La planificación en tiempos del Excel (Parte 2 de 2)

Por Andrés López*

[ver Parte 1]

Bailando en la oscuridad

urssLos problemas soviéticos, sin embargo, no pueden ser explicados únicamente por los argumentos de Hayek. Como también ha sido repetidamente señalado en la literatura sobre esa experiencia, la URSS enfrentó serios problemas en el plano tecnológico e innovativo, y de hecho se ha sugerido que su caída se dio en coincidencia con las dramáticas transformaciones acaecidas en Occidente al calor de la revolución informática y el fin del fordismo, para las cuáles el sistema de planificación central estaba particularmente mal preparado. Para entender el por qué de este fracaso vale la pena referirnos brevemente a los argumentos que expone Richard Nelson (uno de los fundadores del enfoque evolucionista) en otra contribución importante, Capitalism as an Engine of Progress:

“Technical advance inevitably proceeds through the generation of a variety of new departures in competition with each other and with the prevailing practice. The winners and losers are determined in an actual contest. However, evolutionary processes are inherently wasteful, and technical advance in capitalist economies is no exception. There are wastes of both commission and omission. Looking backwards one can see little of redundant inventive efforts that would have never been undertaken had there been overall monitoring … economies of scale and scope that might be achieved through R&D coordination tend to be missed, and certain kinds of R&D that would have high expected social value may not be done, because individual firms do not see it as profitable for them to do it”.

“But of course the key question is: what are the alternatives? … Various socialist scholars have observed the wastefulness of capitalism and proposed that a centrally planned and coordinated system, which treated technology as a public good, ought to be able to do better and generating and using new technology. The troubles socialist economies have been having with their innovation systems suggest that this is easier said than done … While in principle there are better ways to provide for this, the capitalist innovation engine does define one viable way of assuring multiple sources of initiative, with real competition among those who place their bet on different ideas”.

Aquí, lo importante es comprender que la innovación, como decía Schumpeter, es un mapa no cartografiado. Si bien, vista estáticamente o ex post, la competencia capitalista por innovar parece “dilapidadora”, ella permite, como dice Nelson, que surja una real disputa por desarrollar las mejores ideas y, de ese modo, contribuye decisivamente al crecimiento a largo plazo.

Este juego es claramente incompatible con la planificación central, al menos por cuatro razones: (a) en ese modelo nadie tiene ningún incentivo a desarrollar nuevas ideas, salvo que le ordenen hacerlo (o a menos que emerja el esperado “hombre nuevo”, quien innovaría espontáneamente para cumplir con su deber social); (b) una cosa es intentar desarrollar algo nuevo y otra, muy distinta, es lograrlo. En efecto, cumplir ciertas órdenes es muy difícil (por ejemplo, “invente una vacuna contra la malaria”), más difícil que cumplir una orden de producir algo conocido, ya que nadie puede predecir si una innovación es técnicamente factible o económicamente viable, ni los costos o tiempos que involucrará su desarrollo, ni su grado de aceptación por parte de los usuarios; (c) el planificador no tiene ninguna manera de saber si le está dando la orden al agente “correcto”, esto es, a quien tiene las mejores posibilidades para desarrollar la innovación “requerida” del modo más eficiente (incluso porque esas posibilidades también dependen parcialmente del azar, la visión de futuro y el aprendizaje en la práctica y no sólo de capacidades previas); (d) peor aún, la propia idea de innovación “requerida” es altamente cuestionable, ya que si bien en ocasiones hay necesidades ya identificadas que sabemos que requieren una solución nueva (la vacuna contra la malaria), las oportunidades tecnológicas se descubren en el propio proceso evolutivo de la economía y no pueden ser planeadas ex ante desde un escritorio ni mediante Delphis de expertos.

En consecuencia, hay una relación íntima entre la baja capacidad de innovación evidenciada en las economías socialistas y el hecho de que esas sociedades (con alguna excepción) suprimieron totalmente al mercado y pusieron en su lugar un sistema de comando y control. De hecho, podríamos poner patas para arriba la frase de Lange y decir que “el mercado tiene una función que el plan nunca puede cumplir”. Y no sólo por un problema de si existen o no incentivos a innovar, sino también porque la innovación es esencialmente no planificable.

Vistos los argumentos de nuestros dos autores, no nos resulta casual que el derrumbe económico de la URSS se haya debido, fundamentalmente, a las crecientes ineficiencias y rigidices generadas por el sistema de planificación, la débil capacidad de innovación de esa economía y su inevitable consecuencia en términos de obsolescencia tecnológica de su aparato productivo (con la excepción, hasta cierto punto, de las ramas en donde el complejo militar-espacial era el principal cliente). 

Rutas argentinas 

Antes de ver como andamos por casa, es importante agregar que, al presente, a los problemas señalados por Hayek y Nelson se agregan algunas complicaciones derivadas de la reciente transformación del sistema capitalista en términos de su organización productiva. Me refiero fundamentalmente a dos fenómenos:

a) La creciente relevancia del mundo de los servicios, y en particular de los servicios intensivos en conocimiento. Como es notorio, planificar la producción de intangibles es mucho más complejo que hacer lo propio en el mundo de los bienes (imaginemos a los planificadores soviéticos cerrando balances materiales en la industria del software en términos de líneas de código por ejemplo, seguramente el Excel nunca hubiera estado entre nosotros).

b) El proceso de fragmentación de las cadenas de valor a escala global, que genera una creciente interdependencia entre las economías en términos de las corrientes de comercio (y por cierto también de conocimiento e inversiones). En un mundo interconectado, donde las exportaciones tienen un creciente contenido importado, y donde las relaciones entre los nodos de las distintas cadenas de valor con frecuencia están sujetas a cambios rápidos, hacer planes a escala nacional conduciría a ineficiencias severas tanto estáticas como dinámicas.

Ahora bien, el lector se preguntará, cuál es la relación entre lo discutido hasta ahora y lo que ocurre en la Argentina al presente? Se me dirá, con muchísima razón, que el tipo de controles que se han puesto en marcha en los últimos tiempos en nuestro país distan muchísimo de tender a un sistema de planificación centralizada como el que existió en la URSS durante 60 años. No pretendo entonces trasladar linealmente la discusión precedente a la realidad local. Pero sí creo que, salvando las distancias, las breves reflexiones aquí esbozadas pueden ser útiles de cara al dilema de cómo resolver algunas cuestiones cruciales que hacen al futuro de nuestra economía.

Por ejemplo, probablemente somos muchos los economistas que pensamos que hacen falta políticas de desarrollo productivo que estimulen aquellas actividades y/o sectores que potencialmente puedan generar una contribución especial al crecimiento y que no alcanzan el nivel deseado por la existencia de diversos tipos de fallas de mercado o de coordinación o por otras razones (el ejemplo más obvio es el área de la innovación, donde de hecho se ha avanzado bastante en las últimas dos décadas en el país). Y todavía hay más consenso en la profesión acerca de la necesidad de vigilar y sancionar la existencia de conductas monopólicas en ciertos mercados (y tenemos una Comisión Nacional de Defensa de la Competencia que debería ser la encargada natural de esta tarea).

La cuestión es cómo atacar esos problemas. Por un lado emerge la opción, que parece tener el favor de algunos funcionarios influyentes en nuestro país, de centralizar la información, usar nuestras computadoras y ejercer un monitoreo casi diario, a fin de tomar decisiones que implican autorizar, restringir, condicionar o prohibir un amplio conjunto de actividades económicas. Esas mismas computadoras podrían ser usadas, en teoría, para planificar, a la Lange, las inversiones “necesarias” con miras a incrementar la tasa de crecimiento a largo plazo. Esta variante, llevada a su propia dinámica, implica que nos acercamos a la idea del mercado como mecanismo fatalmente defectuoso, ya que aquí no se apunta a resolver sus fallas sino a controlar cantidades y/o precios y definir los planes de acumulación de forma centralizada (en otras palabras, suponemos que las señales del mercado son por default incorrectas).

Por otro lado, aparece la alternativa, más estándar, aunque no por ello sencilla, de generar reglas de juego, políticas y marcos regulatorios que induzcan o muevan a los agentes económicos a adoptar conductas que se consideran deseables desde el punto de vista del bienestar general (y limitar las que se consideran poco deseables).

Insisto en que estoy lejos de creer que el mercado funciona de manera óptima y doy por sentado que toda economía capitalista es inevitablemente mixta y que el Estado tiene un gran campo de acción en diversos ámbitos. Tampoco niego la utilidad de las planillas de cálculo, las grandes bases de datos (e.g., probablemente sean útiles a la hora de decidir a quienes se les asignan planes sociales o subsidios al consumo de ciertos bienes y servicios) y los precios sombra (que pueden ser empleados para evaluaciones de proyectos por ejemplo) en muchas áreas de la política económica y social.

Lo que sugiero es que ciertos usos de la computadora pueden generar crecientes rigideces, complicar la integración del país en el proceso de fragmentación de las cadenas de valor y disminuir seriamente la capacidad de cambio y adaptación de nuestro sistema productivo. Además de introducir, en ausencia de un programa explícito que articule las decisiones de política que afectan las cantidades y precios transados en el mercado, un importante componente de imprevisibilidad que afecta particularmente a aquellas actividades económicas cuyos retornos se ven en el largo plazo (que son, no casualmente, las más relevantes para el crecimiento, como la acumulación de capital y la innovación). Peor aún, al presente hay mercados en donde la autoridad pretender controlar precios y cantidades, algo que es redundante o inconsistente (y esto lo sabían los soviéticos, quienes se concentraban en las cantidades y usaban precios de cuenta sin valor como señal para los agentes económicos). La desaceleración de la actividad económica evidenciada en tiempos recientes en Argentina no está desvinculada de estos fenómenos.

Más aún, desde mi punto de vista, si avanzáramos a mecanismos más sofisticados de planeación a largo plazo como los sugeridos por Lange, dudo mucho que consiguiéramos mejorar la eficiencia dinámica de nuestra economía, más aún considerando que el ritmo de cambio e innovación es bastante más rápido que en la época en que se debatía sobre la planificación socialista y que también es mucho más compleja la forma en que se organiza la producción. La propia idea de, por ejemplo, fijar tasas de ganancia “razonables” en función de estructuras de costos implica no entender que la competencia es un mecanismo selectivo poderoso en donde distintos agentes ganan más o menos dinero en función de su eficiencia, su calidad, sus capacidades innovativas, etc., tal como bien lo entendían Marx y Engels en el mencionado Manifiesto Comunista o Schumpeter en Capitalismo, Socialismo yo Democracia. Y es éste el motor dinámico del capitalismo. Si en las economías realmente existentes no siempre emerge ese tipo de competencia, tenemos que buscar las causas en un complejo conjunto de factores que, finalmente, nos remiten al problema, irresuelto, de por qué hay naciones desarrolladas y otras que siguen en distintos niveles de subdesarrollo.

En suma, computadoras más potentes y programas de software más complejos no hubieran resuelto los problemas soviéticos en el plano de la producción y la innovación, ya que el problema era el plan en sí, con sus ineficiencias estáticas y dinámicas. Y temo que tampoco resolverán los que hoy existen en la Argentina. Entre otras cosas porque la información que podrían procesar corresponde, de manera incompleta y muy agregada, al pasado, mientras que lo que nos interesa desde el punto de vista del crecimiento es la velocidad del cambio y la capacidad de innovar; las oportunidades futuras no figuran en ninguna base de datos. Y porque el Excel y las computadoras no van a resolver tampoco el problema de incentivos, a menos que viremos progresivamente a una economía de comando y control y se expanda el uso de las órdenes como mecanismo asignativo (con todas las ineficiencias que bien sabemos tiene ese sistema a partir de la experiencia soviética). A mayor preocupación, tal sociedad podría poner legítimamente en su bandera el lema “vigilar y castigar”, que bien caracteriza a las experiencias de planificación que hemos conocido históricamente.

Es hora entonces de discutir los límites y las interacciones entre Estado y mercado y entre centralización y descentralización, así como las divergencias entre costos y beneficios sociales y privados, desde perspectivas más amplias que las predominantes en el país en las últimas décadas. Si ningún país se ha desarrollado en base al Consenso de Washington tampoco hemos visto éxitos duraderos en base a sistemas rígidos de control y planeación de la economía. Hay que salir entonces de la ideología y el cortoplacismo para encarar los enormes desafíos que aún tiene nuestro país en base a discusiones analíticamente sólidas y evidencia empírica confiable. Quizás algún día logremos transitar esas poco exploradas rutas argentinas y llegar, con suerte, hasta el esquivo fin del desarrollo.

Referencias

Barone, E., “Il Ministro della Produzione nello Stato Collettivista”, Giornale degli Economisti, 2, Sept/Oct, 1908.

Hayek, F., “The Use of Knowledge in Society”, American Economic Review, XXXV, N° 4, Septiembre, 1945, pp. 519-30.

Keynes, J M., The General Theory of Employment, Interest and Money, Macmillan Cambridge University Press, 1936.

Lange, O., “The Computer and the Market”, en C. H. Feinstein (ed.), Socialism, Capitalism and Economic Growth, Cambridge University Press, 1967.

Marx, K. y F. Engels, Manifiesto Comunista, 1848 (http://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/48-manif.htm).

Nelson, R., “Capitalism as an engine of progress”, Research Policy, Vol. 19, Nº 3, 1990, pp 193-214.

Nove, A., La economía del socialismo factible, Siglo XXI, México, 1987.

Schumpeter, J., Capitalism, Socialism and Democracy, Harper and Brother, New York, 1942.


* CENIT-UBA.

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