La agenda postergada del desarrollo argentino

Por Eduardo Levy Yeyati *

La pobreza de contenidos y discusiones programáticas en el debate proselitista es a estas alturas un patrón evidente, que puede incluso acentuarse en la medida en que el último tramo de campaña privilegie afectos y prejuicios en busca del voto negativo. Así, el discurso económico que se cuela en las voces y equipos de los candidatos se queda en la enunciación imprecisa de slogans que resuenen en el electorado.

Del lado de la oposición, se suele apuntar a la insostenibilidad de las políticas actuales, señalando como síntomas la inflación creciente, la apreciación cambiaria y la pérdida de los superávits fiscal y de cuenta corriente –todos atribuibles a la decisión del gobierno de maximizar el crecimiento presente. De seguir en línea recta, se anticipa, seremos testigos de corridas cambiarias, fuga de capitales y caída del producto.

Del lado del gobierno, se invoca la profundización del modelo, término este último con el que se define a un conjunto de políticas de urgencia (dólar alto, retenciones, licuación de deudas, controles financieros, inversión en protección social) paridas a principios de 2002 al calor de la crisis financiera y del colapso de los indicadores sociales, y luego adoptadas como pilares de un esquema que priorizó la intervención y regulación estatal, y la independencia (o, según sus detractores, la autarquía) financiera.

Desde el punto de vista del marketing político, la amenaza de la crisis inminente es poco creíble: latiguillo de parte de la oposición desde hace años, hoy es escuchada con desconfianza. Más aún, esta fácil evocación de la crisis pasa por alto que, tras la desdolarización y el desendeudamiento, Argentina virtualmente eliminó la posibilidad de una corrida financiera “noventista”. Esto obliga a pensar el ciclo económico local en base a otras categorías: las crisis repentinas y las recuperaciones milagrosas han dejado su lugar a las más armoniosas fluctuaciones del mundo desarrollado. En el peor de los casos, seremos testigos de una lenta desaceleración del crecimiento por debajo de su potencial. Técnicamente, una recesión.

Por otro lado, más allá de la retórica oficialista, la continuidad entre este “modelo” y la estrategia económica, defensiva y accidental, de 2002 es bien palpable. Por ejemplo, la renegociación de la deuda externa (emblema económico del primer kirchnerismo) fue el resultado de la guerra de atrición planteada en 2002 ante la reticencia de la comunidad internacional para financiar una salida temprana del default. Y la Asignación Universal por Hijo (emblema económico del segundo kirchnerismo) puede compararse con la obsesión duhaldista por extender la protección del plan Jefes y Jefas de Hogar.

Y si bien esta continuidad debe ser evaluada positivamente, no fue complementada con políticas que explotaran el impulso de la recuperación, el viento de cola o la protección cambiaria para desandar el camino de la desindustrialización que tanto se critica de los 90s.

En cambio, la gestión económica parecería haberse agotado en financiar el gasto público y garantizar el flujo de dólares, dejando la agenda de desarrollo en piloto automático –o incluso perjudicándola, como en el caso de las trabas para la importación de insumos. Simplificando el argumento, seguimos conduciendo el tractor que nos sacó del barro, a pesar de que ya llegamos al asfalto.

En el pasado, los fantasmas de las crisis financieras que cada cinco años abortaban los planes de largo plazo, nos empujaron a una suerte de experimentación pendular: tablitas y política de precios y salarios; fijación, estado mínimo y apertura; dólar alto, estado máximo y palos (figurativos y literales) en la rueda del comercio internacional. Hoy que, tras un arduo aprendizaje, aquellos fantasmas han sido desterrados, es tiempo de pensar el desarrollo.

Educación, infraestructura física y social, inversión, aumento de la productividad: las bases del crecimiento sostenible con equidad son conocidas. Son precisamente los déficits en estos capítulos los que conspiran contra nuestra graduación al “primer mundo”.

Y, sin embargo, poco y nada se ha hecho en estos frentes. El rudimentaria modelo es hoy un remedio demasiado genérico para la complejidad de los síntomas: un dólar alto no sustituye una política industrial activa; el bienvenido aumento de los presupuestos educativo y de investigación y desarrollo no genera por sí sólo una mejora en el capital humano y la productividad; las tasas de interés artificialmente bajas no estimulan el crédito de largo plazo ni reducen las dificultades de acceso de la pequeña y mediana empresa.

Es que la política de desarrollo (como, en los hechos, toda gestión económica) no consiste en una sucesión de anuncios o en la creación de nuevos ministerios o en la elaboración de planes quinquenales, sino en un proceso casi quirúrgico donde personal capacitado dialoga pacientemente con los sectores involucrados (educadores, investigadores, empresarios) para identificar y eliminar obstáculos y cuellos de botella.

Si bien esta rueda fue inventada hace tiempo, nos cuesta hacerla rodar: iniciativas como la jerarquización de la secretaria PyME, la creación de un banco de desarrollo, o la búsqueda de préstamos bilaterales de largo plazo tras la resolución del default con el club de Paris han sido insinuadas por el gobierno en repetidas ocasiones. ¿Por qué nunca vieron la luz?

Aquí sólo cabe conjeturar sobre lugares comunes: desde el cortoplacismo y la falta de interés y de voluntad política, hasta la complacencia derivada de la bonanza sojera, pasando por la mentalidad rentista que ha caracterizado a una fracción importante de nuestros políticos y empresarios.

Tampoco ayuda el relato retrospectivo que suelen regalarse los exégetas del modelo kirchnerista, que hoy reniegan del sesgo exportador y sustitutivo de importaciones defendido por el gobierno en el pasado. Al oírlos, parecería que la competitividad industrial nunca fue un objetivo, y que en cambio se buscó emular el viejo esquema de dos sectores: uno de alta productividad (el agro, proveedor de dólares) subsidiando a otro de baja productividad (el resto, proveedor de empleo). Ninguna economía se ha desarrollado siguiendo este esquema, típico de pequeños monoproductores de commodities como los países petroleros.

Argentina no es la única en enfrentar una encrucijada en su modelo de desarrollo: sin ir más lejos, Brasil, prematuramente comparado con los tigres asiáticos por entusiastas columnistas financieros, aún no logra crecer por encima del 5% sin generar inflación y déficits externos.

Pero mientras en la región la discusión de la agenda de desarrollo es abierta y transversal, aquí se empantana entre el oportunismo y la autoapología, la “crisis inminente” y la “profundización”, la “chavización” y la “guerra a los monopolios”. En el ínterin, el tiempo se agota y los márgenes de error se disipan, amenazando con condenarnos no a la vorágine de una crisis sino al desencanto de la medianía.


* Director de Desarrollo Económico de CIPPEC. Nota publicada en el diario La Nación del día 01/06/2011.

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