevante es el comentario sobre la reducción de consumo luego del aumento del precio del petroleo en la década del 70. Fue precisamente el cambio en el precio lo que generó incentivos a economizar el recurso. Sin embargo, hoy en día poco se habla del rol de los precios. En la Ley Calefón se promueve un cambio en la tecnología a través de una regulación, cuando sería más sencillo lograr el mismo objetivo alterando las tarifas (subsidiando a los hogares más vulnerables).
      Con respecto al último comentario creo yo que entendemos a nivel global la necesidad de cambiar. El problema es que nadie esta dispuesto a asumir el costo a menos que el resto también haga un esfuerzo. Pero no hay manera sencilla de penalizar a quien no quiera cooperar. Nos va a llevar un tiempo desarrollar politicas efectivas a nivel global. Espero que cuando lo logremos no sea demasiado tarde.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s