La ideología del dólar

Por Eduardo Levy Yeyati*

dollar“Para los tiempos que vienen hay que garantizar un dólar competitivo” (Néstor Kirchner, junio de 2007). “Los que pretendan ganar plata a costa de una devaluación que tenga que pagar el pueblo van a tener que esperar a otro gobierno” (Cristina Kirchner, mayo de 2013).

En 2007, una apreciación para contener la inflación era el sueño conservador de neoliberales noventistas. En 2013, una depreciación para aligerar la fuga de capitales y acelerar la economía es el sueño conservador de sectores concentrados (y, por qué no, de neoliberales noventistas). Así, en 6 años el dólar alto mutó de factor de desarrollo a fantasma destituyente. ¿Cómo reconciliar este derrotero accidentado dentro de un mismo relato oficial?

Más allá del oportunismo habitual del discurso político (el dólar alto era bueno cuando al gobierno le sobraban pesos para comprarlos, pero es malo ahora que le faltan y prefiere comprar a precio subsidiado), esta aparente contradicción se funda en un dilema no trivial en el debate económico: el dólar alto es expansivo (facilita exportaciones, sustituye importaciones, genera empleo) a cambio de reducir costos (incluyendo, aunque no exclusivamente, el salario). Y viceversa: el dólar bajo genera salarios altos en dólares, y desempleo. Como pocas cosas deterioran la equidad distributiva tanto como el desempleo, los países suelen tolerar un tipo de cambio más apreciado sólo a medida que ganan la productividad que compense estos mayores costos.

¿Por qué los mismos que criticaban (y critican) aquel uno a uno apreciado hoy defienden este dólar controlado con cepo? Porque (podría decirse, a partir de los dichos de funcionarios y exégetas oficiales) una depreciación premiaría la especulación transfiriendo ingresos a los capitalistas a expensas del salario real.

El problema con este argumento es que no es enteramente falso ni enteramente cierto. La devaluación suele ser, en efecto, una transferencia regresiva hacia los que más tienen, que suelen ser a su vez los que más ahorran e invierten. Sólo así se entiende la rápida recuperación del producto tras la salida de la convertibilidad y la igualmente rápida recuperación del empleo –impulsados ambos por inversiones fondeadas a su vez con ganancias extraordinarias de empresas con deudas y servicios y salarios licuados, o por el redoblado poder de compra de los dólares fugados con el uno a uno.

Así, el dólar alto, regresivo pero inclusivo, aportó una parte no menor de la bonanza del primer kirchnerismo, transfiriendo ingresos y, más adelante, garantizando la rentabilidad de empresas sustitutivas de importaciones –lo que explica en parte por qué hoy un jean cuesta “10 o 15 dólares en Estados Unidos y 50 en Argentina” (Guillermo Moreno dixit). Por eso siempre hubo en la defensa kirchnerista del dólar competitivo algo que hacía ruido en el relato y que hoy sale a la luz en la prédica antidevaluacionista: la semejanza con la hipótesis del derrame (esa que sostenía que la rentabilidad empresaria se “derrama” en empleo y mejores salarios) defendida por el neoliberalismo de pedigrí ochentista.

Pero la historia completa es, como siempre, más compleja. Para empezar, la transferencia a los ricos no vale tanto para el ingreso (de hecho, curiosamente, hay estudios que encuentran que la distribución mejoró en algunas crisis financieras) como para la riqueza –en particular, la del gran ahorrista dolarizado.

Por otro lado, el temor a la licuación salarial se basa en la creencia de que toda depreciación se traslada a precios. Pero esta creencia es hoy en gran medida una reliquia de cuando la inflación crónica nos condenó a la indexación al dólar; como quedó demostrado en el país en 2009 (y en la mayoría de las depreciaciones en economías emergentes en las últimos dos décadas), el traslado a precios puede ser en la práctica bastante menor, atenuado aun más por el hecho de que una depreciación suele acompañar episodios de desaceleración económica.

Tampoco conviene perder de vista que la comparación relevante no es entre dólar bajo y dólar alto hoy sino mañana: ¿cuál sería el costo en términos de desempleo y salarios de extenderse esta política de dólar bajo por otros dos años?

Entonces: ¿el dólar bajo es de derecha o de izquierda? La respuesta corta (y deliberadamente simplista) es que es de izquierda en el corto plazo (mientras preserva la ilusión de salarios altos en dólares) y de derecha en el largo (cuando destruye empleo).

Una respuesta apenas más elaborada señalaría que el dólar (es decir, el tipo de cambio) es un instrumento anticíclico efectivo dentro de ciertos límites, en línea con la práctica de flotación administrada común en países como el nuestro.

Fijar un tipo de cambio exageradamente alto por mucho tiempo genera un costo cuasi fiscal (asociado a la compra esterilizada de divisas, con perdón del tecnicismo). O, si el gobierno se rehúsa a pagar este costo, genera inflación. Pero fijarlo exageradamente bajo por mucho tiempo es pan para hoy y hambre para mañana, en la medida en que castiga el crecimiento y el empleo y desestabiliza la economía. ¿Qué mejor ejemplo del sesgo destituyente del dólar bajo que el colapso de la Alianza?


* Artículo publicado en el diario La Nación 29/05/2013.

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