Ante la decisión más importante de la historia

Por Federico Sturzenegger*

vaca-muertaHace unos años, un señor de más de 80 años, trabajando en soledad en un campo gasífero de Pennsylvania, logró lo que no habían podido los gigantes Shell y Exxon: descifrar los misterios de formaciones rocosas shale, lo que permitió la explotación de gas no convencional. Durante diez años sus esfuerzos lo llevaron por los campos de la fractura hidráulica y la bioquímica antes de dar con un proceso que funcionara. Pero valió la pena: el descubrimiento cambió el mundo. En los Estados Unidos, en particular, se triplicaron las reservas, y el precio del gas cayó a un quinto. Obama retiró sus tropas de Irak y con las importaciones de petróleo retrotrayéndose a los valores de 1987 hace dos semanas autorizó la primera exportación de gas. El mapa geopolítico cambió y el mundo se encamina a un siglo de energía barata.

La posibilidad de explotar este tipo de formaciones es una bonanza para la Argentina. Como cuento en mi libro Yo no me quiero ir, según el departamento de Energía de los Estados Unidos, la Argentina tendría la tercera reserva mundial después de la de China y los Estados Unidos. El potencial del país, concentrado en el yacimiento de Vaca Muerta, es 73 veces las reservas actuales. Lo que hay en Vaca Muerta equivale en barriles de petróleo a la mitad de las reservas de hidrocarburos de Arabia Saudita.

Es imposible pensar lo que ha ocurrido en la Argentina en los últimos 20 años sin tener en cuenta el boom de la soja. Una estimación rápida del impacto de la soja en la riqueza de los argentinos se obtiene al computar el aumento en el valor de la tierra agrícola en el país. Este ejercicio da el equivalente a un PBI. Usando el precio del gas que hoy le compramos a Bolivia, Vaca Muerta equivaldría a siete PBI. Si la soja le hizo algo a la economía, multiplíquelo por 7 y verá por qué este tema es importante, muy importante.

La Argentina pareciera no estar consciente de lo que tiene entre manos. Por eso es importante llevar al plano del debate público la discusión sobre qué se va a hacer con esto: ¿cómo se va a llevar a la producción?, ¿cómo se van a usar esos recursos?

Respecto de lo primero, la Argentina tiene un camino recorrido. En los años 90 se concesionaron muchas áreas petroleras al sector privado. Algunas vía licitaciones y otras mediante negociaciones uno a uno. La historia da un veredicto contundente: todo lo que se concesionó mediante licitaciones logró un buen valor para el Estado, amén de haberlo hecho en un contexto de transparencia y competencia. No por nada, éste es el esquema que usa, por ejemplo, Petrobras, para adjudicar sus campos en las aguas profundas del Atlántico. Por el contrario, lo negociado en los 90 a puertas cerradas resultó en importantes pérdidas patrimoniales para el Estado y lograron los adjudicatarios condiciones excesivamente ventajosas. Como YPF no tiene ni tendrá los recursos para encarar esta explotación necesita encontrar socios que la ayuden en la tarea. Pero corre un frío por la espalda cuando un gobierno, acusado de corrupción, con faltante de dólares, con un déficit energético creciente (producto de diez años de desquicios en su política energética), y en un contexto de máxima inseguridad jurídica, pone esta riqueza de todos los argentinos en juego. Por eso es importantísima la valiente señal que dio la semana pasada el ultrakirchnerista Eduardo Basualdo, al renunciar al directorio de YPF por su desacuerdo con las condiciones que había impuesto Chevron para abordar la explotación de Vaca Muerta. La sociedad toda, el Congreso y la oposición, debe tomar cartas en el asunto, exigiendo hacer públicas las negociaciones y proponiendo mecanismos transparentes de licitación. Por su parte, el ex director Basualdo debería hacer públicos los motivos que llevaron a su renuncia. El tema es demasiado importante para dejarlo en el reino de la especulación. Es claro que urge la explotación de un recurso, máxime cuando las perspectivas son las de un derrumbe en el precio del petróleo y gas en las próximas décadas. Pero tampoco es conveniente entregar estos recursos en un momento de tanta inseguridad jurídica, que redundaría en un valor muy reducido para el Estado argentino de cualquier concesión que pudiera concretar.

Después queda la discusión de cómo se deberían usar esos recursos. Una primera definición es que estos recursos son tan cuantiosos que no deberían ser usados por un gobierno ni siquiera por una generación. Estos recursos hay que invertirlos y preservarlos para que estén disponibles para nosotros, nuestros hijos y nietos, y sus hijos y nietos. Hay modelos para estudiar. Noruega, por ejemplo, atesora sus recursos petroleros para mantener bajo el resto de sus impuestos. Alaska le entrega un cheque a cada ciudadano todos los años con el retorno real de los fondos, para preservar el capital. Otros países como Kazakstán guardan para el Estado los recursos y hacen obras de infraestructura (más o menos útiles). Se viene un debate importante. El debate de la abundancia. Es importante empezarlo. Porque si seguimos anestesiados a nuestra propia realidad, la corrupción y la abulia nos pasarán su factura.


* Presidente Banco Ciudad de Buenos Aires. Nota publicada en el diario La Nación.

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