Terapia intensiva

Por Eduardo Levy Yeyati*

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Un hombre entra a un hospital con un dolor agudo en el estómago. Mientras los médicos realizan estudios y debaten el diagnóstico y los cursos de acción, la apendicitis deviene peritonitis. Esperando la intervención quirúrgica, el paciente pesca una infección renal que lo deja al borde de la muerte. Para entonces, el tratamiento original, simple y sin efectos secundarios, es, si no irrelevante, insuficiente.

El problema con el dólar no es nuevo. Nació en 2007 con la manipulación del Índice de Precios al Consumidor (IPC) que alejó el financiamiento externo y obligó a un desendeudamiento que nos condenó a pagar deuda externa con ahorro doméstico, aumentando la necesidad de dólares. Y con la indiferencia del Banco Central con todo lo monetario: la inflación en ascenso que encareció el peso y generó expectativas de depreciación, y las tasas bajas que financiaron el gasto a expensas del ahorrista y lo llevaron a dolarizarse. Por eso, cuando la salida de divisas por pago de deuda y dolarización de ahorros superó el balance comercial, comenzaron a caer las reservas. No fue un problema de competitividad (la cuenta corriente seguía siendo positiva) sino errores de política monetaria y financiera (reflejados en una cuenta de capital negativa) los que llevaron al cepo.

En 2011, el diagnóstico era simple: dolarización de ahorros por el mayor rendimiento esperado de los activos en moneda extranjera. El tratamiento, también: corregir el atraso cambiario, elevar las tasas reales de interés, recuperar el financiamiento externo. En cambio, el Gobierno optó por controles e impuestos que, previsiblemente, redujeron aún más el acceso al crédito externo y generaron expectativas de corrida y la obsesión por salir cuanto antes y como sea.

Dos años más tarde, el problema es menos financiero (el cepo reduce la salida de capitales y el servicio de deuda es limitado salvo que, por elevar artificialmente el crecimiento, regalemos cerca de 3000 millones de dólares a los tenedores del cupón del PBI) y más de competitividad: déficit en el balance de “turismo” (en rigor, importaciones de bienes y servicios con tarjeta), crecientes importaciones de combustibles y exportaciones en picada. Así, a primera vista, el tratamiento no cambió demasiado, aunque la dosis de corrección cambiaria sea mayor.

UN DETERIORO CONTINUO

Pero el paciente se deterioró mucho en estos dos años de improvisación e internas de funcionarios más preocupados en coleccionar despachos que en explicarle a la presidenta Cristina Kirchner los límites de la realidad. Cuando, por un puñado de dólares, el Gobierno ensaya blanqueos indefendibles y acuerdos petroleros secretos, sube y baja impuestos en cuestión de días, crea formularios para compras en el exterior que remiten ominosamente a las trabas que poníamos a principios de 2002 para enfrentar la corrida, o promociona peregrinaciones sin brújula a Pekín o París, el ahorrista lee desconcierto y el temor. Y apura la fuga.

Por eso, ahora que se insinúa tardíamente el tratamiento apropiado hace dos años (emisión monetaria por debajo de la inflación, tasas de interés en alza, corrección cambiaria y flexibilización del cepo), estas medidas, si bien son necesarias, ya no son suficientes.

Simplemente interviniendo un día y dejando que el mercado haga lo suyo el siguiente, la devaluación acelerada puede terminar alimentando la inflación: en ausencia de señales a futuro, una devaluación discreta puede crear un jubileo de remarcaciones que la traslade a precios independientemente del componente importado, eliminando cualquier ganancia de competitividad -una indexación implícita al tipo de cambio que fue común en las hiperinflaciones. Del mismo modo, el relajamiento del cepo sin un guión que oriente las expectativas cambiarias probablemente fomente la compra y atesoramiento de dólares a expensas del nivel de actividad.

Para estabilizar al paciente hoy se necesita un tratamiento sistemático y bien comunicado. Un programa monetario con una pauta de inflación (basada en un índice realista y verificable) que incorpore explícitamente la devaluación, el ajuste tarifario y la asistencia al Tesoro, para evitar sorpresas evitables. Y acceso al financiamiento externo que relaje el cepo del Tesoro, que succiona pesos y dólares del Banco Central y asfixia a la actividad y la inversión. Para lo cual un primer paso sería aceptar de una vez la misión de observación del FMI (que reciben anualmente todos nuestros vecinos y que, vale aclarar, no impone condicionalidades de ningún tipo) y renegociar la deuda con el club de París.

Se acabó el tiempo: necesitamos un Banco Central que al menos intente formar expectativas, y un gobierno que deje de vivir de la teta del Banco Central. No es infalible, pero es lo mínimo necesario para dar batalla.

La demora nos corrió la cancha. El paciente está en terapia intensiva. Si seguimos discutiendo la historia clínica o ensayando terapias alternativas se nos muere.


*Columnista invitado del suplemento económico de La Nación el 26 de enero de 2014

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