El juicio de la década K: ¿ganada o perdida? (Parte 2 de 2)


Por Marcos Novaro*

[ver Parte 1]

juicio

¿Se puede hacer un balance sobre la base de lo que se hizo, lo que se desaprovechó y lo que se pudo haber hecho mejor? Ello nos condena al uso de argumentos contrafácticos difíciles de controlar. Puede ser más interesante y manejable en cambio el análisis histórico de las coyunturas en que se adoptaron decisiones críticas, el modo en que se procesaron y las consecuencias que tuvieron. Ensayaremos a continuación esta vía, eligiendo cinco momentos críticos, que permiten explicar la progresiva radicalización kirchnerista y los resultados globales a los que arribó.

1. A fines de 2005 Néstor Kirchner enfrentó su primer gran disyuntiva: había logrado en las legislativas de ese año la legitimidad electoral que le faltara en 2003, completado la primera fase de renegociación de la deuda, y controlaba ya sin incómodas mediaciones el Parlamento y el PJ; también la puja distributiva y el conflicto social, gracias a la cooptación de Hugo Moyano en la CGT y de la mayoría de las organizaciones piqueteras. Las decisiones que entonces adoptó son claro ejemplo del uso de los márgenes de libertad, en un contexto de “éxito”, para polarizar el campo político y radicalizar el modelo: el presidente expulsó a Roberto Lavagna del gobierno, iniciando un proceso de politización de la gestión económica que le permitiría desprenderse de más y más mediaciones y controles técnicos; profundizó la política de “concertación de precios” en base a presiones particularistas sobre las empresas, rompió lanzas con EEUU y suspendió cualquier tratativa encaminada a completar la salida del default, y eventualmente a regresar al mercado de capitales; además, desactivó por completo al PJ, para evitar que se volviera una arena de negociación de sus jefes territoriales; y lanzó dos reformas institucionales esenciales, la del Consejo de la Magistratura y la de regulación de los DNUs, que le permitirían concentrar la toma de decisiones frente a los otros dos poderes (y en particular acotar la influencia de la Corte, cuya independencia había sido promovido en el marco de la precariedad inicial). De allí a la sucesión matrimonial en cabeza de una coalición de “todos los que gobiernan”, con la que se terminó de disolver el sistema de partidos, el endeudamiento creciente con Venezuela, el encumbramiento de Guillermo Moreno y la intervención del Indec, habría sólo un paso.

2. El segundo momento de quiebre se presentó con la crisis del campo, en marzo de 2008, a raíz del intento de establecer retenciones móviles a las exportaciones agrícolas. Fue esta la primera ocasión en que el método de la polarización falló redondamente; aunque aun así el gobierno aprovechó la ocasión para una decisiva radicalización ideológica y política, que al precio de la pérdida de consenso y aliados, le permitiría abroquelar sus apoyos restantes. Que ello se produjera en un contexto de pérdidas no implicó la más mínima alteración del método. El episodio reveló además el modo en que ya desde antes se venían realimentando la radicalización política y la económica. El disparador fue el intento de aumentar la presión fiscal sobre un sector que hasta allí se había beneficiado ampliamente del modelo, le proveía su pata productiva y exportadora más sólida y había acompañado electoralmente al oficialismo. Pero que encontró precisamente por esa posición privilegiada los recursos para resistir la medida oficial, así como la escalada de polarización con la que el gobierno pretendió neutralizar sus resistencias. Las entidades ruralistas lograron reunir detrás suyo a toda la oposición social y política, presionando a los actores locales de la coalición oficial hasta dividir a sus bancadas legislativas. La respuesta que elaboró el gobierno ante ese inesperado trastazo consistió en autonomizarse de esos apoyos perdidos y neutralizar su capacidad de coordinación, radicalizándose en dos frentes: avanzaría decisivamente en los meses siguientes en la sustitución de la inversión y las exportaciones por el consumo y el gasto público como motores del crecimiento, vía la apropiación progresiva de los stocks de capital disponibles (primero las AFJPs, luego las reservas del Banco Central), en la consecuente partidización de más y más instituciones públicas (desde los medios de comunicación al instituto previsional), y en la construcción de una escena política en que el “gobierno nacional y popular” enfrentaba a expresiones tan inconciliables como dispersas del antipueblo.

3. El siguiente escalón del proceso de radicalización fue el que se montó con la ley de medios, tras la derrota en las elecciones parlamentarias de 2009. En este episodio se perfeccionó otro instrumento esencial del método K, la reforma retroactiva, que ya se había ensayado con la derogación de las leyes de perdón y la estatización de los fondos de pensión, y luego se replicaría en otros varios terrenos. La reforma retroactiva en esencia consiste en eliminar la noción de “derechos adquiridos”. Y aplicada a las empresas de medios, en particular a la mayor de ellas, el grupo Clarín, ilustra cabalmente la propensión a aumentar la dosis de arbitrio en función de la intensidad de las resistencias. Así como la incompatibilidad de última instancia entre el estado de derecho y el modelo K. Como se sabe, ade descrédito de los Kirchner ante la opinión pública que le siguió, el gobierno de Cristina cambió drásticamente la estrategia hacia los medios aplicada por el de su marido: de una relación privilegiada con las grandes empresas del sector, para que colaboraran en el disciplinamiento del periodismo, se pasó al intento de debilitar a esas empresas para volverlas más dependientes de los recursos y el capricho oficial, y a la ampliación de una red de medios propia, conformada por órganos estatales y de empresarios adictos. Y fue precisamente por las contribuciones que Néstor Kirchner había hecho en años anteriores al fortalecimiento del grupo Clarín, que en la búsqueda de este nuevo objetivo el gobierno de su mujer debió recurrir al instrumento retroactivo: porque sólo así podría anular sus derechos adquiridos, como ser las licencias extendidas en el tiempo, la fusión de las proveedoras de cable y la integración de distintos servicios de comunicación. La ofensiva oficial a la postre fracasaría, tanto en desmembrar Clarín como en generar, con una enorme masa de recursos públicos, medios propios eficaces para comunicarse con la sociedad. Pero por de pronto le permitió politizar al extremo el rol de los medios y desacreditar la tarea del periodismo. Acomodando en alguna medida la escena pública a su estrategia de polarización. El mayor éxito en esta apuesta sería el festejo del Bicentenario, montado con el guión del relato oficial y acompañado por un fenomenal éxito de público, que aunque se explica más por el optimismo colectivo entonces reinante y la difusa disposición a participar del “reencuentro nacional” que por una masiva adhesión a las políticas oficiales, confirmó algo que la oposición parlamentaria estaba ya sufriendo en carne propia: el gobierno retenía la iniciativa y había alcanzado ya el monopolio del control del estado, y por tanto de las soluciones y beneficios que él distribuía, lo que le permitía aislar y fragmentar a los sectores de la sociedad que lo resistían.

4. El renacimiento de la popularidad de Cristina Kirchner a raíz de la muerte de su marido y de la rápida reactivación de la economía registrada entre 2010 y 2011 brindó los recursos y el margen de libertad necesarios para que se reeditara la polarización en un contexto de éxitos, y para que la misma se coronara con la amplia victoria de las listas oficiales en octubre de ese último año. Esto se expresó en una larga serie de decisiones, que tuvo inicio antes de las elecciones (con el control monopólico que ejerció la presidenta en la confección de esas listas de candidatos, tanto a nivel nacional como provincial y local), y se completó en los meses que les siguieron, combinando nuevamente radicalización política y económica: a la guerra emprendida contra aliados que conservaban recursos propios y cierto margen de autonomía (Scioli y Moyano principalmente) se sumó la descarga de los costos acumulados por las distorsiones económicas, en sectores mayormente representados por dichos actores u otros considerados prescindibles (vía el aumento de la presión tributaria, la reducción de las transferencias a las provincias y la introducción de nuevos y más arbitrarios controles sobre el comercio, el mercado cambiario y los subsidios). Con lo que el intervencionismo estatal evolucionó hacia un esquema más decididamente estatista y predatorio.

5. La reforma de la Justicia lanzada en marzo de 2013 constituye, hasta aquí, el último estadio del proceso de radicalización kirchnerista. En él vuelve a hacerse presente la disposición a fugar hacia delante y polarizar la escena política cuando surgen resistencias que no logra remover. Y es que la reforma en cuestión obedece, antes que nada, a dos derrotas sufridas por el gobierno en el curso de 2012: la de su intento de usar la ley de medios para desmembrar a Clarín, frenado en los tribunales, y la de su esfuerzo por eliminar a los aspirantes a la sucesión en el peronismo, para mantener a esta fuerza alineada y comprometerla en su proyecto de reformar la constitución y habilitar una nueva reelección. La regla de los 2/3 necesarios tanto para habilitar esta reforma en el Congreso, como para remover jueces en el Consejo de la Magistratura, fue el origen de ambas dificultades. De allí que las reformas de la Justicia planteadas apuntaran al doble objetivo de someter a los jueces a una mayoría simple, hoy y en el futuro inmediato al alcance del Ejecutivo, y a nacionalizar y polarizar la elección de medio término de octubre próximo, para neutralizar el pluralismo peronista y evitar que despunte en su seno cualquier alternativa a la continuidad del kirchnerismo en el poder. Es pronto para evaluar las consecuencias de esta apuesta, pero puede ya colegirse que, en caso de lograr su cometido en uno o ambos terrenos, se habrá dado un paso fundamental para convertir la precaria democracia argentina en un autoritarismo electivo.

Conclusiones

¿Fue la instauración de una “democracia popular” el objetivo desde un principio perseguido por el matrimonio Kirchner? Algunos rasgos del “modelo santacruceño” alientan a responder que sí, pero otros que no. Si repasamos la década transcurrida bajo su égida, bien podría decirse que el kirchnerismo pasó de iniciativas signadas por el coyunturalismo y la atención a demandas que no controlaban, como sucedió típicamente con la renovación de la Corte Suprema, o la continuidad dada inicialmente a la política económica de Lavagna, a apuestas cada vez más ideológicas y orientadas a promover un modelo político y económico radicalmente populista. Aunque también habría que decir que la mira siempre estuvo puesta por encima de todo en la máxima acumulación de poder en el vértice y la polarización del campo político.

Lo cierto es, en cualquier caso, que el populismo radical tardó tanto en madurar, que cuando finalmente encontró instrumentos y vías para avanzar, ya no contó con el tiempo ni el combustible de consenso y recursos económicos necesarios para llegar a destino. También habría que destacar que, fruto del extremadamente rígido método usado para gobernar, el kirchnerismo se acomodó mal a los cambios de coyuntura y los eventos imprevistos, y malgastó enormes cantidades de recursos, políticos, fiscales y de legitimidad, para obtener triunfos a veces parciales y efímeros, en ocasiones apenas para postergar problemas que a la corta o a la larga reemergieron agravados. Por ello, a diferencia del cardenal Richelieu, injustamente acusado a su muerte de haber hecho mal las cosas buenas y bien las cosas malas que se propuso, de los Kirchner lo que cabe decir es que, por fortuna, han hecho también bastante mal casi todo lo malo.


* Licenciado en Sociología y doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Nota publicada como Documento de trabajo CADAL Año XI Número 134 20 de mayo de 2013.

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