Con bravuconadas, no hay inversión

Por Juan José Cruces*

bullyLa presidenta tiene razón: los empresarios han ganado mucha plata en la Argentina durante el kirchnerismo. Sin embargo, y aunque parezca paradójico, el principal aliado para lograrlo ha sido la hostilidad de la misma presidenta y su gobierno hacia el propio empresariado.

Un ex ministro de un país vecino lo contaba magistralmente hace un tiempo en rueda de amigos: “Todos los meses invito a almorzar a los diez principales empresarios de mi país, quienes en conjunto generan gran parte de nuestro PBI privado y muchos de los cuales operan en la Argentina. Sistemáticamente, una parte del almuerzo consiste en escuchar sus quejas por lo mal que los trata el gobierno argentino: «Que Moreno me insultó, que De Vido me dijo lo otro, que Cristina aquello…». Sobre el final de la charla suelo decirles: «¿Y entonces por qué no venden sus filiales allí y dan por terminado este asunto?». Su respuesta es siempre la misma: «¡Ni locos!¡En ningún país tenemos mayor tasa de ganancia que en la Argentina!»”. La aparente contradicción es un ejemplo claro del funcionamiento de una economía capitalista que se ha convertido en una pregunta clásica de mis exámenes en la universidad.

El mecanismo es simple. La rentabilidad requerida por los inversores para operar en un país es proporcional al riesgo que ellos perciben. El riesgo tiene componentes que no controla el gobierno, como el clima físico o los precios internacionales, y otros componentes que sí controla, llamados genéricamente riesgo político.

Un buen ejemplo de materialización de riesgo político son las pegatinas de carteles ilustrados con fotos de importantes ejecutivos que ha hecho recientemente una agrupación oficialista. Establecer que “los empresarios te roban el sueldo” casi sugiere que es legítimo robarles a ellos de vuelta para saldar cuentas. Me atormenta imaginar la escalada de violencia que puede esperarnos aguas abajo de este río en el cual nos ha metido el discurso oficial.

Cuando el riesgo político es alto, el valor de las empresas es bajo, de modo que, aun si ellas operasen con el mismo margen de utilidad sobre costos que en países vecinos, tendrán un mayor margen de utilidad sobre el valor de la empresa. Por eso hemos tenido las mayores tasas de ganancia de la región.

Hace más de dos siglos, Adam Smith nos enseñó que “no es de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero que esperamos nuestra cena, sino del cuidado de éstos por su propio interés”. De modo que es inútil pedirles solidaridad a los empresarios. Una estrategia inteligente y verdaderamente progresista reconoce que el disciplinador más eficaz para los empresarios es la amenaza de entrada de nuevos competidores que vengan a disputarles su renta. Cuando el Gobierno genera un mal clima de negocios, pocos se animan a venir, de modo que los que ya están suben sus precios con la comodidad de quien está seguro de que el riesgo percibido espantará a sus verdaderos verdugos. Esta sobretasa de ganancia tampoco es ilegítima: en definitiva es la compensación por operar en un ambiente al que pocos valientes se le animan.

En el minuto que uno comprende este mecanismo, cambia radicalmente la manera de ver la política económica. No es regulando la tasa de ganancia, como han propuesto varios diputados recientemente, como se mejora el poder adquisitivo de la población, sino haciendo de nuestro país un lugar con derechos de propiedad bien protegidos y bajo riesgo político en el que muchos quieran invertir.

Si bien durante el kirchnerismo se han incrementado las regulaciones y ha habido distorsiones, entorpecimiento de la actividad privada y estatizaciones, las violaciones al derecho de propiedad privada han sido muy selectivas y acotadas. En definitiva, el kirchnerismo ha ladrado más a los empresarios que lo que los ha mordido. Pero igual hemos pagado las consecuencias de la bravuconería por el mecanismo descripto más arriba y porque los grandes inversores globales son muy sensibles a la palabra oficial de quien preside el territorio en que radicarán sus inversiones.

Para atraer inversión es importante adherir a una manera de ver el funcionamiento de la economía capitalista y manejarse dentro de las formas generalmente aceptadas, para lograr que la avaricia individual opere para el bien común. De modo que en la construcción de reputación hay mucho de estrategia comunicacional o marketing.

¿Por qué la ideología declarada ex ante es casi más importante que la acción ex post ? Es que el contrato de inversión es muy incompleto: una vez que uno invierte su plata en un país, pasa a ser rehén del gobierno anfitrión. Y la ideología del gobierno declarada ex ante ayuda a predecir cómo se comportará éste en las contingencias futuras que afectarán el resultado de la inversión. Y es en función de esta expectativa que uno decide si invierte o no. Por eso “al capital de inversión le gusta ir allí donde es amado”, como decía Nelson Rockefeller.

 

Entonces, la Presidenta debería usar su gran encanto y capacidad discursiva no para demonizar a los empresarios, sino para bajar el riesgo político y recorrer Nueva York y Davos contándole al mundo cuán generosamente la Argentina remunera a quienes se atreven a invertir aquí. Ahí sí que los empresarios locales comenzarán a bajar sus márgenes y, en el cuidado de su propio interés, de rebote subirán el poder adquisitivo del resto de la población.


* Decano de la Escuela de Negocios, Universidad Torcuato Di Tella. Nota publicada en el Diario La Nación el 10/03/2014.

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