Debate sobre integración comercial | Jorge Lucángeli

Continuamos con el debate sobre La Inserción de Argentina en los mercados globales con una contribución de Jorge Lucángeli*

comercio

LA INTEGRACIÓN COMERCIAL DE ARGENTINA

Indagando en los años de gestión económica kirchnerista 

Una característica esencial de la economía argentina es, precisamente, su dualidad. Un esquema harto simplificado contemplaría dos sectores: uno que corresponde a las actividades agropecuarias, productor de bienes esencialmente exportables y que por la dotación de recursos naturales del país exhibe claras ventajas competitivas. Por otro lado, la actividad industrial manufacturera cuya producción compite con las importaciones, pero que muestra un comportamiento más cercano a la de bienes no transables. Salvo excepciones acotadas, la producción manufacturera está destinada al mercado interno y aporta pocas divisas. Esta dualidad estructural impone severas restricciones y restringe los grados de libertad para hacer política económica.

Vaya este breve introito para adentrarnos en la política comercial y cambiaria, digamos, del nuevo milenio. Un primer fenómeno que cabe destacar es que a partir de 2002 se recreó un nuevo proceso de sustitución de importaciones al amparo de un paraguas de mayor protección a las actividades manufactureras. Pero este mayor nivel de protección fue una combinación de depreciación del tipo de cambio junto con la implementación de instrumentos de política comercial (aranceles, retenciones a las exportaciones y restricciones cuantitativas.

Un atajo para acceder a la identificación de la intensidad de las políticas proteccionistas es a través de lo que se denomina del “sesgo del régimen de comercio”. En una economía plenamente abierta al comercio internacional, los precios relativos internos estarán alineados con los precios relativos vigentes en el mercado mundial; una economía en situación de autarquía –plena o parcial- exhibirá precios relativos internos que difieren de los internacionales. El objetivo de imponer barreras comerciales es, precisamente, romper la equivalencia entre los términos de intercambio internos respecto de los términos de intercambio externos.

La literatura económica denomina “sesgo del régimen de comercio” (SRC) al grado de discrepancia de la relación de precios internos respecto de una situación de libre comercio, como consecuencia de la presencia de mecanismos de incentivos o restricciones a las exportaciones y a las importaciones. En un modelo de dos sectores, el sesgo del régimen de comercio será la relación entre la razón de los precios internos de los importables y los exportables con respecto a la razón de los precios internacionales de los importables respecto de los exportables.[1]

El indicador Si refleja los movimientos de los precios relativos internos (términos de intercambio internos (TII)) respecto de los precios relativos internacionales (términos de intercambio externos (TIE)). Aumentos en Si refieren a que los precios relativos domésticos aumentaron respecto de los precios relativos internacionales; disminuciones indican que retrocedieron. Cuanto más restrictiva sea la política comercial (restricciones cuantitativas a las exportaciones e importaciones, nivel de aranceles y derechos, etc.), mayores serán las posibilidades de discrepancias de los TII respecto de los TIE y, en consecuencia, el indicador del sesgo de comercio tendrá un movimiento ascendente.

El Si se estimó para el período I 1993-IV 2010 (observaciones trimestrales). Cabe aclarar que cuando se hace referencia a los “importables” se está considerando a los bienes industriales y en el caso de los “exportables” a los productos agropecuarios.[2] El Gráfico I muestra la evolución de la serie.[3] 

Gráfico I : Argentina – Sesgo del Régimen de Comercio (SRC)
I 1993 – IV 2010 (Índice, base 2000 = 100)

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Como se puede observar, la serie tiene un comportamiento decreciente hasta principios de 2001. A partir de ese momento, el sesgo sigue un sendero de paulatino crecimiento. La observación de la línea de tendencia muestra el fenómeno señalado. El promedio 2000-2001 del SRC fue un 23 % inferior al promedio de 1993; esto es, durante ese lapso los precios relativos internos (manufacturas respecto de los productos agropecuarios) se acercaron a la relación de precios vigentes en el comercio mundial. Por el contrario, a partir del inicio del nuevo milenio, los precios relativos internos se alejaron de los prevalecientes en el comercio mundial: en 2010 (en promedio) los términos de intercambio internos se encarecieron algo más del 50% respecto del promedio 2001-2002. El desvío del SRC que se observa en 2008 tiene que ver con el fuerte aumento del precio de los productos básicos que no se reflejó plenamente en los precios relativos internos.

Una manera alternativa de calificar el fenómeno que se acaba de describir es destacar que durante la década de los noventa se llevó adelante un proceso de apertura comercial, en tanto que durante la década siguiente se instrumentó una política proteccionista.

El interrogante que cabe responder es cuáles fueron los mecanismos que posibilitaron este divorcio entre los precios relativos internos y los externos. La teoría de la política comercial suele atribuir estas discrepancias a la presencia de restricciones –arancelarias o cuantitativas- a las importaciones o mecanismos similares a las exportaciones. De esta manera, se quiebra el vínculo entre ambas relaciones de precios. Sin embargo, en un primer momento, el tipo de cambio tuvo un papel preponderante en la determinación del SRC y la política arancelaria uno secundario.

Durante la década de los noventa, el SRC acompañó la leve tendencia decreciente del tipo real de cambio (en relación a los salarios). El SRC se contrajo en alrededor de un 25%. La relación de precios internos se aproximó a los vigentes en el mercado internacional, acompañando la apreciación del tipo de cambio.

Luego de la devaluación del peso de 2002, el SRC inicia un sendero de sostenido crecimiento -con un pico en el II Trimestre de 2008-, siguiendo un movimiento contrario al de la década anterior, esto es, los precios relativos internos se alejan de los internacionales. Los movimientos del SRC están asociados a los movimientos del tipo real de cambio.[4] El SRC a mediados de 2006 es un 15% más alto que el promedio de 2002. A partir de ese momento, inicia una escalada sostenida hasta el II trimestre de 2008, para luego fluctuar y ubicarse algo por debajo de aquel pico en el IV trimestre de 2010.

Durante los noventa el SRC siguió los movimientos del tipo de cambio; la apreciación cambiaria acercó los precios relativos domésticos a los vigentes en el mercado internacional. Por el contrario, la devaluación de 2002 rompió abruptamente esa concordancia que se había observado durante los noventa. Pero la devaluación tuvo una consecuencia no menor sobre los salarios, en nuestro análisis los salarios industriales. Como se puede observar en el gráfico de más abajo, el promedio de los salarios industriales reales de 2002-2003 resultaron 16% inferiores al promedio de 2001. Pero, además, puede hacerse otra consideración a partir de la observación de ambas series. A pesar de que el SRC había venido cayendo durante toda la década del noventa, los salarios reales se habían mantenido bastante inalterados. De este modo, la reducción del nivel de protección –apertura- no se condecía con el mantenimiento del salario real. El margen bruto se había reducido.

El tipo de cambio diferencial aplicado a partir de 2002 proporcionó un “colchón cambiario” considerable a los bienes importables, en ausencia de ajustes en el régimen de importaciones.[5]

Gráfico II : Salarios reales industriales – I 1995- I 2012 +

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+Deflacionado por IPC real
Fuente: INDEC (salarios)

Este “colchón cambiario” fue aún más abultado, también, por la marcada caída del salario real. La devaluación recompuso –en un primer momento- el margen bruto potencial de la actividad manufacturera que se había deteriorado durante la convertibilidad. Pero una vez producido el ajuste del tipo de cambio, la industria manufacturera no recurrió a la utilización plena de este colchón. Tres son los motivos principales que explicarían este comportamiento:

  1. La devaluación entraña la contracción de la demanda agregada; en consecuencia, no era factible trasladar inmediatamente a los precios internos la posibilidad que brindaba la nueva situación cambiaria.
  2.  La caída del salario real había contribuido a restablecer los márgenes de rentabilidad en el corto plazo.
  3.  Los ajustes de los precios de las manufacturas suelen reaccionar con ciertos rezagos. [6]

Gráfico III: Tipo de cambio respecto a salarios industriales
Enero 1995-Marzo 2012 (Ln del Indice 1997/98 = 100)

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Fuente: Elaboración propia en base a información de BCRA e INDEC

Pero a partir del I Trimestre de 2003, los salarios se encarrilan en una vía rápida de crecimiento: el último trimestre de 2008 el nivel de los salarios reales de la industria había duplicado el registrado a principios de 2003. Los salarios reales continuarían creciendo y en el IV Trimestre de 2010 estaban un 40% por arriba de los vigentes en 2000. De esta manera, afloran los argumentos del ya clásico artículo de W. Stolper y P.A. Samuelson.[7] En la medida que la protección aumenta los precios relativos de los bienes importables, el factor utilizado intensamente en la producción de los mismos aumentará su remuneración real. En este caso, la mayor protección brindada a la actividad manufacturera habría posibilitado un aumento en los salarios reales industriales. Consecuentemente, la evolución de los salarios afectó el desempeño del margen bruto de la industria manufacturera.

Una aproximación –quizá poco rigurosa, pero intuitiva- de lo planteado más arriba es que luego de la devaluación de 2002, el margen bruto de la industria manufacturera alcanza su máximo. A partir de ese momento, el “colchón cambiario” se encuentra atenazado por el sostenido aumento de los salarios reales y por una cierta estabilidad del tipo de cambio real. La depreciación real de mediados de 2008 dio un cierto desahogo, pero a pesar de esa circunstancia, el “colchón cambiario” hubo de continuar estrechándose.[8] Pero los instrumentos de la política de importaciones habían perdido grados de libertad y estaban bastante acotados. Luego del alineamiento de los aranceles de importación a los establecidos en el MERCOSUR –esencialmente al arancel externo común-, el instrumento disponible era las licencias no automáticas de importación (LNAI). Hacia fines de 2007, pero con mayor intensidad a partir de 2008, se incorporan sistemáticamente nuevas posiciones arancelarias al régimen de licencias no automáticas. A diciembre de 2007 el número de posiciones sujetas a este régimen redondeaban las 90. En diciembre de 2008 se habían duplicado a 180 posiciones. Calzados, hilados y tejidos y los productos textiles absorbían más de los 2/3 del universo de las LNAI. En diciembre de 2009, el conjunto de posiciones sujetas a licencias no automáticas se había incrementado a 400. También en esta oportunidad los productos textiles junto con hilados y tejidos detentaban más del 50% del conjunto y se habían incorporado artículos para el hogar, algunas autopartes y productos metalúrgicos. Este conjunto se mantendría hasta diciembre de 2010 y recién en marzo de 2011 se incorporarían otras 170 posiciones al universo de LNAI sobre todo autopartes, nuevos hilados y tejidos y un conjunto variopinto bajo la etiqueta de Certificado de Importación de Productos Varios (C.I.P.V.) que incluye desde productos químicos, papel y cartón, productos metálicos, equipos de computación, aparatos receptores de radiodifusión, teléfonos celulares y muebles, entre otros.[9]

La historia reciente es bastante conocida: un tipo de cambio real retrasado y barreras a las importaciones inexpugnables. Ahora bien, en términos de resultados de la aplicación de estos mecanismos comerciales, cabría destacar dos observaciones. En primer término, el ritmo de crecimiento de las exportaciones.[10] Considerando el período I 2003 – I 2013, el volumen exportado creció a una tasa trimestral del 0,5%; en tanto que si se analiza el período I 1986 – IV 2001 la tasa de crecimiento de las cantidades exportadas redondeó el 2,4% trimestral.[11] El nuevo milenio ha sido catalogado como el del gran salto de la producción granaria y de los altos precios de las materias primas y alimentos; sin embargo no parecería haber influido en el desempeño exportador de la Argentina.

La segunda observación se refiere a la pérdida de competitividad de la industria manufacturera. Si bien “competitividad” no es un concepto fácil de definir, recurrimos al indicador bastante aceptado de “costo laboral unitario” (CLU), definido como el costo total de mano de obra necesario para producir una unidad de producto. Con el objetivo de realizar comparaciones con otros países, usualmente se calcula el CLU en dólares, de manera de estimar el costo de la mano de obra en dólares de producir una unidad de producción. En consecuencia, el costo laboral unitario se define como:

formula2

en donde, w significa el salario medio nominal, L significa el número de trabajadores o la cantidad de horas trabajadas, Q el volumen físico de producción y e el tipo de cambio nominal. Esta formulación permite descomponer las variaciones del CLU en sus dos causales: variaciones en la relación salario-tipo de cambio (w/e) y variaciones en la productividad (Q/L). En el caso de la relación salario-tipo de cambio, una disminución de la razón entre ambas variables tendrá un impacto positivo en el CLU: el costo caerá. Aumentos de la productividad redundarán en disminuciones del CLU ya que reducirán la incidencia del costo de la mano de obra en el costo total y, por consiguiente, mejorarán la competitividad.

Sin embargo, el CLU es un indicador de la competitividad “absoluta” ya que muestra en qué dirección se han movido los costos laborales unitarios en términos de una divisa patrón; pero nada nos dice acerca de la capacidad competitiva de un país respecto de otros. Si el CLU del país A disminuye, significa una mejora de su competitividad, pero para evaluar si ha ganado competitividad respecto de otros países es necesario comparar cómo se comportó el CLU en el país B, por ejemplo. Si ambos países comercian o compiten en mercados similares, aquél que exhiba una reducción del CLU más pronunciada estará ganando competitividad respecto de su rival comercial.

Se estimaron los CLU para Argentina, Brasil y EE.UU., para el período I 1995 – IV 2012. En el gráfico de más abajo se han volcado estas estimaciones, con una particularidad: EE.UU. se ha tomado como referencia; en consecuencia, el desempeño del CLU de Argentina y Brasil están referenciados al comportamiento del CLU de EE.UU. [12]

Gráfico IV: Argentina y Brasil – Costo laboral unitario respecto de EE.UU.
I 1995 – IV 2012 (en Ln del Índice 1997 = 100)lucangeli4

 Fuente: Elaboración propia en base a información de INDEC, IBGE y BLS

Durante la segunda mitad de los noventa, tanto Argentina como Brasil –con mayor intensidad- ganaron competitividad respecto de EE.UU.; los costos laborales unitarios crecieron a un ritmo inferior que en EE.UU. Pero si se compara Argentina con Brasil, en este caso Argentina pierde competitividad respecto de Brasil.

La situación se revierte completamente a partir de los 2000; en el caso de Argentina a partir de la devaluación de 2002. La depreciación cambiaria le dio una ganancia competitiva muy fuerte a Argentina en lo inmediato, pero a partir de ese momento ha habido una pérdida sostenida de competitividad respecto de EE.UU., con un breve interregno a fines de 2008. Pero, llamativamente, Brasil sigue el mismo derrotero. Entre 2003 y 2012, el CLU relativo Argentina-EE.UU. aumenta 253%; en tanto que el de Brasil-EE.UU. lo hace 180%. Claramente, la pérdida de competitividad de Argentina y Brasil ha sido muy significativa. [13]

¿Qué sucedió en la relación entre Argentina y Brasil?

Gráfico V:  Costo laboral unitario relativo (Argentina respecto de Brasil)
I 1995 – IV 2012 (en Ln del Índice 1997 = 100)

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Fuente: Elaboración propia en base a información del INDEC e IBGE

El gráfico es sumamente elocuente. Durante la segunda mitad de los noventa, Argentina fue perdiendo competitividad respecto de Brasil; a partir de la devaluación de 2002, Argentina recupera competitividad respecto de Brasil, pero esta recuperación se interrumpe a partir de inicios de 2008 y nuevamente comienza a retraerse, aunque todavía se está lejos de los años críticos de la convertibilidad.[14]

Dejamos para otra oportunidad el análisis de las causas de estos comportamientos, aunque puede adelantarse que los mismos son resultado del desempeño de los salarios y del tipo de cambio antes que de la productividad laboral.

¿Qué hacemos entonces? No quedan prácticamente instrumentos de política comercial, salvo el “pulgar de Moreno”. Hay, indudablemente, un problema de tipo de cambio real. En términos de los “bienes exportables” no podría afirmarse que el tipo de cambio está atrasado. Con estos precios internacionales, el tipo de cambio agropecuario –incluidas las retenciones- tendría un margen holgado. Por el contrario, las dificultades surgen con los “bienes importables”. En realidad, el tipo de cambio ajustado por salarios refleja la situación incómoda de la industria manufacturera.

Sin embargo, no todos los bienes exportables gozan de esta bonanza. Las producciones regionales, cuyos productos no han tenido los beneficios de buenos precios internacionales, están afectadas también por la apreciación real del tipo de cambio.[15] En realidad, salvo la soja y el maíz y algún otro cereal, la apreciación cambiaria está afectando a toda la producción agropecuaria.

En el caso de los bienes transables importables –bienes industriales esencialmente- no pueden hacer frente a la competencia externa. En este caso, la alternativa ha sido recurrir a la aplicación de restricciones cuantitativas (licencias no automáticas) y otro tipo de barreras

Indudablemente, la política cambiaria está en una encerrona. En definitiva, adonde habría que apuntar es hacia una profundización, sistematización y emprolijamiento del sistema de tipos de cambio múltiples vigente. El régimen de tipo de cambios múltiple tiene una larga experiencia en nuestra historia económica, especialmente a partir de la crisis de 1930. Pero cabe destacar que ha sido el peronismo el que hubo de recurrir sistemáticamente a esta política cambiaria. Tanto entre 1946 y 1955 como durante la gestión de José B. Gelbart, fue recurrente la utilización de este mecanismo.

¿Por qué no recrear un régimen similar al utilizado por los distintos gobiernos peronistas en los albores de la senectud del EEK (experimento económico kirchnerista)? A pesar del mejor desempeño del sector externo a raíz de la bonanza sojera, los compromisos de endeudamiento (CIADI, Club de París, holdouts, YPF, etc.) le han quitado holgura a las cuentas externas. De alguna manera, la situación actual no parecería diferir sustancialmente de la vigente a fines de los 40, principios de los 50 del siglo pasado. Si se descuentan todas las deudas pendientes, el nivel de reservas resultaría seriamente afectado. Pero, de todos modos, es necesario un reacomodamiento de los precios relativos que al amparo del actual nivel del tipo de cambio han quedado bastante desquiciados.

La propuesta de auténtica raíz justicialista sería la siguiente:

  • Fijar un tipo de cambio comercial básico
  • Fijar un tipo de cambio comercial preferencial
  • Fijar un tipo de cambio financiero

La cotización del tipo de cambio comercial básico correspondería al actual tipo de cambio vigente, mientras que el comercial preferencial podría fijarse en un valor 25% superior ($ 7,10); en tanto que el financiero arrancaría a ¿$ 9,0?

Debe reconocerse que la propuesta tiene algunas ventajas y debilidades. Un régimen de tipo de cambios múltiples permitiría tratamientos diferenciales por tipo de bienes. Se podría mejorar el tipo de cambio de exportación para las exportaciones manufactureras y agropecuarias extra-pampeanas sin beneficiar a la producción sojera. Además, llegado el caso, se podría recurrir al habitual mecanismo de la mixtura para mejorar la tasa de cambio de algunos productos.

Una de las debilidades de este régimen se refiere a la credibilidad –acervo tan depreciado con esta gestión-; muy probablemente todo el mundo se quede esperando una devaluación mayor o los distintos lobbies presionen para acceder a un tipo de cambio mayor o menor, según sean sus intereses. Otra debilidad es que el ordenamiento del régimen cambiario acompañado de la reducción de las restricciones cuantitativas atentaría contra el manejo arbitrario de la política comercial. En este sentido, el supuesto de transparencia del manejo de la política comercial no figuraría en el listado de las prioridades de las autoridades económicas. Es más una preocupación intelectual.

RÉGIMEN CAMBIARIO MÚLTIPLE

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Pero la mayor debilidad de este régimen cambiario radicaría en la administración del tipo de cambio financiero. Muy probablemente, si el tipo de cambio financiero fuera libre, el BCRA debería sacrificar reservas. La magnitud del drenaje sería altamente incierta. Otra alternativa es que el tipo de cambio financiero continuara operando con restricciones como hasta ahora. ¿Cuál sería la diferencia con el régimen actual? Se habría mejorado el tipo de cambio de ciertos bienes transables.

La otra debilidad –más que debilidad es una gran incógnita- es cuán perdurable puede ser un régimen como el propuesto. Difícil respuesta, aunque no me atrevo a hacer una apuesta. Claro que la alternativa de no hacer nada y seguir como hasta ahora implica dejar que la olla siga levantando presión y en algún momento la tapa saltará por el aire.

El interrogante que surge es dónde se encuentra la salida de este laberinto. En los laberintos borgeanos:

“No habrá nunca una puerta. Estás adentro

Y el alcázar abarca el universo

Y no tiene ni anverso ni reverso

Ni externo muro ni secreto centro

No esperes que el rigor de tu camino

Que tercamente se bifurca en otro,

Que tercamente se bifurca en otro,

Tendrá fin. Es de hierro tu destino” [16]


* Director de la Maestría en Relaciones Económicas Internacionales, Facultad de Ciencias Económicas, UBA.

[1] El indicador puede formularse como sigue:

                                                                                                 formula1

donde Si es el indicador del SRC, P los precios internos y R los precios internacionales; en tanto que m y e corresponden a los índices de los bienes importables y exportables, respectivamente.

[2] El indicador SRC debe considerarse un estimador aproximado. Los índices de precios utilizados, esencialmente de Argentina, son agregados que incluyen productos que, quizá, no deberían ser incluidos en estas estimaciones. De cualquier manera, consideramos que reflejan adecuadamente el comportamiento de los precios relativos.

[3] Para la elaboración de los índices de precios de productos de origen industrial y de origen agropecuario, se utilizó el Índice de Precios Básicos del Productor (IPBP) elaborado por el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC). Dicho índice recoge los precios percibidos por el productor local. Para los términos de intercambio externos se utilizaron los precios de productos básicos elaborado por el Fondo Monetario Internacional, para los productos de exportación de la Argentina. Respecto de los índices de precios de manufacturas se utilizó un promedio de precios de manufacturas de EE.UU. (Bureau of Labor Statistic) y países europeos (OECD).

[4] En abril de 2002, mediante el Dto. 690/2002, se procedió a sancionar un nuevo ordenamiento arancelario.  De alguna manera, este nuevo régimen confirmó las medidas adoptadas por Cavallo en 2001 e introdujo una nueva escala de reintegros a las exportaciones. No hubo, prácticamente, aumentos de los niveles arancelarios. Las modificaciones relevantes de la política comercial fueron la imposición de retenciones a las exportaciones agropecuarias y petroleras.

[5] Entendemos el “colchón cambiario” como la diferencia entre el precio que se podría fijar de un importable en el mercado interno –considerando el precio internacional del producto más el derecho de importación a que está sujeto ese bien por el tipo de cambio- y el precio que efectivamente se fija. El primero es el techo o precio tope que puede fijar un productor local para un bien que compite con uno importado. Cabe asimilarlo al “agua en la tarifa”.

[6] Se está asumiendo que los precios de las manufacturas se determinan fijando un margen de beneficio por sobre los costos.

[7] Stolper, W.F. and Samuelson P.A. (1941): “Protection and real wages”, Review of Economic Studies, vol. 9.

[8] El SRC alcanzó el pico de la década en el II Trimestre de 2008. Debe tenerse presente que los precios internacionales de los productos básicos alcanzaron los máximos en esos meses, cayendo fuertemente los precios de las manufacturas en relación a los productos básicos. Por otro lado, las alícuotas de las retenciones a las exportaciones de productos primarios habían sido aumentadas en noviembre de 2007.

[9]Las licencias no automáticas fueron finalmente derogadas y sustituidas por un mecanismo mucho más discrecional como es el “pulgar” de Guillermo Moreno.

[10] Debo esta observación a Adrián Ramos.

[11] En base a información del INDEC.

[12] Se ha recurrido a EE.UU. como referencia por diversos motivos: el comercio de manufacturas con Argentina y Brasil tiene cierta relevancia, es una economía bastante abierta al comercio de manufacturas y cuenta con información bastante accesible y confiable.

[13] Resulta interesante observar que Argentina y Brasil enfrentan el mismo síndrome a partir de los 2.000. Hay algo de contagio de “enfermedad holandesa”.

[14] El ajuste cambiario reciente de Brasil ha agudizado la pérdida de competitividad.

[15] Plagiando a Roberto Bisang, podría hablarse del “síndrome de la ruta 40”. Excluidos los productos mineros, la producción de porotos; aceitunas y aceite de oliva; vinos; peras y manzanas; frutas finas; lana; sufren la revaluación del tipo de cambio.

[16] Jorge Luis Borges, Laberinto (fragmento), en Elogio de la sombra (1969).

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