La planificación en tiempos del Excel (Parte 1 de 2)

Por Andrés López*

mark1En los últimos años se ha difundido extensamente en la Argentina la idea de que un Estado “fuerte” es fundamental para un correcto desenvolvimiento de la economía. Se sugiere así que el mercado, dejado a su propio accionar, no logra alcanzar alguno o ninguno de un conjunto de objetivos de política que se asumen como deseables a nivel social.

En rigor, la idea de que el mercado “falla” en una o más dimensiones y que no puede funcionar en ausencia de un soporte institucional expresado en una serie de regulaciones y leyes emanadas del Estado será seguramente compartida, en mayor o menor medida, y con distintos argumentos, por una abrumadora mayoría de los economistas. Casi todos los grandes nombres de la historia del pensamiento económico estarían de acuerdo con esta afirmación, desde John Stuart Mill a Leon Walras, Alfred Marshall o John Maynard Keynes. Incluso Adam Smith, quien trató de mostrar, pioneramente, que el mercado podía coordinar de manera eficiente las acciones de agentes descentralizados, le asignaba un rol al gobierno más allá de seguridad, justicia y defensa e incluía entre sus funciones la de contribuir a la provisión de ciertos bienes tales como educación o infraestructura o establecer regulaciones financieras prudenciales.

Pero afirmar que el mercado no es perfecto ni omnipotente y que hay un campo de acción legítimo y fundamental para el Estado no abre, necesariamente, la puerta para cualquier tipo de intervención de política pública. Por ejemplo, Keynes defendía la posibilidad de hacer política fiscal expansiva en períodos de recesión y abogaba por un control bastante férreo de los niveles de ahorro e inversión. Sin embargo, en el capítulo final de su Teoría General afirmaba:

“To put the point concretely, I see no reason to suppose that the existing system seriously misemploys the factors of production which are in use. There are, of course, errors of foresight; but these would not be avoided by centralising decisions …. It is in determining the volume, not the direction, of actual employment that the existing system has broken down”.

Por cierto, hoy podríamos “refutar” a Keynes señalando que existen fallas de mercado que hacen que una asignación de recursos basada en decisiones de agentes privados pueda no ser eficiente desde un punto de vista estático y/o dinámico. Pero esto nos remite a argumentos bastante definidos que se vinculan con conceptos tales como externalidades, fallas de coordinación, mercados incompletos, información asimétrica, prácticas monopólicas, etc. y que conducen a soluciones de política que no eliminan el mercado sino que, en teoría, deberían corregir los problemas que impiden lograr mejores asignaciones desde el punto de vista social.

En esta breve nota queremos subrayar que en lo que Keynes sigue teniendo razón es que la centralización de decisiones no va a resolver los problemas asignativos mejor que el mercado, aún cuando hoy tengamos herramientas informáticas impensables en 1936 e inexistentes en la sociedad que emprendió el mayor experimento de planificación central de la historia, la Unión Soviética. Y también, de paso, sugeriremos que el uso de esas herramientas informáticas modernas aplicado a ciertos campos de la política económica argentina del presente puede ser peligroso por sus efectos tanto a corto como a mediano y largo plazo. 

HAL 9000 al rescate del plan 

Entre los grandes economistas de la historia, es sólo Marx quien plantea que el mercado es un mecanismo fatalmente defectuoso, tanto por su incapacidad de asegurar pleno empleo y crecimiento estable, como por la “anarquía” asignativa que inevitablemente genera su existencia (esto pese a las odas al capitalismo como motor de la innovación y el crecimiento del Manifiesto Comunista). De aquí surgiría entonces la necesidad de un “plan” que reemplace las decisiones descentralizadas de agentes privados por las decisiones centralizadas de un cuerpo especializado de funcionarios cuya función objetivo está dada por las metas fijadas por la dirección política de la sociedad (como se forja y qué preferencias representa esa dirección política es otro cantar, nada menor, pero no es el tema que queremos discutir aquí).

Sin embargo, más allá de alguna reflexión aislada (como la de Barone, en 1908, quien sugería que el plan óptimo debía basarse en un sistema de ecuaciones walrasianas, idea luego seguida por otros economistas como Oskar Lange, quien en los ’30 propuso diversas variantes del “socialismo de mercado” que incluían el uso de precios), cuando los bolcheviques toman el poder en 1917 nadie tenía demasiada idea acerca de cómo diseñar un plan centralizado. Luego de diversas propuestas, debates y experimentos (fructíferos, por cierto, dado que, por ejemplo, la matriz insumo-producto –Leontieff- y la programación lineal –Kantórovich- son hijas de esa época), la solución adoptada fue planificar por cantidades, y construir lo que se dio en llamar una economía de “comando y control”. Prácticamente toda la producción del país se decidía en las oficinas del Comité de Planificación (Gosplan), quien recibía los datos sobre capacidades instaladas y requerimientos de insumos de las empresas, para luego informarles (ordenarles) a estas últimas sus respectivas metas de producción.

Los debates sobre la naturaleza y resultados de esta experiencia son demasiado vastos para intentar siquiera resumirlos brevemente aquí. Digamos apenas que, aún dentro de la propia URSS, a partir de fines de los años ’50 hubo una progresiva toma de conciencia acerca de las dificultades y límites de la planificación centralizada. Estos incluyen problemas de incentivos (en particular desde el punto de vista de la eficiencia, la calidad y la innovación), de información (por la necesidad de simplificar lo complejo para hacer manejable el procesamiento de un conjunto enorme de datos correspondientes a bienes y servicios altamente heterogéneos y por la dificultad que genera prescindir de los precios a la hora de estimar tasas de retorno y costos de oportunidad) y de coordinación (por la inexistencia de canales horizontales de intercambio entre compradores y vendedores).

Una cuestión repetidamente señalada en los debates sobre el tema se vinculaba con la imposibilidad de procesar el conjunto de información necesaria para diseñar un plan eficiente desde el punto de vista asignativo. Alec Nove, en su Economía del Socialismo Factible, estimaba que en los años ’80 había alrededor de 12 millones de productos diferentes en la URSS (y solo 48 mil posiciones de planificación), y que si se hubiera querido hacer un plan exacto y plenamente integrado en términos insumo-producto sólo para Ucrania, toda la población del mundo habría tenido que trabajar durante 10 millones de años (ya que se trataba de planes anuales, luego de descansar un año la humanidad pasaría los siguientes 10 millones haciendo el segundo plan y así sucesivamente).

Pero hoy tenemos una gran ventaja sobre los esforzados funcionarios soviéticos que desarrollaban las iteraciones que permitían “cerrar” los balances materiales de modo de que la oferta y la demanda de cada bien coincidiera (en realidad, ese cierre distaba de ser perfecto, no sólo porque en los bienes de consumo el ajuste lo hacían las colas y el racionamiento, sino porque eran frecuentes los desajustes de calidad, especificaciones y plazos aún en las transacciones entre productores, lo cual llevó al surgimiento de unos oportunos intermediarios, los tolkachi, quienes a cambio de algún dinero u otros favores “resolvían” esos desajustes y de ese modo permitían que el sistema productivo siguiera andando).

¿Cuál es esa ventaja? La revolución de las computadoras. Computadoras cuya capacidad de almacenamiento y procesamiento de la información crece día a día y que permiten usar programas cada vez más sofisticados y eficientes. El sueño de poseer, en tiempo real, y poder procesar, en lapsos muy cortos, toda la información relevante para planificar “racionalmente” la evolución de una economía parece entonces estar al alcance de la mano (aún cuando, en contrapartida, seguramente tenemos muchos más que 12 millones de productos –y servicios!- en las sociedades modernas).

De hecho, la idea de que la computadora puede reemplazar al mercado fue expresada mucho antes de que se inventara el Excel: “Let us put the simultaneous equations on an electronic computer and we shall obtain the solution in less than a second. The market process with its cumbersome tatonnements appears old-fashioned. Indeed, it may be considered as a computing device of the pre-electronic age” (Oskar Lange, “The Computer and the Market“). Más aún, Lange creía que la computadora podía reemplazar con ventaja al mercado no sólo en términos de eficiencia estática, sino también en el plano dinámico: “After setting up an objective function (for instance, maximizing the increase of national income over a certain period) and certain constraints, future shadow prices can be calculated … Mathematical programming assisted by electronic computers becomes the fundamental instrument of long-term economic planning … Here, the electronic computer does not replace the market. It fulfils a function which the market never was able to perform.”

Si Lange pensaba esto en 1967 (abandonando sus viejas ideas a favor del socialismo de mercado), y considerando que las computadoras más poderosas de la época serían vistas al presente como aparatos de la Edad de Piedra, cuanta más razón podrían tener hoy quienes creen que un Estado dotado de información completa, equipamiento moderno y poderosos programas de software puede no sólo asignar estáticamente recursos mejor que el mercado, sino también planificar las inversiones necesarias para lograr un crecimiento óptimo en el largo plazo. 

El futuro ya no es lo que era 

Mucho me temo, sin embargo, que quienes tienen ese sueño no entienden demasiado bien ni para qué sirve un mercado ni cuál es la función de la competencia y subestiman la dificultad que implica planificar para el largo plazo en un sistema caracterizado por el cambio permanente y la incertidumbre.

Naturalmente, aquí tenemos que referirnos a Friedrich Von Hayek, quien en los ’30 polemizó con Lange y otros autores en torno al problema del cálculo económico en el socialismo. Y quiero citar algunos párrafos de su célebre artículo The Use of Knowledge in Society, el cuál ciertamente debería ser de lectura obligatoria para todo economista. Dice Hayek:

If we possess all the relevant information, if we can start out from a given system of preferences, and if we command complete knowledge of available means, the problem which remains is purely one of logic”. El problema es que esa información no está en manos de nadie ya que “the knowledge of the circumstances of which we must make use never exists in concentrated or integrated form but solely as the dispersed bits of incomplete and frequently contradictory knowledge which all the separate individuals possess”.

Tanto las preferencias como los gustos no están dados ex ante, sino que son descubiertos o creados durante el proceso económico: “We need to remember only how much we have to learn in any occupation after we have completed our theoretical training, how big a part of our working life we spend learning particular jobs, and how valuable an asset in all walks of life is knowledge of people, of local conditions, and of special circumstances.”

Más aún, la imposibilidad de un plan centralizado eficiente se deriva de que “the economic problems arise always and only in consequence of change. So long as things continue as before, or at least as they were expected to, there arise no new problems requiring a decision, no need to form a new plan“. Por lo tanto, los precios sombra no necesariamente son buenas guías para planificar inversiones de largo plazo, a menos que el mundo de mañana sea igual que el de ayer.

Un plan central no sólo subestima la incertidumbre intrínseca a todo proceso de cambio económico evolutivo, sino también el conocimiento de circunstancias de tiempo y lugar que es imposible recolectar y procesar centralizadamente, pero que es crucial para que la economía funcione fluidamente y pueda adaptarse con rapidez a nuevas realidades: “The statistics which such a central authority would have to use would have to be arrived at precisely by abstracting from minor differences between the things, by lumping together, as resources of one kind, items which differ as regards location, quality, and other particulars, in a way which may be very significant for the specific decision … If we can agree that the economic problem of society is mainly one of rapid adaptation to changes in the particular circumstances of time and place, it would seem to follow that the ultimate decisions must be left to the people who are familiar with these circumstances, who know directly of the relevant changes and of the resources immediately available to meet them.”

Una diferencia fundamental entre Hayek y Lange (y entre Hayek, un notorio heterodoxo por supuesto, y muchos economistas neoclásicos) es que para el autor austríaco el mercado y la competencia son procesos, y no mecanismos (Lange en su artículo habla del mercado con un “servomecanismo”) o estados de cosas (dados por un conjunto de supuestos en términos de número de agentes, disponibilidad de información, etc.). Y son procesos en los cuales los agentes comparten y descubren información y conocimiento de manera eficiente y poco costosa vis a vis sistemas donde los flujos de información circulan de manera vertical y centralizada.

Estoy muy lejos de compartir con Hayek la fe en que todo resultado que emerge de un juego de mercado es el mejor posible. Pero creo que tiene una mejor comprensión de la naturaleza y funciones de fenómenos tales como el mercado y la competencia que muchos de sus colegas, y que su tratamiento del rol del conocimiento en la economía es extraordinariamente iluminador.

Referencias

Barone, E., “Il Ministro della Produzione nello Stato Collettivista”, Giornale degli Economisti, 2, Sept/Oct, 1908.

Hayek, F., “The Use of Knowledge in Society”, American Economic Review, XXXV, N° 4, Septiembre, 1945, pp. 519-30.

Keynes, J M., The General Theory of Employment, Interest and Money, Macmillan Cambridge University Press, 1936.

Lange, O., “The Computer and the Market”, en C. H. Feinstein (ed.), Socialism, Capitalism and Economic Growth, Cambridge University Press, 1967.

Marx, K. y F. Engels, Manifiesto Comunista, 1848 (http://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/48-manif.htm).

Nelson, R., “Capitalism as an engine of progress”, Research Policy, Vol. 19, Nº 3, 1990, pp 193-214.

Nove, A., La economía del socialismo factible, Siglo XXI, México, 1987.

Schumpeter, J., Capitalism, Socialism and Democracy, Harper and Brother, New York, 1942.


* CENIT-UBA.

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4 Respuestas a “La planificación en tiempos del Excel (Parte 1 de 2)

  1. Fernando Ojeda

    Estimado Andrés López.
    Creo que en tu análisis estás mezclando dos temas en discusión y llegando a una conclusión parcialmente cierta y equivocada a la vez. El principal valor que brindan las Tecnologías de Información hoy no solo están relacionadas a la capacidad de procesamiento, que es el punto que vos tocás, sino también a la descentralización de la carga y la consulta de información. Eso que hace vivir a las redes sociales.
    Si lo que buscabas destacar es que una planificación centralizada al estilo de la URSS no es deseable creo que parcialmente lo lograste. En realidad depende del grado de centralismo en la toma de decisiones. De todos modos lo que me importa remarcar es que lo que citabas de Hayek “If we possess all the relevant information, if we can start out from a given system of preferences, and if we command complete knowledge of available means, the problem which remains is purely one of logic … the knowledge of the circumstances of which we must make use never exists in concentrated or integrated form but solely as the dispersed bits of incomplete and frequently contradictory knowledge which all the separate individuals possess” hoy es completamente falso. Es perfectamente viable realizar mapas dinámicos de industrias donde se relacionen proveedores y compradores a distintos niveles de la industria (una mezcla de matriz insumo producto con linkedin) que pemitan explicitar los lugares del tejido industrial que presenten huecos o deficiencias en el servicio y orientando los esfuerzos de inversión (pública o privada) hacia ellos, eliminando o reduciendo drásticamente las “contradicciones” y los “huecos de información del mercado. De hecho tuve la posibilidad de ver un mapeo de este estilo realizado por la Cámara de la Construcción Argentina al que solo le faltaba “socializarse”. Esta práctica se reflejaría en mercados más eficientes y en la necesidad de analizar incluso si es esta la forma obligada de hacer coincidir oferta y demanda.

    • Estimado Fernando
      Gracias por el comentario. No tengo ninguna duda acerca de las ventajas de las computadoras en cuanto a su capacidad de mejorar el funcionamiento de ciertos mercados y hacer un mejor matching de la oferta y la demanda (sin ir más lejos, el mercado turístico se ha revolucionado gracias a Trip Advisor, Booking y similares). Lo que trato de argumentar (la nota tiene una segunda parte) es que la centralización de decisiones es negativa, con computadoras o sin ellas, ya que atenta contra la eficiencia dinámica y la estática. Esto no significa que los gobiernos no puedan ayudar a desarrollar herramientas informáticas para mejorar la operatoria de algunos mercados, o emplear las computadoras para mejorar su capacidad de previsión, o para mejorar la toma de decisiones en diversas áreas de política económica. Hoy tenemos mucha más capacidad de generar, almacenar y procesar información que en el pasado. Eso es muy útil, pero no para asignar recursos centralizadamente, por las razones que trato de exponer en la nota.

  2. deja vu a la clase Historia del Pensamiento Económico que tuve con usted. “time and place knowledge” que uno nunca va a poder centralizar ni predecir.

  3. Muy bueno, Andrés!

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