Hoy pagan Ganancias más personas que con la tablita de 2001

Por Jose Luis Machinea*

El objetivo de este artículo no es hacer revisionismo histórico. Se trata de entender por qué, una vez eliminada la “Tablita Machinea”, que parecía la única explicación del pago del impuesto a las ganancias de miles de argentinos, ahora se paga más que antes.

A fines de 1999, apremiados por un elevado déficit fiscal y las dificultades para acceder al financiamiento externo, propusimos una serie de medidas tendientes a reducir gastos y aumentar los ingresos fiscales. Debido a la negativa del Congreso a eliminar ciertos subsidios, el paquete fiscal incluyó un aumento de impuestos superior al propuesto inicialmente.

En un intento de hacer más progresiva la recaudación, revirtiendo la tendencia de la década previa en la que se había incrementado el IVA del 13% al 21%, se propuso aumentar el impuesto a las ganancias, como se lo conoce en Argentina, aunque sería más razonable llamarlo “impuesto a los ingresos”. Para ello se tomaron básicamente dos medidas: bajar el mínimo no imponible y aumentar algunas alícuotas, en especial las de los ingresos por encima de los 5 mil pesos (dólares) mensuales. Adicionalmente, se estableció una escala por la que a medida que aumentaba el ingreso se reducían las deducciones autorizadas para disminuir la base imponible (por hijo, esposa, y otros). Eso, y no otra cosa, era la tablita. ¿Una rareza criolla? Realmente no, ése es un procedimiento usual en los países desarrollados para aumentar la progresividad del impuesto.

La explicación previa no pretende sino poner en perspectiva la escasa relevancia que tuvo la famosa “tablita” en las medidas de 1999, aunque su importancia fue aumentando porque no se la actualizó por la inflación durante la década pasada y por el hecho de que se acentuaron ciertas distorsiones en las escalas durante el gobierno de Néstor Kichner. En su momento publiqué una nota en la que me preguntaba por qué el Gobierno había tardado tanto tiempo en eliminar una “medida tan nefasta”, como afirmó la Presidenta en su momento. Más allá de su conveniencia, debo confesar que cuando se eliminó sentí un cierto alivio (¡ya no se hablaría de la tablita!). Pero duró poco: la ignorancia (y la picardía) hace que muchos sigan refiriéndose a ella como “el problema”.

Para sorpresas de muchos, tres años después de su eliminación hay más argentinos que pagan el impuesto a las ganancias, y todos ellos contribuyen con una proporción mayor de su ingreso.

¿Que pasó? Pues que no se actualizaron el mínimo no imponible y las deducciones por la inflación ni por el aumento del ingreso por habitante. Al respecto, permítaseme un comentario técnico que ayuda a entender el problema. El mínimo no imponible (más deducciones) no debería fijarse arbitrariamente. Lo usual es que ese valor tenga cierta relación con el ingreso por habitante. La experiencia internacional muestra que el mínimo no imponible suele fijarse entre 1,2 y 1,5 veces el ingreso por habitante. La lógica es que los que deben pagar el impuesto son aquellos que tienen un ingreso superior a la media del ingreso nacional. Como el porcentaje del ingreso que se paga aumenta con el ingreso, este impuesto se convierte en la esencia de un sistema impositivo progresivo.

Hay entonces dos factores que deberían explicar la variación del mínimo no imponible y de las deducciones. Por un lado, la inflación, porque lo que se grava es la capacidad de compra y no el valor nominal del ingreso. Este ajuste debiera ser automático tomando en consideración, obviamente, la verdadera inflación. Por el otro, el mínimo no imponible debería estar vinculado con el ingreso por habitante, aunque ese ajuste no tiene por qué ser automático.

En 1999 bajamos el mínimo no imponible para un soltero en relación de dependencia de $ 22.800 a $ 17.520 (24.000 para casados con dos hijos), o sea, el equivalente a poco más de dos veces el ingreso por habitante de ese entonces.

Si se actualizara ese mínimo no imponible por la verdadera inflación y por el aumento del ingreso por habitante durante los últimos 12 años, los $ 17.520 que fijamos en ese entonces para un soltero, hoy serían alrededor de $ 115.000, en lugar de los $ 75.200 actuales.

Es evidente que la falta de ajuste por la inflación y por el ingreso por habitante se ha convertido en la “nueva tablita”, la que podemos llamar “la tablita K”.

Esa es la verdadera razón por la que cada día hay más personas que deben pagar el impuesto a las ganancias. Algunos podrían argumentar que es una política acertada porque el mínimo no imponible era todavía un poco elevado en el año 2000, pero sin duda la falta de ajuste ha llegado a tal extremo que la política impositiva del Gobierno no sólo no tiene racionalidad sino que aparece más bien como una estrategia fruto de una búsqueda desesperada de financiamiento y de una lucha de poder contra Moyano. Una estrategia que, como tantas otras cosas, el Gobierno no asume como tal. Es lo que explica por qué encumbrados miembros del gabinete siguen diciendo que ellos heredaron esta medida del gobierno de la Alianza. Aprovecho para informarles que lo que heredaron es un impuesto que, siguiendo las prácticas internacionales en la materia, existe en la Argentina desde 1933, y que debería ser la base de un sistema impositivo progresista.

Es también un impuesto que en la Argentina tiene excesivas exenciones. Ellas han sido, efectivamente, una herencia para el actual Gobierno, que parece haber aceptado de buen grado, ya que durante diez años no ha intentado modificarlas. Lo que no es herencia es la falta de ajuste del mínimo no imponible, lo que constituiría un verdadero acto de justicia hacia los trabajadores. No hacerlo no es una herencia, es una decisión política del Gobierno, una decisión de la que, por una vez, debería hacerse cargo.


* Ex ministro de Economía. Nota publicada en el Diario Perfil del 24/06/12

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Una respuesta a “Hoy pagan Ganancias más personas que con la tablita de 2001

  1. Me parece que el post de Fanelli bien argumenta por qué esta vez la economía argentina es más vulnerable que en 2008 con el desenlace de la crisis financiera internacional. Coincidiendo en términos generales con esos argumentos considero conveniente puntualizar algunos aspectos. Es cierto que ahora hay menos “espacios” macro que en 2008/9 para hacer políticas anticíclicas. Pero me parece oportuno recordar que las políticas aplicadas, particularmente comienzos de 2009, lejos estuvieron de ser “óptimas”. 1) Si bien el BCRA decidió depreciar el peso respecto al dólar estadounidense, como lo aconseja una política anticíclica, lo hizo varios meses más tarde de lo que lo hicieron Brasil y Chile. 2) Es cierto que en materia fiscal la misma presidente anunció un paquete de obra pública ambicioso a los pocos días que se anunciaban planes en Estados Unidos y otros países (incluso se enfatizó que el nuestro era más significativo en términos de PIB que el de EEUU). Sin embargo, cuando al día siguiente se pudo ir a los detalles del programa se descubría que buena parte de la obra pública ya estaba incorporada en el presupuesto para ese 2009. Hoy se puede evaluar que la política fiscal resultó anticíclica por el efecto del llamado estabilizador automático (la recesión implica menos recaudación esto es menor sustracción de capacidad de gasto privado), pero cuando se limpia este efecto encontramos que prácticamente no hubo política fiscal discrecional anticíclica como se presumía. Otra forma de chequear los resultados de las supuestas políticas anticíclicas sería hasta que punto evitaron que el PIB cayera. La caída verdadera del PIB superó 3,5% (aunque es bueno resaltar que no son muchos los que pueden medirla por carecer de información de base fidedigna, conocimiento de las metodologías, disponibilidad de ponderaciones y/o know how). Me parece significativo tener en cuenta que si bien hoy hay menos espacio, 2008/9 era en todo caso menos malo que hoy y esto es porque los desequilibrios flujo que son la base de la vulnerabilidad actual, y que bien se mencionan, comenzaron desde hace bastante, no son algo que apareció de golpe hacia fines de 2011 sino el producto de una acumulación de desajustes que empiezan en derredor de 2006. Esto me lleva a una última observación respecto al mensaje final relativamente esperanzador según el cual por tratarse de desequilibrios flujo más que stocks (más allá de la mención de la energía a la cual se podría agregar la destrucción del stock ganadero) las autoridades cuentan con un activo de gran valor. Es cierto que los desequilibrios nuestros no pueden compararse con Grecia, España o Argentina 2002, pero me parece que hay también una subestimación sobre los desequilibrios stocks en que derivaron las desequilibradas políticas de los últimos años. Me refiero particularmente a lo que considero un menosprecio por parte de no pocos de los problemas stock que genera el llamado financiamiento intra-sector público, que ante el continuo deterioro de las cuentas fiscales (eran muy superavitarias en 2004/5) reemplazó al cierre del financiamiento externo (básicamente a partir del cuasi default de los bonos ajustados por CER desde principios de 2007). Este financiamiento ha descapitalizado a numerosos organismos públicos que eran superavitarios o disponían de excedentes de liquidez temporarios (AFIP, fondos fiduciarios, Banco Nación, y sobretodo ANSES y BCRA). Buena parte de este deterioro patrimonial no figura en las cifras de deuda pública o reducen significativamente la deuda neta pero deberá ponderarse apropiadamente al momento de la “corrección”. Pero bueno, en todo caso esto será tarea ardua para el que venga.

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