Recursos naturales: ¿maldición o bendición?

Por Guillermo Rozenwurcel*

enfermedad_holandesaLa explotación de los recursos naturales ¿puede constituir una plataforma para el desarrollo? Si la respuesta es negativa, intentar aprovechar las ventajas comparativas resultantes de la riqueza natural será contraproducente. Si se responde afirmativamente, la conclusión será la opuesta.

Como casi siempre en economía, no hay una respuesta válida para todo tiempo y lugar. Por un lado, es imposible ignorar que son numerosos los países ricos en recursos naturales que permanecen entre los países de menores ingresos y registran los mayores índices de pobreza, corrupción y conflicto.

Pero por el otro, hay suficientes ejemplos de países que iniciaron el despegue explotando su capital natural y hoy son países desarrollados. De hecho, tres de los países más ricos en la actualidad -Noruega, Nueva Zelanda y Canadá- están entre los de mayor capital natural.

Está claro, en consecuencia, que la maldición de los recursos naturales no tiene nada de inevitable. La diversidad de experiencias parece sugerir, por el contrario, que el capital natural también puede ser una bendición. Uno u otro resultado dependerán básicamente del modo en que se administren las elevadas rentas extraordinarias generadas por esos recursos, ya que éstas no duran para siempre.

En síntesis, el tránsito del crecimiento al desarrollo apoyado en los recursos naturales, aunque no está garantizado, resulta ciertamente posible. Pero para ello es vital que la riqueza natural no se convierta en dependencia de esos recursos, y esto sólo es posible con una estructura productiva diversificada.

Como señala Luis Rappoport en una nota reciente publicada en estas páginas (1/8/2013), en la Argentina el actual gobierno gestionó pésimamente las rentas de la prolongada bonanza externa que ahora parece empezar a desinflarse. Pero más allá de las urgencias inmediatas –alta inflación combinada con atraso cambiario y tarifario, escasez de divisas y desbalances fiscales financiados con emisión- si en verdad nos preocupa el futuro lo que necesitamos debatir es la estrategia de desarrollo a largo plazo.

Un componente clave que esta estrategia debe definir es, precisamente, qué transformaciones requiere nuestra estructura productiva. Cuando se considera esta cuestión es importante comprender dos cosas: 1) que industrialización y diversificación e productiva no son necesariamente sinónimos, 2) que el punto de partida debe ser el aprovechamiento de nuestras ventajas comparativas. En nuestro país esto significa potenciar en lugar de desincentivar la producción agrícola pampeana, pero también muchas otras actividades basadas en la explotación de recursos naturales propias de las economías regionales.

No se trata de ignorar que la industria manufacturera mantiene su centralidad en la red de encadenamientos de cualquier economía avanzada y continúa siendo uno de los ámbitos decisivos del proceso de innovación y cambio tecnológico.

Pero sería un error suponer que este proceso no es posible también en los sectores de recursos naturales.

Más aún, el actual proceso de convergencia tecnológica está provocando una transformación notable en el sector primario. De hecho, su situación en Argentina (especialmente en el agro) dista enormemente de la imagen convencional de un sector atrasado, con externalidades débiles y escasos eslabonamientos. Esto desmiente, asimismo, el tradicional preconcepto de que las ganancias de productividad sólo pueden obtenerse en actividades ligadas a la industria.

Un tipo de cambio devaluado puede ser útil para poner en marcha el crecimiento, pero no es la herramienta que puede sostener la competitividad de la economía a largo plazo. Tampoco es viable una estrategia de protección indiscriminada a sectores ineficientes que sólo pueden competir por la vía de costosos subsidios que paga el conjunto de la sociedad.

Además de las fuentes de innovación, el otro tema central es el empleo. Es un hecho que las manufacturas hace tiempo dejaron su lugar como principal demandante de mano de obra a los servicios. Por otra parte, a pesar de que su impacto directo sobre la ocupación es bajo, los efectos indirectos de la actividad agrícola son hoy en día mucho mayores que en el pasado, debido a la creciente intensidad de sus encadenamientos con múltiples actividades manufactureras y de servicios.

En conclusión, las relaciones entre “campo”, industria y servicios revelan no sólo conflictos de intereses, que ciertamente existen. También ponen de manifiesto un potencial de cooperación que debe aprovecharse plenamente para encarar con éxito el desafío del desarrollo.


* Economista (UNSAM, UBA y CONICET). Nota publicada en el Diario Clarín el 15/08/2013

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