La Macroeconomía y el Presente Griego | parte 1

Por Daniel Heymann*

Parte 1 | Crisis de sobre-endeudamiento: rasgos generales

[ver Parte 2]

Así como hace una década la debacle de la economía argentina fue un foco de atención y unos años atrás la acción transcurría en la caída o supervivencia de gigantes financieros de los EEUU y sus repercusiones reales, hoy en día asistimos al drama de las dificultades y altibajos de varias economías europeas, Grecia en particular. El desemboque de esta crisis es una cuestión abierta, pero en todo caso, han aparecido temores de problemas de solvencia que podrían poner en riesgo el repago de un gran volumen de deudas, y dudas sobre el futuro de la unión monetaria en la zona del euro. Al margen del interés propio del episodio, estas notas se concentran en presentar algunos comentarios sobre los interrogantes para el análisis macroeconómico que generan fenómenos de ese tipo.

En muchos momentos la evolución de una crisis macroeconómica se asemeja a la de una enfermedad aguda: ansiosas y frecuentes observaciones de síntomas y de lecturas de instrumentos de medición, prevenciones por efectos de propagación a otras partes del organismo o de contagio a vecinos, agitadas consultas sobre tratamientos alternativos, discusiones entre médicos, algunos de los cuales expresan su confianza cierta en intervenciones que se contradicen entre sí, altibajos de ánimo entre signos de mejora y de agravamiento, tal vez sorpresas ante acontecimientos que, retrospectivamente, quizás merezcan la calificación de inevitables. Una imagen que está lejos de la representación de conductas de individuos que implementan sistemáticamente planes contingentes predeterminados y mutuamente compatibles, sobre la base del reconocimiento de las distribuciones de probabilidad que determinan efectivamente la evolución de su entorno según los impulsos externos a la economía y sus propios comportamientos colectivos.

La respuesta de los gobiernos europeos a la crisis griega acumuló demandas de ajuste fiscal tras ajuste fiscal y una sucesión de refinanciaciones urgentes para una economía al borde de la cesación de pagos. La insistencia en que “no hay plan B” alternativo (véase por ejemplo) tiene ciertamente un elemento estratégico que intenta aplacar expectativas de default, pero también parece haber habido una genuina perplejidad sobre los sucesos que van transcurriendo y sobre las medidas que podrían ser efectivas. Aun para operadores de alta sofisticación, las actitudes y conductas en condiciones de turbulencia no parecen asimilables a las de autómatas que producen respuestas óptimas basadas en probabilidades presumiblemente objetivas. Estos rasgos generales de comportamiento parecen formar parte de los “hechos estilizados” merecedores de atención analítica, más allá de la información que resulte de los movimientos cuantitativos de las series económicas.

Por otra parte, una rápida revista a las reacciones de política en los recientes episodios de crisis muestra una considerable variedad de argumentos y acciones. En la primera ola de perturbación centrada en los EEUU, mientras que las discusiones sobre las medidas apropiadas incluían desde opiniones basadas en la proposición de equivalencia ricardiana (subas del déficit fiscal desplazan gasto privado por un efecto de anticipación de impuestos futuros) a aplicaciones directas del modelo de ingreso-gasto (una expansión fiscal genera un impacto sobre el gasto agregado y la actividad multiplicado por las repercusiones inducidas sobre el consumo), las respuestas de política estuvieron marcadas por intervenciones masivas (y no tradicionales), incluyendo cuantiosos incremento de la oferta de base monetaria por vías a veces atípicas, y por una fuerte suba del déficit público, que ahora resulta motivo de visibles tensiones institucionales. En el caso europeo, después del primer impacto, primaron apelaciones al ajuste fiscal, incluso para economías que afrontaban intensas recesiones. A través de las distintas instancias vino planeando el interrogante sobre la sostenibilidad de las deudas, privadas y/o del gobierno, según el caso, y sobre el tratamiento que se le podría dar a situaciones de definida insolvencia macroeconómica. Parece quedar bastante por explorar acerca del menú de intervenciones de política que correspondería aplicar según las características de la economía y de la naturaleza de sus problemas de funcionamiento (el punto está algo más desarrollado en Heymann, 2009).

Las grandes crisis macroeconómicas marcadas por problemas difundidos de solvencia han ocurrido en economías de muy distintas características. Las ha habido en economías centrales y periféricas, desarrolladas o “emergentes”, en países cuyos sectores públicos se manejaban en la expansión previa sea con déficit, sea con superávit, precedidas por cuentas corrientes de saldo negativo o excedentario, y en casos de alta densidad financiera y contratos variados y complejos o en otros con volúmenes agregados de crédito no tan grandes y prevalencia de créditos de formatos simples y estandarizados (e.g. deudas con compromisos de repago fijos, sea en moneda nacional o extranjera). Dentro de esta diversidad de condiciones, el rasgo distintivo de esos fenómenos es, además de la existencia de una masa importante de promesas financieras, la fuerte y a menudo abrupta oscilación de las percepciones de riqueza: en una economía que muchos agentes, a juzgar por su conducta, consideraron en su época capaz de generar ingresos crecientes para que se sirvieran los créditos que se iban ofreciendo y tomando, se revela en algún momento que probablemente no habrá recursos suficientes para permitir el cumplimiento de los compromisos. El pasaje del optimismo que promueve la ampliación del gasto y del volumen de endeudamiento a la frustración asociada a veces con “pánicos” y corridas señala intensos cambios en percepción acerca de los ingresos potenciales, sin que necesariamente medien perturbaciones externas a la economía que motiven variaciones de esa magnitud. Los argumentos que buscan atribuir las crisis a shocks exógenos de productividad son, por decirlo de algún modo, peticiones de principio a escala macroeconómica. Por otro lado, responsabilizar de una instancia de sobre-endeudamiento como la de Grecia a políticos ricos en argucias y sus manipulaciones de datos o malversaciones de fondos trivializa el fenómeno, y generaría también preguntas sobre la racionalidad de los formadores de expectativas que no pudieron ver a través de esa confusión de señales estadísticas. Más bien, las crisis llevan a re-interpretaciones de información previamente disponible. Por caso, Reinhart y Rogoff (2009, pag. 284) marcan la prevalencia de las entusiastas opiniones de organismos internacionales y mercados financieros sobre economías como las de México (1994), Corea (1997) o la Argentina (2001) no mucho antes de sus respectivas crisis (y, sobre la base de los cambios en los ratings de deudas soberanas, ubican a Portugal y Grecia como países candidatos a “graduación” desde el status de “emergentes” al de economías avanzadas de bajo riesgo).

Las crisis macroeconómicas de sobre- endeudamiento manifiestan de manera dramática la frustración de expectativas sobre el cumplimiento de promesas que antes se supusieron de satisfacción probable. A menudo, esas previsiones que se ven desmentidas se basaron en lecturas de las perspectivas macroeconómicas derivadas de lo que en su momento eran nociones aceptadas respecto de las políticas y condiciones económicas que inducirían crecimientos en los ingresos y en la capacidad de repago de deudas. Desde este punto de vista, las crisis desmienten teorías que fueron influyentes en la práctica. El análisis de las crisis tendría así de partida un elemento paradójico, porque requiere interpretar y tratar de explicar fenómenos que involucran como característica esencial una falla de creencias apoyadas en lo que se consideraba el conocimiento disponible.

Una teoría que dé cuenta de las crisis necesariamente debe incluir una representación de decisiones intertemporales tomadas bajo incertidumbre, y de las interdependencias por las cuales se transmiten y propagan impulsos entre segmentos de la economía. Eso no implica que la teoría deba expresarse a través de modelos dinámicos estocásticos de equilibrio general convencionalmente definidos (DSGE, en la sigla de uso común). El análisis intertemporal no tiene por qué postular sin más trámite que los agentes maximizan utilidades esperadas con expectativas racionales en el sentido usual, o que el conjunto de actividades y decisiones interconectadas se compatibiliza para definir un estado de equilibrio general. La naturaleza misma de las crisis demanda que el análisis reconozca y represente situaciones donde surgen fallas de coordinación sintomáticas de inconsistencias de expectativas.

Por otra parte, la lógica misma de los ejercicios basados en los modelos DSGE puede motivar dudas. La literatura genera un flujo continuo de objetos analíticos que reemplazan (a menudo, agregando capas adicionales de complejidad) a sus antecesores, pero que comparten con ellos la construcción de las expectativas de los agentes como si el modelo actual fuera de conocimiento común, y fuera a actuar con certeza como generador de previsiones para todo el horizonte futuro; los ensayos de validación empírica se realizan (como no podría ser de otro modo) comparando los resultados del modelo con las observaciones tomadas de la historia de la economía. Se aprecia el problema. El analista elabora hoy un modelo presumiblemente novedoso, pero se supone que los agentes virtuales que lo habitan lo han conocido desde siempre (lo cual convierte en “no racionales” a las expectativas formadas a partir de la generación anterior de modelos), y que no tienen en cuenta que su horizonte de vigencia es limitado. También, explícita o implícitamente, se entiende que los modelos no tienen alcance universal, pero entonces por construcción las expectativas basadas en ellos no reflejan las verdaderas probabilidades de los estados relevantes.[1] Se suele asumir además que la modelo- consistencia de las expectativas permite “con inmunidad” estudiar los efectos de cambios de criterios (o instituciones) de política económica. Sin embargo, esos ejercicios ignoran la perturbación que tales cambios de régimen generarían en los supuestamente racionales planes previos de los agentes (para quienes, por hipótesis, lo que el analista está simulando es una sorpresa), y se asume que las previsiones se determinan como si no se considerara posible que más adelante un ejercicio análogo plantee una nueva revisión de los esquemas de determinación de políticas.

No es cuestión entonces de contrastar relevancia y rigor analítico, sino de enfrentar concretamente las preguntas que generan fenómenos de la importancia social de las crisis macroeconómicas. Esto requiere buscar mejores representaciones de los procesos de decisión y de los mecanismos que transmiten señales e impulsos a través de la economía. En la segunda parte de la nota se retoma el tema.

Referencias

Allen, F., E. Carletti, J.P. Krahnen y M. Tyrrell (2011): Liquidity and Crises, Oxford University Press

Gai, P. y S. Kapadia (2008): “Contagion in Financial Networks”, Bank of England Working Paper 383

Gennaioli, N. y A. Schleifer (2009): “What Comes to Mind”, NBER Working Paper 15084

Heymann, D. (2009): “Notas sobre Variedades de Crisis”, Ensayos Económicos, 53/54, pp. 67-71

Kiyotaki, N. y John Moore (1997): “Credit Chains”, Working Paper.

Leijonhufvud, A. (2006): “The Uses of the Past”, Invited Lecture, European Society for the History of Economic Thought (University of Trento, Department of Economics, Discussion Paper 3)

Leland, J. (2006): “Equilibrium Selection, Similarity Judgments and the ‘Nothing to Lose Nothing to Gain Effect’”, Working Paper

Mullainathan, S. (2002): “Thinking through Categories”, Working Paper

Nier, N., J. Yang, T. Yorulmazer y A. Alentorn (2010): “Network Models and Financial Stability”, Bank of England Working Paper 346

Reinhart, C. y K. Rogoff (2009): This Time is Different: Eight Centuries of Financial Folly, Princeton University Press

Sargent, T. (2010): “Interview with Thomas Sargent”, The Region (The Federal Reserve Bank of Minneapolis), September

Weitzman, D. (2007): “Subjective Expectations and Asset Returns Puzzles”; American Economic Review, 97(4): 1102- 1130.


* UBA- UdeSA. Se agradecen los comentarios de Facundo Albornoz, Nicolás Aragón, Daniel Aromí, Laura D´Amato, Pablo Gerchunoff, Pablo Mira, Sebastián Katz, y Alejandro Vicondoa. Errores y opiniones son responsabilidad del autor.

[1] En una defensa de los modelos de expectativas racionales, Sargent (2010) afirma que: “la crítica de los modelos de ciclo real de equilibrio y sus primos cercanos los así llamados modelos Nuevo Keynesianos está mal orientada y refleja una errónea comprensión de los propósitos de esos modelos. Esos modelos fueron diseñados para describir las fluctuaciones económicas agregadas en tiempos normales cuando los mercados pueden reunir ordenadamente a prestamistas y prestatarios, y no durante crisis financieras y colapsos del mercado”. El argumento implicaría admitir que la teoría de las crisis es un tema abierto; en todo caso, expresa que los referidos modelos no abarcan al conjunto de las configuraciones económicas realizables en la práctica y, por lo tanto, no serían desde un principio capaces de generar expectativas racionales. En tal caso, suponer previsiones son modelo-consistentes implicaría describir agentes que simplemente ignoran la eventualidad de estados relevantes para sus decisiones. Esta hipótesis no es necesariamente es descartable como aproximación práctica, pero difícilmente calificaría como un precepto.

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