¿De qué hablamos cuando hablamos de inflación?

Por Tomás Castagnino y Laura D’Amato [1]

La preocupación por las presiones inflacionarias que pudiera crear el alza persistente en los precios de las materias primas alimentarias y el petróleo resurgió en las últimas semanas, después de que los datos de inflación mostraran aumentos en varias economías industriales y emergentes. (The Economist “Greater expectations”)

¿Puede un cambio de precios relativos generar inflación? Los macroeconomistas podemos no llegar a acuerdos acerca del grado de interacción que existe entre las variables reales y nominales en el corto plazo o creer mucho, poco o nada en la relevancia empírica de las rigideces de precios y en la capacidad de la política monetaria de estabilizar el ciclo económico. Sin embargo, todos o casi todos nos rendimos a la evidencia empírica que, de manera contundente, corrobora predicciones ya establecidas en la teoría monetaria: la tasa de inflación de tendencia que prevalece en una economía guarda una correlación muy significativa con la tasa media a la que se expande el dinero.[2] Es decir, para que un shock de precios relativos se transforme en un alza persistente y generalizada en los precios debe ser convalidado por emisión monetaria. (ver Neumeyer en FocoEconomico)

En la última década y un poco más atrás el mundo experimentó varios episodios de alza en los precios de la energía y la forma en que la inflación respondió a esta secuencia de shocks indica que estamos en un mundo muy diferente al de los 70s y 80s, cuando alzas de una magnitud similar a la que hoy observamos imprimieron una tendencia creciente a la inflación. ¿En qué aspectos es este mundo distinto de aquel? La diferencia más notoria es que desde los 80s comenzó a surgir en gran parte de las economías una mayor preocupación por mantener anclada la inflación.[3] Como resultado de esto la inflación de tendencia se redujo considerablemente, volviéndose un proceso menos persistente y por lo tanto, mucho menos emparentado con su pasado inmediato.

En un mundo de estas características, en el que el impacto de los shocks es menos duradero, el alcance de la noción convencional de inflación como un “alza generalizada y persistente de los precios” puede ser limitado.[4] En dos trabajos recientes estudiamos la dinámica inflacionaria en Argentina y Estados Unidos a través de los últimos 40 años, enfocándonos en su dependencia del entorno inflacionario.[5] Encontramos que los períodos de alta inflación, en los que las políticas macroeconómicas fueron más laxas, los shocks agregados de precios relativos, como fueron los petroleros para los Estados Unidos o las devaluaciones en el caso de Argentina, indujeron un fuerte y persistente comovimiento entre las inflaciones sectoriales, en línea con la noción convencional de inflación. Por el contrario, una vez que la inflación de tendencia se redujo, predominan los ajustes de precios relativos de corto y mediano plazo, aún cuando ambas economías hayan estado sujetas a shocks agregados significativos. En el caso de los Estados Unidos, los shocks sobre los precios de la energía en épocas más recientes fueron de similar magnitud a la de los 70s y 80s, pero su impacto sobre la inflación de tendencia ha sido desestimable, como se observa en el gráfico adjunto. En Argentina, la abrupta devaluación nominal del peso en enero de 2002 tuvo un escaso pass-through a la inflación IPC. Estos resultados indican que el ambiente inflacionario en el que tienen lugar los shocks agregados importa.

¿Qué aportan nuestros resultados para pensar los desafíos que enfrenta actualmente la política macroeconómica? En las economías industriales los aumentos de precios no se han generalizado, ya que no se manifiestan en aumentos en la inflación core (el componente de cambios de precios que persiste en el mediano y largo plazo). Sin duda la débil posición cíclica de estas economías está jugando un rol importante, pero también el hecho que en estos países la inflación ha tenido en años recientes un escaso componente tendencial y expectativas ancladas. Queda por verse cuál será el impacto inflacionario de mediano y largo plazo cuando se materialicen los costos del quantitative easing.

En los países emergentes la situación es algo diferente y también heterogénea. Para los exportadores de materias primas el alza en los precios de las materias primas es un shock de oferta positivo. Administrar esta bonanza requiere que las políticas macroeconómicas hagan foco en la moderación del ciclo, de forma de evitar el surgimiento de presiones inflacionarias. Estas políticas enfrentarán menos restricciones cuanto menos inflacionario sea el entorno en el que tienen lugar los shocks, dado que la magnitud de su impacto no está desvinculada de la historia inflacionaria reciente de cada economía.

Referencias

  • Altissimo, F., B. Mojon, and P. Zaffaroni (2009), “Can Aggregation Explain the Persistence of Inflation?”, Journal of Monetary Economics, 56 231–241.
  • Basco E., L. D’Amato y L. Garegnani, (2009), “Understanding the money–prices relationship under low and high inflation regimes: Argentina1977–2006”, Journal of International Money and Finance, Volume 28, Issue 7 1–23.
  • Blanchard, O. y J. Galí (2007), “The Macroeconomic Effects of Oil Price Shocks: Why are the 2000s so different from the 1970s?”, NBER Working Paper No. W13368.
  • Castagnino, T. y L. D’Amato (2009), Régimen y dinámica inflacionaria subyacente: ¿Comovimiento generalizado o ajuste de precios relativos?”, Ensayos Económicos N° 52 Octubre – Diciembre 2008.
  • Castagnino, T. y L. D’Amato (2011), What Do We Mean When We Mean Relative Price Variability? Mimeo, BCRA.
  • De Gregorio, J., O. Landerretche, y C. Nielsen, (2007), “Another pass-through Bites the Dust? Oil Price and inflation”, Economía, V 7 (2), 155-208.
  • Lucas, R. Jr. (1980), “Two illustrations of the Quantity Theory of Money”, The American Economic Review, Vol. 70, N°5. 1005-14.
  • Mc Candless, G. and W. Weber (1995), “Some Monetary Facts”, Quarterly Review, 19:1173-1193, Federal Reserve Bank of Minneapolis.
  • Reis, R. y M. Watson (2007), “Relative Goods’ Prices and Pure Inflation”, NBER Working Paper N° 13615.

 


[1]Las opiniones de los autores no necesariamente representan las de las instituciones a las que pertenecen.

[2]  Como muestran Lucas (1980) y McCandless y Weber (1995) en sus muy difundidos trabajos. Basco, D’Amato y Garegnani (2009) estudian esta relación para Argentina a través de distintos regímenes inflacionarios.

[3]Ver Blanchard y Galí (2008).

[4]Reis y Watson (2009) y Altíssimo et al. (2009), muestran que la inflación se explica en su mayor parte por cambios de precios relativos de muy corto plazo.

[5]Ver Castagnino y D’Amato (2009, 2010).

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4 Respuestas a “¿De qué hablamos cuando hablamos de inflación?

  1. Como ejemplo, se puede buscar que pasó en 1995 con la suba muy grande en cereales:
    En los 13 meses de Abril del 95 a Mayo del 96
    Harina de Soja: 49%
    Trigo: 76%
    Maíz: 101%
    IPC: -0.3%
    IPIM: 4.6%
    En 2007 hice un post sobre el tema:
    http://patriachacarera.blogspot.com/2007/10/refutacin-las-retenciones-9-inflacin.html

  2. Hola Mariano,
    Gracias por el comentario. Lo que vos decís respecto del escaso impacto de las alzas en los precios internacionales de los cereales se puede ver claramente, en Gráfico 3 del trabajo publicado en Ensayos Económicos. En él se muestra la evolución de la inflación IPC junto con la de distintos estimadores de los shocks comunes y se aprecia que esos shocks tuvieron escaso o nulo impacto sobre la inflación IPC. Lo que también observamos es que en Argentina los shocks que han tenido históricamente mayor impacto sobre la inflación IPC son aquellos que afectan el precio relativo transables no transables, como las devaluaciones nominales.

    saludos

  3. Laura y Tomás
    Muy buen post, muy ilustrativo.
    Tengo un solo comentario, con respecto al bajo pass-through de la devalución del 2002, me parece que lo más importante para explicarlo fue el tamaño de la brecha del producto en ese momento, mas que el entorno inflacionario de los años anteriores. Para mi fue muy revelador ver como muchos supermercados intentaron subir los precios casi a la par de la devaluación y luego de que la demanda no convalidara esos precios comenzaran a bajarlos. Fue algo que pudo verse algunas semanas y no creo que lo haya verse revisando los índices de precios, pero que creo que muestra que la memoria inflacionaria no se había desvanecido, sino que había otras restricciones por las cuales no pudo aplicarse.
    saludos

    • Gracias Federico, también muy interesante tu comentario. Es difícil valuar en cuánto contribuyeron ambas explicaciones a que hubiera un escaso pass-through y me parece que ambas están vinculadas. En enero de 2002, cuando tuvo lugar la devaluación, la economía estaba en recesión (o casi depresión) desde 1998 y en deflación. Si embargo, es interesante notar (y eso se puede ver en el trabajo), que en otros episodios devaluatorios, en los que también hubo inicialmente una fuerte contracción de la actividad económica, la inflación de tendencia era más elevada y los shocks sí tuvieron un efecto más permanente sobre la inflación, imprimiendo un mayor comovimiento entre las inflaciones sectoriales. En la crisis de 2002 esto no ocurrió.

      De nuevo las razones parecen ser varias, entre ellas sin duda el contexto altamente recesivo, pero también la baja inflación per se. Esto es así por un lado porque algunos mecanismos indexatorios de precios y salarios característicos de la alta inflación no estaban presentes pero también porque un entorno de baja inflación permite a los agentes distinguir entre ajustes de precios relativos y los shocks nominales y responder en consecuencia (una explicación a la Lucas, si querés). También está la cuestión de los márgenes, algo que Burstein y otros estudiaron para este episodio. Si un mira por ejemplo la trayectoria de alimentos consumidos en el hogar (más cerca de ser transables) vs alimentos fuera del hogar (no transables) se ve muy claro que los primeros ajustaron muy rápidamente al shock, mientras que las comidas fuera del hogar, cuyo comportamiento está más vinculado a las condiciones de la demanda interna, comenzaron a ajustar una vez que los salarios y el gasto en consumo se recuperaron. En ese caso es posible que las firmas en ese sector, que está bastante atomizado y uno pensaría que es bastante competitivo, debieron ajustar sus márgenes a la espera de una mejora en las condiciones de demanda. De nuevo, las respuestas de productores y consumidores se corresponden con un shock de precios relativos, como de hecho fue la devaluación de 2002.

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