La inflación actual es insostenible

Por Roberto Frenkel*

inflaHace algunas semanas estuve en Helsinki participando en una conferencia sobre desarrollo en África. Me encontré allí con Dani Rodrik, a quien conozco hace algún tiempo. No había mucho tiempo para conversar en la pausa para el café y Rodrik debía viajar esa misma tarde. Intercambiamos algunos comentarios y recuerdos y cuando ya caminábamos hacia la sala para una nueva sesión, me preguntó: “¿cómo está la inflación en Argentina?”. “Aproximadamente 25%”, le respondí. “Not that bad”, comentó él, mirándome con interrogación mientras caminábamos. Algo dije en contrario, mencionando el atraso cambiario, pero ya no había tiempo para detalles. Rodrik viajó enseguida y la explicación me quedó atravesada. Esta nota contiene lo esencial de esa explicación frustrada.

Rodrik es un economista del desarrollo y está familiarizado con experiencias de países que crecieron rápidamente con tasas de inflación altas. Se han hecho regresiones con datos de panel de países en desarrollo buscando identificar el umbral de la tasa por arriba de la cual la inflación afecta negativamente el crecimiento. Hay resultados diversos pero, en general, los umbrales encontrados superan holgadamente las tasas que experimentan actualmente, por ejemplo, Chile, Perú y Colombia. En algunos de esos ejercicios el umbral encontrado es del orden de la tasa de inflación que sufre hoy Argentina.

La historia de las economías latinoamericanas no contradice esos resultados econométricos. Por ejemplo, el mejor período de crecimiento de Argentina, Brasil, Chile y Colombia, previo a la globalización financiera, tuvo lugar en la década comprendida entre mediados de los años sesenta y setenta del siglo XX. En ese período los países mencionados experimentaban lo que se dio en llamar “inflación crónica latinoamericana”, con tasas que se ubicaban en el orden de magnitud de la inflación argentina actual.

Conjeturo que los mencionados datos y experiencias históricas eran el fundamento implícito del “not that bad” del comentario de Rodrik. Desde esta perspectiva, la Argentina se encontraría, por así decirlo, en el borde de una inflación lesiva para el crecimiento.

Mi explicación a Rodrik hubiera empezado con una referencia a la mencionada experiencia histórica de Argentina, Brasil, Chile y Colombia. A mediados de los años sesenta estos países abandonaron los regímenes de tipo de cambio fijo que imponía la membresía al FMI y adoptaron regímenes cambiarios de crawling-peg, esto es, dicho simplemente, la indexación del tipo de cambio a la diferencia entre la inflación local y la internacional. Esta práctica tiende a mantener estable el tipo de cambio real y consecuentemente, preserva en el tiempo la competitividad de las economías. Los países tomaron también otras medidas tendientes a convivir con la inflación alta. La indexación se extendió al mercado de trabajo, a las tarifas de los servicios públicos, al sistema financiero y fue adoptada en los contratos privados. La generalización de la indexación procuraba mantener más o menos estables los precios relativos, de modo de evitar distorsiones (atrasos importantes de algunos precios) que acabaran generando ajustes abruptos traumáticos, como había sido la experiencia de esos países en los años cincuenta y primeros sesenta.

Pese a la similitud de las tasas, el proceso inflacionario actual de Argentina difiere sustancialmente de esas experiencias porque, lejos de mantenerse estables, los precios relativos en Argentina siguen tendencias divergentes. Los precios relativos vienen dislocándose desde tiempo atrás y las distorsiones tienden a amplificarse con el paso del tiempo. Los ejemplos más relevantes son el tipo de cambio real y los precios reales de la energía y el transporte público. La tasa de inflación que sufre Argentina no es sostenible porque no son sostenibles las tendencias de los precios relativos que componen el proceso. La inflación es 25% porque hay precios que crecen mucho menos que eso. El tipo de cambio real no puede apreciarse continuadamente y los precios reales del transporte y la energía no pueden reducirse permanentemente insumiendo, a través de los subsidios, crecientes porciones del gasto público.

En 2005-2006 la inflación estaba acelerándose, demandando la atención de la política económica. O se instrumentaban medidas antiinflacionarias para mantener la tasa en un dígito o se adoptaban medidas para convivir con una inflación alta, como hicieron los casos mencionados arriba a mediados de los años sesenta. No se hizo ni lo uno ni lo otro. Como consecuencia Argentina experimenta ahora una inflación alta e insostenible, porque los precios relativos deberán ajustarse en algún momento y eso tenderá a acelerarla a partir del ritmo en que se encuentre cuando se instrumente el ajuste.

Argentina tiene una larga historia de inflación y ajustes. Acá se hizo de todo. Podríamos haber aprendido de esta experiencia, pero en lugar de eso repetimos errores pasados. Curiosamente, un gobierno que se estima vanguardia de la modernidad progresista ha configurado una situación que se asemeja más al stop-and-go de los años cincuenta y primeros sesenta que a cualquier otra experiencia posterior. Salvo que se considere como ejemplo relevante la gestión del período 1973-1975.


* Investigador Titular del CEDES y Profesor de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT). Nota publica en el diario La Nación del 07/07/2013

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