El debate de ideas y el futuro de la economía argentina

Por Guillermo Rozenwurcel*

Uno de los rasgos predominantes de la situación argentina actual es el notable desequilibrio de su campo político. El sistema de representación está desarticulado y el escenario es ocupado de manera casi excluyente por el oficialismo, que enfrenta en lo inmediato escasos límites institucionales en su tentativa de acumulación incesante de poder. Una de las tantas consecuencia negativas de esta configuración es la virtual ausencia de debate económico serio acerca de las orientaciones en curso y de las alternativas disponibles, algo especialmente peligroso si se atiende a los importantes problemas que le aguardan en el futuro inmediato a la administración.

En la última etapa se han verificado, sin embargo, algunos pronunciamientos de núcleos de intelectuales, alrededor de varios de esos desafíos y de las características del proceso actualmente en curso en el país. La relevancia de dichos pronunciamientos está en el hecho de que la discusión de ideas, aunque todavía en los márgenes, comienza a resurgir en nuestra sociedad. Es por ello que vale la pena detenerse en algunos de los ejes de la discusión, aun cuando los contenidos de la controversia sean, a nuestro juicio, bastante pobres.

Aunque las discrepancias son marcadas cuando se trata de juzgar los resultados de los gobiernos kirchneristas, las posiciones en pugna –provenientes todas ellas del denominado espectro progresista de la opinión académica- reflejan numerosas coincidencias. En particular, llama la atención el anacronismo argumentativo que dichas posturas revelan cuando analizan la dimensión económica del proceso en curso.

Quienes argumentan a favor de las orientaciones oficiales apoyan, naturalmente, lo que denominan el modelo “de acumulación con diversificación productiva e inclusión social” vigente; aunque demandan su profundización, que consistiría en la reversión de la concentración y extranjerización económica, y en la recuperación de un rol central para el Estado, no sólo en la planificación estratégica de la economía sino también en la producción, partiendo de la reestatización de las empresas privatizadas. Como, por otra parte, la igualdad debe ser el “objetivo central”, y dado que “siempre ha existido una relación contradictoria y tensa entre capitalismo e Igualdad”, en sus palabras ese modelo constituye una “una variante de organización social cuya denominación constituye aún una incógnita a dilucidar, … (pero representa) una impugnación a la esencia del capitalismo realmente existente”.[1]

Por su parte, quienes se manifiestan contrarios al enfoque de la actual administración está lejos de desarrollar una crítica sustantiva del “modelo”. Más bien, se limitan a cuestionar los “escándalos de diferente naturaleza y calidad, que tienen como denominador común la impunidad en relación con las responsabilidades de quienes nos gobiernan” y, paralelamente, “la construcción de un relato oficial, que por vía de la negación, ocultamiento o manipulación de los hechos, pretende investir de gesta épica el actual estado de cosas”, procurando hacer aparecer a los gobernantes “como actores de una gesta contra las “corporaciones”, mientras grandes corporaciones como la Barrick Gold, Cerro Vanguardia, General Motors, las cerealeras, los bancos o las petroleras – y el propio grupo Clarín, hoy señalado como la gran corporación enemiga – han recibido enormes privilegios de este gobierno”.[2]

Los pronunciamientos, empero, coinciden curiosamente en dos planos: por un lado, en la ausencia de toda reflexión seria sobre los riesgos y desafíos pero también sobre las oportunidades que la globalización le plantea a nuestra economía; por el otro, en el sesgo “anticapitalista” compartido –y más o menos explícito- de sus visiones.

En cuanto a la primera cuestión, se desprecia en forma ostensible –como lo hace el propio gobierno- el rol clave que tuvo la bonanza externa sobre el desempeño reciente de nuestra economía (el vigoroso crecimiento de estos años sencillamente no hubiera sido factible sin el relajamiento de la restricción externa posibilitado por el fuerte aumento internacional de las commodities agrícolas). Esa desconsideración por el entorno externo en el que opera la economía local subestima, asimismo, los límites que la crisis global en curso podría imponer sobre su trayectoria futura. Es más, tales posturas parecen creer ilusoriamente que el repliegue en nuestro mercado interno (nacional o regional) es compatible con el desarrollo económico, ignorando la irreversible internacionalización de las principales cadenas productivas y la imposibilidad (no apenas la inconveniencia) de retornar al modelo sustitutivo de importaciones, cuya variante extrema sintetizó recientemente la Presidenta cuando avaló el insólito objetivo de llegar a “no importar ni un clavo”.

En algún caso se cuestionan los privilegios otorgados a “las grandes corporaciones extranjeras” pero nada se dice acerca de las serias inequidades causadas por el esquema de populismo económico de “clase media” impulsado en estos ocho años por el gobierno: varios puntos del PIB dedicados a subsidiar el consumo de los más pudientes y apenas migajas (la AUH representa sólo 0,6% del PIB), alta inflación y servicios públicos inseguros y de pésima calidad para los más desfavorecidos.

En cuanto a la segunda cuestión, está claro que no se trata de glorificar al capitalismo, mucho menos cuando está atravesando la crisis sistémica más grave desde la Gran Depresión de los años 30 del siglo pasado. En todo caso, de lo que se trata es de reconocer que, parafraseando la famosa frase de Winston Churchill sobre la democracia, por el momento el capitalismo es “el menos malo de los sistemas económicos realmente existentes”.

Si se posa la mirada en la historia se apreciará que, antes de la Revolución Industrial, el ingreso per cápita de la humanidad se mantuvo virtualmente estancado (creciendo apenas al 0,1% anual desde el año 1000 hasta inicios del siglo XIX, según las mejores estimaciones disponibles). No es que algunas civilizaciones del pasado (Grecia, Roma, China, o las ciudades comerciales del Mediterráneo, entre otras) no se las hayan ingeniado para crecer de manera aceptable durante algunos períodos. Pero en ningún caso se trató de progresos sostenidos y, al cabo de un tiempo, la mayoría de esas sociedades tendieron a declinar. Por el contrario, en los últimos doscientos años, de la mano de los incentivos generados por la búsqueda de beneficios y la acumulación de capital, el crecimiento del ingreso per cápita mundial se aceleró drásticamente (para situarse, en promedio, en torno del 1,5% anual en el último siglo, con períodos como la Edad Dorada del capitalismo de la segunda posguerra cuando dicha tasa se estiró hasta el 3% anual). De este modo, mientras al ritmo anterior, tomó unos siete siglos duplicar el nivel de vida, en la actualidad el ingreso medio por habitante del planeta es más de ocho veces el existente hace sólo doscientos años (una cifra que llega hasta unas 24 veces en el caso de las economías avanzadas).

Por cierto que este “despegue” (take off) del crecimiento estuvo lejos de ocurrir en forma homogénea, sin disrupciones y sin generar, en muchos casos, fuertes desequilibrios e inequidades (internacionales y al interior de los diferentes países). Como diría Schumpeter el capitalismo se despliega como un inmenso proceso de “destrucción creadora”. O, en la versión del propio Marx, revolucionando en forma incesante las fuerzas productivas. Es así como, sin intervenciones de política adecuadas, la economía de mercado puede llegar a exhibir importantes fallas en su operatoria, dar lugar a externalidades negativas (algo bastante obvio en materia ambiental), generar desigualdades marcadas y ser fuente de inestabilidad y de graves episodios de crisis. Pero con la debida regulación y los incentivos institucionales adecuados, los mercados competitivos continúan siendo un elemento irreemplazable en la promoción de la prosperidad y del bienestar material.

Por supuesto que no tiene nada de malo especular sobre otras posibles formas sociales de organización económica, pero si lo que se discute es la estrategia de desarrollo en la Argentina para las próximas décadas, no parece haber alternativas viables en el horizonte previsible. Admitiendo que no hay un único tipo de capitalismo, la cuestión a plantearse debe ser, más bien, qué clase de capitalismo queremos.

La variante neoliberal de libertad de mercado irrestricta ya se probó en Argentina y toda la región en los noventas con resultados catastróficos. Muchos de sus rasgos, por otra parte, están detrás de la crisis actual en los países desarrollados.

Hoy en día el gobierno parece oscilar entre otras dos variantes: el capitalismo de amigos y el capitalismo de estado. La experiencia de Europa del este y Rusia con la primera variante luego del colapso de los regímenes socialistas es inequívoca: a la corta o a la larga ese camino conduce a la pérdida de todo dinamismo y a la constitución de una oligarquía mafiosa que vive del subsidio y de la “búsqueda de rentas” generadas por la discreción y el favor del funcionario de turno. Esa configuración no sólo genera una economía esclerótica e ineficiente, sino que “garantiza” servicios públicos de pésima calidad (muchas veces fatales) para la mayoría, como lo atestigua la tragedia recientemente ocurrida en la estación ferroviaria de Once.

Una ciudadanía indefensa y sin voz es también un “atributo” del capitalismo de estado, tal como lo pone de manifiesto la experiencia china reciente: allí el crecimiento sólo se logra a costa de la postergación del bienestar de amplios sectores de la población y de un disciplinamiento social sólo asequible con un gobierno autoritario.

Es cierto, como se dijo, que existe una tensión entre igualdad y capitalismo, como también la hay entre capitalismo y democracia. Las tres variantes de capitalismo antes mencionadas “resuelven” esa tensión sacrificando la igualdad y/o la democracia. Existe sin embargo una cuarta alternativa, que supone aceptar la tensión entre capitalismo, democracia e igualdad sin suprimir ninguno de sus términos. La misma requiere un Estado fuerte y equilibrado en sus tres poderes, un sistema político dinámico y una sociedad civil participativa. Esa alternativa es la que ha hecho prósperas las economías escandinavas en Europa, así como a Australia, Nueva Zelanda o Canadá, entre otros países no centrales, y la que parecen intentar transitar algunas economías vecinas como Brasil y Uruguay en la región. Vale la pena probarla.



* Economista (UNSAM, UBA y CONICET)

[1] Carta de la Igualdad, Carta Abierta/11.

[2] Plataforma para la recuperación del pensamiento crítico, Plataforma 2012.

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2 Respuestas a “El debate de ideas y el futuro de la economía argentina

  1. “La misma requiere un Estado fuerte y equilibrado en sus tres poderes, un sistema político dinámico y una sociedad civil participativa. ”

    Con la ultima parte de esta frase es como se logra las dos anteriores. Cuando la sociedad se decida a participar activamente y no solamente a delegar el poder en funcionarios es cuando Argentina va a cambiar.

  2. Guillermo Rozenwurcel

    Totalmente de acuerdo, Daniel.

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