30 años de política económica en democracia (1ra parte)

Por Jorge Remes Lenicov *

democraciaEl comportamiento general de la economía durante estos 30 años de vigencia de la democracia no ha sido bueno: el país tuvo un crecimiento de apenas 2,7 % anual (1,6 % per cápita) y muy variable: 20 años de crecimiento y 10 de caída, con períodos realmente conflictivos como fueron la década del ´80 y la explosión de la convertibilidad en 2001. El crecimiento alcanzado fue inferior al promedio mundial, al de América Latina y al de Brasil, Chile y Uruguay. La inflación, por su parte, fue la más alta del mundo: 7.000.000 % (45 % anual), con una hiperinflación (1989) y una deflación (2001); además debieron retirarse 7 ceros a la moneda nacional (en 1985 y 1991). La pobreza es del orden del 25 %, el 50 % de la población no tiene cloacas, 2,5 millones de personas vive en villas de emergencia, 6 millones de personas requieren de los programas sociales, la educación en todos sus niveles empeoró y se agravan los problemas de inseguridad y narcotráfico. No funcionan los órganos de control y regulación, el federalismo se fue desdibujando y el Estado se agrandó pero emporó su funcionamiento. Lo alcanzado está muy por debajo de las expectativas de los argentinos y de las promesas de los dirigentes.

Hay muchas explicaciones para tratar de entender este fenómeno que por su atipicidad se destaca en el mundo. Pero seguramente ocupa un lugar central la actitud de la dirigencia (política, intelectual, empresarial, sindical, profesional, social) que no ha podido alcanzar un consenso sobre los problemas más relevantes que aquejan a todos los argentinos y sobre el rumbo a seguir. No se lograron acuerdos mínimos sobre la necesidad de mantener los equilibrios macroeconómicos y un conjunto de precios relativos sustentables, como tampoco sobre cuestiones que hacen a una estrategia de desarrollo tales como los instrumentos para mejorar la productividad, la competitividad y la distribución de los ingresos, o sobre el rol del estado, el tipo de inserción internacional, el desarrollo del tejido industrial y el federalismo.

En ese sentido nos cabe a la dirigencia en todos sus niveles la carga de la responsabilidad. Contener las presiones de los más poderosos sin caer en el facilismo o en las soluciones mágicas, anticipar los problemas y trazar los objetivos de largo plazo, enfrentar las dificultades y asumir los riesgos, hacerse cargo de los errores y no responsabilizar siempre y de forma excluyente a los de afuera, no tener en cuenta las experiencias exitosas de países parecidos al nuestro, querer siempre diferenciarse de lo que hacen otros países que son exitosos como si ésa fuera una virtud, poner en cada elección y en cada gobierno todo en tela de juicio, son algunas de las carencias de la dirigencia argentina. En particular de la dirigencia política, porque ella es la que asume el gobierno del Estado y debe intermediar entre el mercado y la sociedad para alcanzar un desarrollo sustentable y mejorar la distribución del ingreso.

Este comportamiento explica por qué hubo tantos y tan diversos programas de corto plazo en los cuales se probaron todos los instrumentos existentes: atraso o adelanto de los precios relativos clave como el tipo de cambio, los salarios, la tasa de interés y las tarifas, control, acuerdo o libertad para establecer los precios de los bienes, expansión y restricción monetaria, alto y bajo déficit fiscal, negociación colectiva o imposición de los salarios, tipo de cambio único, desdoblado o convertible, mercado de cambios libre o controlado, entre otros. No fue distinto a lo sucedido con las propuestas para el largo plazo dado que permanentemente se plantearon posiciones dicotómicas y en un abanico enorme de posibilidades: hubo períodos de mayor cierre o de mas apertura de la economía, de privatizaciones o estatizaciones de las empresas de servicios públicos, de desregulaciones o regulaciones con distintos grados de control, mayor o menor integración con el Mercosur, mayor o menor nivel de endeudamiento público que exigió tres renegociaciones, incentivos o rechazos a la inversión extranjera directa, mayor o menor participación del estado en la economía, tipo de cambio único o diferenciado, competitivo o atrasado, estado empleador de los simpatizantes o prestador eficiente de servicios para toda la sociedad, apoyo o castigo a determinados sectores de la economía (agro, industria, bancos, sindicatos).

Todas estas posiciones antagónicas es lo que se observa cuando se analizan las políticas macroeconómicas y estructurales durante estos últimos 30 años. Esquemáticamente se pueden identificar cuatro programas muy disímiles entre sí: Austral-Primavera (1985-89), Convertibilidad (1991-01), Economía normal (2002-07) y Economía del consumo (2008-13). Por cierto que cada uno de ellos tuvo sus propias variaciones según el presidente o ministro de turno lo que daría lugar a un número aún mayor de modificaciones.

1. Los ochenta: la década perdida

A fines de 1983 con la recuperación de la democracia, asume la presidencia Raúl Alfonsín quien debe enfrentar la pesada herencia económica dejada por la última dictadura: fuerte endeudamiento externo, alta inflación, demandas sociales acumuladas, desindustrialización y caída de la inversión productiva en un contexto de empeoramiento de las condiciones internacionales. En 1984 el radicalismo intentó un cambio de estrategia para resolver estos problemas pero lleva adelante una política de corto plazo no muy distinta a la de los años previos y terminó con más inflación (25 % mensual), alto déficit fiscal, caída de la inversión y de las exportaciones, un leve crecimiento del consumo, reducción del salario real y aumento del desempleo.

A principios del año siguiente asume un nuevo ministro que ajusta el tipo de cambio y las tarifas y en junio lanza el Plan Austral con el objetivo de dominar la inflación y declarando estar en una “economía de guerra”. Se pretende dominar la inflación inercial con el desagio (sobre los contratos de futuro) y el cambio de moneda (se quitan tres ceros), a la vez que se congelan los precios, salarios, jubilaciones, pensiones, tarifas y tipo de cambio, y se compromete a reducir el déficit fiscal y crear moneda solo por variación de reservas. No hubo medidas para incentivar la inversión y la expansión de los sectores productivos lo que se agrava por la reducción de la inversión pública. Al principio el plan tuvo cierto éxito: revirtió la tendencia creciente de los precios y logró una incipiente recuperación económica. Pero al poco tiempo los controles fueron sobrepasados por la realidad y no se cumplieron las pautas de contención fiscal y monetaria; en menos de dos años y a pesar de algunas correcciones realizadas, el programa ya estaba agotado cuando la inflación vuelve a niveles muy elevados, la economía se estanca, la inversión no se recupera y los salarios reales se reducen.

A mediados de 1988 cuando la situación económica seguía agravándose, el gobierno intentó recomponer la situación con un nuevo programa de estabilización. Nace el Plan Primavera: se realizó un acuerdo de precios con las empresas, se redujo el IVA y se desdobló el mercado cambiario con devaluaciones programadas. Después de una mejora inicial, los problemas económicos de base seguían sin tratarse y el déficit fiscal y la emisión monetaria no fueron controlados; a ello se sumó el debilitamiento político subsiguiente a la derrota del oficialismo en las elecciones de gobernadores y legisladores de 1987.

En enero de 1989 se inicia una corrida contra el Austral y en febrero se libera el mercado cambiario ante el agotamiento de las reservas internacionales. Se dispara el valor del dólar, los precios acompañan ese comportamiento y en un contexto de incertidumbre y de expansión monetaria sin contención por el abultado déficit fiscal y con el aumento de la velocidad del dinero se desata un proceso hiperinflacionario que culminó con la salida anticipada del Presidente Alfonsín.

El gobierno, y más allá de sus buenas intenciones, quedó atrapado en la búsqueda infructuosa de salidas a la inestabilidad macroeconómica sin hallar una alternativa sustentable. No logró que la economía creciera, dominar la inflación, resolver el problema de la deuda externa y mejorar el salario real y la distribución de los ingresos. Pero tampoco pudo hacer un planteo sobre el largo plazo que tuviera en cuenta la recuperación del proceso de acumulación para modernizar el aparato productivo, plantear un nuevo régimen de coparticipación federal, la transformación del estado, la recomposición del tejido industrial, y el incentivo a las exportaciones con más valor agregado.

Se cierra así la “década perdida” durante la cual Argentina resultó ser el país con peor performance económica del mundo: el nivel del PIB fue menor al de 10 años atrás y también inferior al de 1983 mientras que la inflación alcanzó niveles absolutamente inéditos en nuestro país y en el mundo de esa época.

[Continua: Parte 2]


* Coordinador del Observatorio de la Economía Mundial de la UNSAM. Fue ministro de Economía de la Provincia de Buenos Aires y de la Nación, Diputado Nacional, Embajador ante la Unión Europea y Profesor en la UNLP y en la UBA. Nota publicada en el  Observatorio Económico de la Red Mercosur.Nota publicada en Panorama Económico y Financiero Nº 99, publicación del Centro de Investigación y Medición Económica de la Escuela de Economía y Negocios de la Universidad Nacional de San Martín, noviembre de 2013

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