El juicio de la década K: ¿ganada o perdida? (Parte 1 de 2)

Por Marcos Novaro*

Introducción: una cuestión de método

martilloHacer un balance de los gobiernos kirchneristas a una década de iniciados es complejo, tanto por la variedad de aspectos a tener en cuenta como porque el kirchnerismo es un proceso en curso, y cómo y cuándo llegará a su fin es incierto. No menos incierto hoy probablemente que en cualquier momento pasado. Según cómo se resuelvan algunas decisivas cuestiones hoy en danza variará no sólo lo que está por venir, lo que el kirchnerismo será de aquí en más, sino también lo que fue y terminará siendo como etapa histórica. Por caso, si la radicalización en curso lograra sus metas, ¿no tendríamos acaso que releer todo lo que hasta aquí el kirchnerismo hizo y ofreció al país como prolegómeno de un cambio de régimen, como la secuencia de pasos, más o menos necesarios según los casos, para crear un autoritarismo electivo? Y contrario sensu, en caso de que esa radicalización se frustre y el gobierno de Cristina Kirchner reaccione razonablemente, moderando tanto su política económica como sus iniciativas institucionales, ¿no tendríamos que relativizar el peso que han tenido en estos años las ideas del populismo radical y su grito de guerra, el “vamos por todo”, y destacar en cambio el coyunturalismo y el oportunismo en la toma de decisiones gubernamentales? ¿No habrá que concluir, finalmente, que el kirchnerismo fue otro gobierno peronista más del ciclo democrático iniciado en 1983, con lo bueno y malo que eso pueda implicar, pero en todo caso más parecido al menemismo que al peronismo clásico o al chavismo?

Todo esto es probablemente cierto y nos alienta a mantener en alguna medida en suspenso el juicio sobre la década. Sin embargo, no impide plantear ya un balance crítico sobre lo que el kirchnerismo ha significado. Independientemente de si logra o no los objetivos que tiene entre manos. Y si reacciona de un modo u otro a ese éxito o fracaso. Dos ideas generales deben ser explicitadas para fundamentar este preliminar aunque no tan provisorio balance. En primer lugar, respecto a la pregunta sobre si pesó más en estos años un proyecto o el coyunturalismo gubernamental, la respuesta no debería buscarse optando entre una u otra alternativa, sino comprendiendo la centralidad que ha tenido la polarización como método y la afinidad electiva entre él y políticas cada vez más estatistas y concentradoras del poder. Ese método se desplegó en instrumentos escogidos circunstancialmente, pero encadenados según la lógica de la “profundización del modelo”. Es decir, se ejecutó “paso a paso”, montando un edificio que se elevó pieza por pieza, sin un plan maestro, aunque siguiendo una lógica que fue de menor a mayor, cerrando vías alternas y volviendo otras progresivamente inevitables.

Se entiende entonces que en el “modelo K” lo importante nunca haya sido un específico objetivo de política pública, tampoco un particular menú de reglas económicas o institucionales (el dólar alto, el desendeudamiento, las paritarias libres o la transversalidad electoral), sino el rol que se reservó para sí desde un comienzo y a todo lo largo del proceso el líder, acumulando poder y quitándoselo a los demás. Este método K, corazón del modelo, puede sintetizarse en una serie de máximas para la polarización y la apropiación: en primer lugar, asegurar la máxima libertad de maniobra y concentración de poder en manos del presidente; segundo, debilitar y dispersar las mediaciones institucionales y organizacionales, no sólo de los opositores sino también de los aliados, de modo de reducir al mínimo los espacios de la negociación; tercero, concentrar las soluciones en el estado central y la Presidencia y descargar los problemas en todos los demás actores; cuarto y último, asegurar la máxima lealtad y disciplina en el campo propio detrás de una causa que ha de ser lo más flexible posible, para movilizar un fanatismo inespecífico y por ello manipulable.

Este método fue madurando y fortaleciéndose a lo largo de la década. Aunque no siempre dio buenos resultados: a veces se enfrentó a resistencias que frustraron la polarización (el ejemplo más claro fue la crisis del campo, pero también merece contabilizar al respecto la persistente tensión entre el oficialismo y el peronismo), y en otras ocasiones en su instrumentación las necesidades de la coyuntura chocaron con la ideología (como sucedió, en un sentido, con la promoción de una Corte Suprema independiente, alimento en un principio para la popularidad presidencial, pero que se volvió con el tiempo un escollo cada vez más serio para los cambios institucionales que el oficialismo quiso imponer; y en un sentido inverso, con la renuncia a tomar deuda en los mercados, lo que proveyó un triunfo ideológico al modelo que luego, en un contexto de escasez, redundaría en costos y límites insuperables). En lo que sigue analizaremos algunos momentos críticos del kirchnerismo a la luz de estos dos tipos de problemas.

En segundo lugar, y también en relación a la pregunta por los límites de la radicalización que deja expuesta la tesis recién enunciada, hay planteado otro interesante debate en nuestros días que refiere a las causas de dicho proceso: para algunos observadores él obedece a una preferencia, que puede sintetizarse en la replicación del “modelo Santa Cruz”, o una ideología, el populismo radical; para otros fue el fruto inesperado, incluso para los propios actores, de la contingencia, más específicamente, de las dificultades que los gobiernos kirchneristas enfrentaron, y frente a las cuales “fugaron hacia delante”, “subiendo la apuesta”, es decir, radicalizándose a costa de sus preferencias iniciales. De lo que habría que concluir que, de no haber hallado esos obstáculos en su camino, un curso más moderado hubiera primado.

Contra esta suposición, el argumento que aquí expondremos parte de constatar que tanto los éxitos como los fracasos del kirchnerismo alimentaron su radicalización. Es decir, que en la medida en que sus líderes conquistaron mayores recursos y márgenes de libertad, los utilizaron para “profundizar el modelo”, esto es, su método de gobierno, no para moderarse, porque el propio método así lo determinó. Y cuando chocaron con inconvenientes o resistencias inesperadas hicieron otro tanto, elevando la apuesta en el supuesto de que sólo con una mayor dosis del mismo remedio lograrían superar esos escollos. Aunque no siempre lo lograron: fue frecuentemente en esas escaladas que el kirchnerismo consumió más recursos políticos, para lograr los más magros resultados.

La conclusión que de ello cabe extraer es que el más importante límite a la radicalización kirchnerista, el factor moderador de su experimento político ha sido, además de un ambiente ocasionalmente resistente, la rigidez de su manual de operaciones y su consecuente propensión al error. En suma, su torpeza. 

Éxitos y fracasos de los gobiernos kirchneristas

En la década que acaba de concluir la economía argentina creció a mayor ritmo que en casi todo el siglo anterior. La tasa de desempleo en el período cayó de más de 20% a menos de 7%. Y la tasa de pobreza, dato enturbiado por la manipulación estadística, pasó de algo así como 50 puntos a cerca de 25. Crecieron también significativamente la cobertura previsional, el gasto per cápita en salud y educación y la transferencia directa de recursos a los sectores más desfavorecidos de la sociedad. Todos esos datos alcanzan para explicar el éxito electoral que, salvo en 2009, acompañó al grupo gobernante.

¿Alcanza para definirlo y juzgarlo? Al mismo tiempo que todo eso sucedía, Argentina malgastó valiosas e irrepetibles oportunidades para convertir el crecimiento en desarrollo sustentable, los subsidios en mejor calidad de vida y oportunidades a largo plazo para los desventajados, y para fortalecer sus instituciones políticas. El rendimiento del gasto en salud y educación se deterioró y el sector público, gastando mucho más que antes, sorprendentemente ofrece hoy servicios de peor calidad que antes, sobre todo a los más pobres. Aún más posiciones se perdieron en la atracción de inversiones externas, mientras otros países de la región las incrementaban aceleradamente.

Para colmo, desde 2007 el país volvió a ser exportador de capitales, debido a la desconfianza creada por la inflación crónica, la manipulación de las estadísticas, la irresolución del default externo y la cada vez más arbitraria y extendida intervención del gobierno en la economía. No es de asombrarse por tanto que, desde entonces, el ineficiente sector público fuera por lejos el mayor generador de empleo.

¿Se puede hacer un balance sobre la base de lo que se hizo, lo que se desaprovechó y lo que se pudo haber hecho mejor? Ello nos condena al uso de argumentos contrafácticos difíciles de controlar. Puede ser más interesante y manejable en cambio el análisis histórico de las coyunturas en que se adoptaron decisiones críticas, el modo en que se procesaron y las consecuencias que tuvieron. Ensayaremos en la siguiente entrega esta vía, eligiendo cinco momentos críticos, que permiten explicar la progresiva radicalización kirchnerista y los resultados globales a los que arribó.


* Licenciado en Sociología y doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Nota publicada como Documento de trabajo CADAL Año XI Número 134 20 de mayo de 2013.

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2 Respuestas a “El juicio de la década K: ¿ganada o perdida? (Parte 1 de 2)

  1. Ramiro Negrete

    El Kirchnerismo tiene el aspecto de un partido politico pero sin plataforma. En otras palabras, fue y es una idea personal de su fundador destinado a la obtencion de poder sustentado en la apropiacion de dineros publicos, nada mas. No se puede encontrar un esqueleto organico de ideas politico-economicas; solo salpicaduras de medidas que responden a lo inmediato vacias de cuerpo organizado. Es teatral, impostado mediante discursos vacios de sustancia. Cuando esta se encuentra ausente queda solo la cascara, nada mas.

  2. Marcos Novaro

    Estimado Ramiro, mi argumento discute esa interpretación con el supuesto de que hay una afinidad electiva entre concentración de poder y personalismo extremo, de un lado, y lo que podríamos llamar un patrimonialismo predatorio, del otro; por eso se sostiene que la radicalización crea su propia necesidad y se va realimentando entre el plano político y el económico, saludos

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