¿Qué aprendimos de las crisis? Crítica del pensamiento crítico

Por Eduardo Levy Yeyati *

En Las partículas elementales, Michel Hoellebeq le hace decir a uno de sus personajes que el conocimiento científico no avanza de manera continua sino espasmódica. Se refiere, claro, a las ciencias duras; en su caso, a la ruptura o aparente contradicción entre la mecánica newtoniana, la relatividad y la física cuántica. El concepto estaría ligado a la teoría de los cambios de paradigmas de Thomas Kuhn o, más coloquialmente, a expresiones como abrir la cabeza o romper moldes.

Nada mejor que una crisis para despertar esta tentación rupturista en las ciencias sociales. Lo vimos y vivimos de cerca. En 2002, Argentina fue objeto de culto de la afiebrada imaginación fundacional de expertos y comentaristas. Invocaciones a la dolarización total y a la eliminación de los bancos nacionales, propuestas (¿antinómicas?) de estatizaciones masivas y de reemplazo de la clase política por una suerte de gobierno asambleario, invitaciones a montar en el país un protectorado bajo el mando de burócratas internacionales al estilo de la Alemania de posguerra. Cualquier idea parecía factible si se cometía el error de percibir la crisis como el preámbulo del fin de una época, del inicio del futuro.

Doce meses más tarde, el futuro se parecía bastante al pasado, mejorado en los márgenes por un aprendizaje más modesto y eficaz. Sobrevivieron la democracia representativa, el sistema bancario nacional, la moneda, la actividad privada; se evitaron el endeudamiento en moneda extranjera, el déficit fiscal insostenible, la apreciación, la apertura indiscriminada y disfuncional.

El descalabro financiero mundial reedita ahora esta crítica holística a escala global. “Los progresistas tenemos que tirar a la basura el paradigma neoliberal y reemplazarlo”, sugirió Thomas Palley, ex funcionario de la central sindical estadounidense AFL-CIO, en las últimas jornadas de nuestro Banco Central. (Palley no especificó con qué lo reemplazaría. Como muchos críticos, suele ser menos preciso a la hora de las propuestas. Como muchos heterodoxos convencionales, es fuertemente proteccionista: en una carta a Obama posteada en su blog personal pedía castigos económicos para los países con políticas de dólar alto –como Argentina hasta hace unos años.)

Pero las penurias del primer mundo no remiten al paradigma neoliberal –en rigor, un invento de políticos conservadores y seudoeconomistas ochentistas al que hoy, aprendizaje mediante, pocos suscriben. Tampoco son la prueba del fin del capitalismo –ni el reconocimiento de virtudes propias, como insinúan algunos funcionarios e intelectuales públicos argentinos. Son, en el mejor de los casos, señales de alarma que exigen revisar los manuales, no tirarlos a la basura.

La decadencia del imperio americano

El sueño electrográfico, texto del filósofo inglés John Gray que acompañó la muestra Bye Bye American Pie en el MALBA, describe así la coyuntura estadounidense en los albores de la Gran Recesión del 2009: “un sistema donde la clase media dejó de existir y la mayoría de la gente subsiste a la sombra del trabajo precarizado, las industrias ilegales, la distribución de drogas, el comercio del sexo y las ventas de segunda mano—una plantación postmoderna donde la generación de relaciones de servidumbre a través del endeudamiento podía verse en cada esquina.”

El sueño de Gray, sin embargo, no es electrográfico. Remite menos al Hola América de J. G. Ballard (novela de la que toma prestado el título) que al pulp del John Carpenter de Escape de Nueva York. No es casual, de hecho, que ambas obras sean de 1981: el diagnóstico sobre la decadencia del imperio americano fue moda en los neoliberales 80s de Reagan y Thatcher. De ahí, tal vez, la agradable resonancia retro del texto de Gray y de la muestra del MALBA.

El autodenominado pensamiento crítico, revigorizado por la crisis financiera, desdeña la evidencia empírica, siempre sospechosa o potencialmente sesgada por el sistema. Los datos no son; se construyen. Sin la evidencia, incómoda piedra en el zapato crítico, es más fácil tejer argumentos contundentes.

Dice Gray: “según ciertas estimaciones, la desigualdad en Estados Unidos a principios del nuevo milenio podría ser mayor a la de la economía esclavista de la Roma imperial en el siglo II. […]La infraestructura se pudre, mientras la población se descapacita progresivamente. […]No sólo en relación a las economías emergentes sino en términos absolutos, Estados Unidos se enfrenta a un futuro de decadencia.”

El sustento económico de esta lógica irreductible es arbitrario. “El capitalismo chino carece de las característica que generaciones de neoliberales juzgaron necesarias para el crecimiento sostenido, como la moral individualista…Brasil se encuentra en medio de una transformación extraordinaria…Alemania—con un modelo de capitalismo muy diferente —emerge como la economía avanzada más exitosa.” ¿Un capitalismo chino basado en la privatización del capital y la rentabilidad empresaria (suerte de revolución cultural industrialista), un capitalismo alemán basado en el sobreendeudamiento y el sobreconsumo de la periferia europea, y un contracapitalismo brasilero como respuestas al agonizante capitalismo financiero americano?

En todo caso, tras cuatro años de crisis, el futuro vuelve a parecerse bastante al pasado. Estados Unidos crece per cápita tanto como Brasil, mientras China trata de enfriar su motor recalentado y Europa se enfrenta al abismo.

Anna Karenina

Pero entonces, ¿aquí no ha pasado nada? ¿No hay lecciones de la crisis? Por el contrario, las hay como para escribir varios libros, aunque ninguno con el potencial literario del distopismo de Gray.

La crisis americana puede atribuirse esencialmente a cuatro factores: la complacencia de la Reserva Federal que mantuvo tasas bajas en años de crecimiento alto bajo el retrospectivamente irónico pretexto de la Gran Moderación; la codicia financiera que tomó riesgos excesivos buscando rendimientos en años de tasas bajas y crecimiento alto; la negligencia regulatoria que subestimó la codicia financiera y, por último, el oportunismo político que negó la evidencia para no aguar la fiesta popular. La crisis europea puede atribuirse a los mismos factores –más la ilusión de que España y Alemania eran parte de una misma unión monetaria.

“Todas las familias felices se parecen; las familias infelices son infelices a su manera.” Parafraseando el comienzo de la novela de Tolstoi, el principio de Anna Karenina popularizado por Jared Diamond en su Armas, gérmenes y acero, sostiene que el éxito de una empresa implica presencia de una combinación de factores. La Gran Recesión es un ejemplo de este principio, con el signo cambiado: el fracaso no podría haberse producido sin la presencia de todos los factores mencionados.

¿Lecciones? Simplificando, con la crisis aprendimos, por ejemplo, a tomar más en serio cosas que antes desdeñábamos: el riesgo sistémico, las burbujas financieras e inmobiliarias, el eterno retorno del ciclo económico. Y a cuestionar lo que dábamos por sentado: la capacidad de los mercados financieros para autorregularse, la capacidad del regulador para disciplinarlos a distancia, la necesidad de actuar tempranamente, incluso de sobreactuar, a fin de evitar la injusta socialización de los costos.

También aprendimos (nosotros, los observadores del mundo en desarrollo, perplejos testigos del naufragio) las bondades de un estado solvente, la importancia del ahorro en la bonanza y del gasto en la escasez.

Por último, nos enteramos de que el mundo no era tan estable ni crecía tanto como parecía a mediados de los años 2000. Tampoco nosotros: la década latinoamericana (y las tasas chinas) tendrán que esperar.

Aprendizaje

Mal que le pese a Hoellebeq (o a su personaje), el saber económico asociado a las políticas públicas, ese que no puede darse el lujo de experimentar con el bienestar de la población, avanza de modo gradual, acumulativo. Cambia con el contexto, vuelve sobre sus pasos, aprende.

En los momentos de crisis es seducido por el facilismo fundacional: si nuestros modelos no pudieron prevenir que la crisis pusiera en jaque al sistema, a la hoguera con los modelos y el sistema. Pero esta postura presume la existencia de una construcción alternativa que nunca termina de definir claramente más que como el negativo de la actual.

Además pasa por alto que la realidad suele ser poco académica: no refleja errores analíticos sino influencias más pedestres. Las crisis (la nuestra, la global, las otras) fueron siempre advertidas a tiempo e ignoradas por intereses sectoriales, políticos o personales. Por eso hay quienes incluso ven en las crisis una suerte de darwinismo express que limpia la hierba mala y precipita reformas y recambios. De eso se trataría, después de todo, el aprendizaje: una puesta a punto de los instrumentos de análisis, un service a la maquinaria de prevención, hasta la próxima crisis.

Como el tramo descendente de una montaña rusa, las crisis prometen catástrofes irremediables y revoluciones intelectuales que nunca acaban de materializarse. El saber económico (si acaso existe tal cosa) no se nutre de saltos cualitativos, visiones apocalípticas y epifanías antisistema sino de la articulación práctica de saberes previos. El resto es literatura.


* Versión extendida del artículo publicado en el diario La Nación.

Anuncios

5 Respuestas a “¿Qué aprendimos de las crisis? Crítica del pensamiento crítico

  1. Pingback: ¿Qué aprendimos de las crisis? Crítica del pensamiento crítico … « Katby@n

  2. Excelente nota Eduardo. coincido 100%. es como si porque un medico no logra curarte con lo mejorcito q se sabe de medicina, la respuesta fuera dedicarse a la joda, el alcohol y el pucho como terapia alternativa y ya que estamos cagar a palos al medico

  3. Matías Vernengo

    Che Palley tiene dos libros donde dice bien claro que pondría en el lugar (http://www.cambridge.org/gb/knowledge/isbn/item6821687/?site_locale=en_GB). Paren de repetir esas tonterías sobre los críticos sin alternativas. Hay que leer más. Sobre lo que aprendió el mainstream y porque necesitan leer a los heterodoxos te aconsejo este post http://triplecrisis.com/up-to-speed/

  4. Pingback: ¿Qué aprendimos de las crisis? Crítica del pensamiento crítico … « news ALFA

  5. Estimado Eduardo,
    Muy buena nota, aleccionadora por cierto.
    Me tomo el ameno atrevimiento de realizar una convergencia con su exposición y, por otro lado, espero más constructivo, una divergencia en búsqueda de levantar la cosecha que la historia nos brinda pero que aún, a mi parecer, en muchos casos no se toma nota o es contaminada por intereses que van en contra, mentados o no para esto, de las lecciones de los sucesos provistos por esa disciplina.
    Con respecto a la convergencia, aludo a los factores que explican la crisis de EE.UU. y también comulgo en analizar algunos de esos factores en las crisis pos “experimentos del cono sur´´(como diría L. Taylor). En este sentido, el cierto carácter acomodante de la política económica en el boom ha mostrado ser, notoriamente, un arma de doble filo. En la estabilidad disfrutamos del gran crecimiento sin notar o, hechar a menos, las fragilidades patrimoniales (à la Minsky) que se esconcen en uno de los lados de la cortante. Más temprano que tarde (depende de las economías y el contexto en la cual están emergidas), el filo del reverso corta el ciclo influyendo también en las expectativas de todos los agentes y haciendo que se hudan más las economías en ese pozo financiero y depresivo que conocemos, no por el sistema mismo sino por una regulación difícil de aplicar tanto en términos operativos como en lo que a interés subyacentes se trate. Entonces, ¿podemos inferir que la sociedad está formada por individuos dominados por los frutos del corto plazo?. Complicado nuevamente…. pero la evidencia empírica y la historia misma de los relatos, me hace pensar en el afirmativo.
    Del lado de la divergencia, me generan ciertas dudas la causalidad del aprendizaje y la relación con las dinámicas macroeconómicas.
    Si tenemos que observar las turbulencias, es necesario ir hacia las profundidades, es decir, abordar la micro. Para esto, propongo ver las decisiones de los agentes principales de las economías como los grandes generadores de ciclos. Numerosos trabajos, que amalgaman neurociencias y economía, abordan a los juicios decisorios de las personas como acciones indisociables de la cognición, la emoción y el contexto en el cual están inmersos como también las heurísticas generadas por los acontecimientos históricos (Droit-Volet y Gil (2011), Kahneman y Tversky (1974), y Kahneman (2011)).
    Dicho esto, los últimos 30 años de historia nos han mostrado que los componentes: emoción y contexto, no son despreciables y, creo, que están por encima de los supuestos de racionalidad y eficiencia puestos como los principales factores del funcionamiento de los mercados (tan solo ir a los dircursos y papers de finales del siglo pasado y principios del corriente.
    Diríamos que el arguemento a favor de éstos dos últimos preceptos, tan utilizados (quizás es lo que había y es lo que hay), van a contra mano de lo que los individuos viven; Contra Natura de Huysmans sería un buen título.
    Finalmente, las lecciones están en las obras ya escritas y en la historia que formamos día a día.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s