Populismo económico en Argentina: una tipología

Por Guillermo Rozenwurcel* y Ramiro Albrieu**,#

Ausente del diccionario de la Real Academia Española, el concepto de populismo es fuente constante de polémica entre los cientistas sociales. El término ha sido utilizado para explicar procesos disímiles en épocas dispares, y tiene tanto connotaciones positivas (“dar el poder al pueblo”) como negativas (“ganar el voto de las mayorías mediante prebendas”). Sin embargo, desde el punto de vista económico es posible acotar su alcance: nos referimos a esquemas de política que promueven el crecimiento económico sin tomar en cuenta las restricciones que impone la macroeconomía. El problema del populismo económico es que las tensiones que genera acaban, a la corta o a la larga, frustrando el crecimiento que intenta promover.

Al priorizar el crecimiento del consumo sin preocuparse por el grado de utilización de la capacidad instalada, la política monetaria y fiscal adquieren un marcado sesgo procíclico que fogonea la inflación. Ésta tiende a deteriorar la competitividad cambiaria, debilitando el frente externo por el desestímulo a las exportaciones y la expansión de las importaciones. Finalmente, pero no menos importante, al exacerbar la puja distributiva, genera elevada incertidumbre, acorta el horizonte de las decisiones económicas y desalienta la inversión productiva.

¿En qué consiste, en síntesis, el populismo económico? En creer que el voluntarismo puede moldear a su antojo la estructura productiva y los procesos macroeconómicos. A la corta o a la larga, no obstante, las inconsistencias que genera acaban frustrando el crecimiento que intenta promover.

Tres tipos de populismo económico

El populismo económico, “tradicional” floreció en el contexto de economía cerrada. Estuvo sustentado en un proteccionismo extremo y en un sistema bancario reprimido, con tasas de interés reales fuertemente negativas. Aunque abarcó gobiernos de todos los signos políticos, el ejemplo arquetípico son los gobiernos peronistas de 1946-1952 y 1973-1976. Partiendo de una economía muy alejada del pleno empleo y muchos dólares en el banco central, el crecimiento es promovido mediante políticas redistributivas. El componente dinámico de este crecimiento “guiado por los salarios” es el consumo, lo que genera la aceptación popular de los trabajadores y los industriales. La economía política de este populismo ocasiona, por supuesto, un perdedor: el sector agrario.

Eventualmente, sin embargo, la macroeconomía comienza a imponer sus restricciones: bajan las reservas, los precios comienzan a subir a medida que la economía absorbe recursos ociosos y, en el frente fiscal, el impuesto inflacionario se va transformando en la principal fuente de financiamiento ante la multiplicidad de ventanillas abiertas por las políticas expansivas. Cuando el gobierno se ve obligado a enderezar el rumbo todo termina con una devaluación desordenada, un plan de ajuste de naturaleza ortodoxa y el intento de redistribución abortado.

Un segundo populismo macroeconómico, bien distinto al primero, es el que se desarrolla en contextos de apertura y apreciación cambiaria. En este caso el comportamiento populista está “guiado por el endeudamiento”. El ejemplo obvio es la convertibilidad de 1991-2001. En sus comienzos la misma tuvo como objetivo estabilizar los precios, pero el atraso resultante del tipo de cambio real dio lugar al sobreconsumo, fenómeno que los políticos prefieren ignorar.

Nuevamente la macroeconomía imponiéndose: no es posible para un país gastar por encima de su ingreso sin que se reduzcan sus activos o se incremente su deuda. A mitad de la década, cuando el sector privado ya no podía hacerlo, quedó en evidencia que era el sector público el que debía endeudarse para que la rueda siguiera girando. La situación llegó a tal punto que la sostenibilidad del endeudamiento público pasó a depender exclusivamente de la continuidad de los ingresos de capitales. Cuando el flujo se interrumpió, la historia terminó de la peor manera: el PBI sufrió la caída más profunda desde la Gran Depresión.

Este populismo “de globalización financiera” se sustenta en una coalición que incluye a gobiernos ávidos de votos, banqueros que acumulan jugosas comisiones, y clases medias seducidas por el “deme dos”. Los mayores perdedores son los productores de transables y los trabajadores formales.

En un marco de economía abierta hay otro populismo posible: el que se asienta en el boom de precios de las commodities. El rótulo no es estrictamente aplicable al gobierno de Kirchner, pues en ese lapso, favorecido por el elevado desempleo inicial, el gobierno logró mantener los superávit gemelos. Pero con la llegada de Cristina el boom alcanzó su clímax y los términos del intercambio tocaron su máximo de los últimos 40 años. Crecieron los ingresos por exportaciones y también los ingresos del fisco vía retenciones. La respuesta fue clásicamente populista: boom importador, aceleración del gasto público y todas las políticas apuntando al crecimiento a tasas chinas.

Algunas luces rojas, sin embargo, ya comienzan a encenderse: mientras las importaciones crecieron básicamente debido a mayores volúmenes, el aumento de las ventas externas pasó de basarse en cantidades (2004-2007) a estarlo en precios (2007-2011) –aún con la ayuda del Brasil apreciado. El superávit financiero del gobierno ha desaparecido. La inflación sigue cómoda arriba del 20%. Y el tipo de cambio real tiende a apreciarse inexorablemente.

¿Quo vadis, Argentina?

¿Qué sucederá cuando el boom se agote? En tal caso la restricción externa se volverá ineludible y el resultado fiscal primario pasará decididamente a terreno negativo. Lejos de la macroeconomía de Néstor y más cerca de otras del pasado.

Un rasgo central del populismo es su carácter autodestructivo. Cuando las restricciones macroeconómicas se vuelven operativas, el cambio se hace ineludible. Y es en el frente externo donde aparece hoy la restricción más acuciante. ¿De dónde sacar los dólares en 2012? La respuesta del gobierno no es promisoria: parece oscilar entre los dos populismos precedentes, el financiado con inflación o el financiado con deuda. En otras palabras, ¿volver a los mercados o reprimir las importaciones y apelar al impuesto inflacionario? ¿1946 o 1991? El tiempo dirá.


* Economista (UNSAM, UBA y CONICET)

** Economista (UBA y CEDES)

# Nota publicada en Clarín el 8 de Febrero de 2011.

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