Los desbalances globales: una visión desde los países en desarrollo (cont.)

Por Roberto Frenkel

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Una fuente de los preconceptos que afectan la discusión de los desbalances globales es que en algunos diagnósticos superviven atributos de los sistemas monetarios y financieros internacionales experimentados en el pasado que ya no tienen existencia. El sistema monetario y financiero internacional actual tiene atributos históricamente novedosos cuyas diferencias con los que rigieron en el pasado no tiene suficiente reconocimiento en algunos diagnósticos. Algunos de ellos, por ejemplo, no toman suficientemente en cuenta el carácter global que adquirió la propiedad del capital y tienden a percibir los desbalances globales como desequilibrios. Como mencionamos arriba, esta perspectiva proyecta al contexto actual una visión de los balances de pagos propia del período regido por el acuerdo de Bretton Woods, cuando los movimientos internacionales de capital eran poco significativos.

Tampoco sirve de referencia válida la experiencia histórica previa de globalización financiera, la que tuvo lugar entre 1870 y la primera guerra mundial, cuyo sistema monetario estaba basado en el patrón oro. Gran Bretaña jugaba entonces en el sistema un rol central semejante al que desempeña actualmente Estados Unidos, pero la moneda internacional era el oro y no la libra esterlina. En este sentido, Gran Bretaña no gozaba del “exorbitante privilegio” del que goza Estados Unidos actualmente. Como en otros países, déficits en cuenta corriente importantes en Gran Bretaña por un período prolongado podían afectar sus reservas de oro. Entonces Gran Bretaña, como el resto de los países participantes del sistema, debía elevar su tasa de interés para atraer capitales y defender la paridad cambiaria. El aumento de las tasas de interés tenía efectos recesivos que reducían las importaciones y tendían a ajustar el déficit de cuenta corriente.

La característica más novedosa del sistema monetario y financiero internacional actual es que constituye la primera experiencia histórica de globalización financiera basada exclusivamente en monedas fiduciarias y, además, con tipos de cambio flotantes. El dólar se constituyó en la moneda internacional en el período de vigencia del acuerdo de Bretton Woods y sobrevivió como tal a la caída del acuerdo y la flotación de las monedas de los países desarrollados. Desde ese momento el sistema monetario y financiero internacional opera con una gran predominancia del dólar. Esa predominancia resultó fortificada recientemente por las dificultades que enfrentó este año la zona del euro en el tratamiento de las deudas públicas de los países que la integran.

Hemos sugerido en otro artículo que la supremacía del dólar como moneda internacional puede en parte explicarse porque el dólar es una moneda nacional que cuenta con un prestamista de última instancia de máxima credibilidad. Pero, cualquiera sea la razón que hace del dólar la moneda global por excelencia, esto otorga atributos singulares al balance de pagos de los Estados Unidos. En primer lugar, a través de su déficit de balance de pagos Estados Unidos provee a la economía mundial de la liquidez imprescindible para su expansión. En segundo lugar, el país tiene, en principio, una posibilidad ilimitada de generar activos en moneda internacional cuya transferencia a no residentes sirva de contraparte de sus déficits de cuenta corriente. Consecuentemente, la cuestión de la sostenibilidad de los déficits en los Estados Unidos se centra en la aceptabilidad de la moneda norteamericana y los activos de ese país por parte de los residentes en el resto del mundo durante un período más o menos prolongado.

Sin embargo, también debe tenerse en cuenta un elemento que está fuera del plano estrictamente económico: la aceptabilidad por parte de la elite política de Estados Unidos de la creciente internacionalización de la propiedad del capital en ese país que supondría la persistencia de los déficits de cuenta corriente. En los años setenta y ochenta del siglo pasado los capitales de origen japonés enfrentaron resistencia política, pero esta se diluyó más adelante. Desde los años noventa no se percibieron dificultades con relación a los capitales de Japón, Alemania, Arabia Saudita y otros países petroleros. Actualmente la resistencia es evidente en el caso de China, pero en éste el nacionalismo norteamericano está probablemente más asociado con el capital de propiedad estatal y la naturaleza del régimen político chino que con los negocios. Los capitales de otros países en desarrollo no han enfrentado resistencias políticas y, en principio, no deberían enfrentarlas en el futuro.

La visión de los desbalances globales desde la perspectiva de los países en desarrollo se resume en lo siguiente: un período de déficit de cuenta corriente más o menos prolongado en Estados Unidos y otras economías avanzadas es necesario para que los países en desarrollo sostengan un período equivalente de crecimiento rápido, que de lugar al aumento continuado de los ingresos per capita y a la diversificación de sus economías.

Esta visión es la conclusión sistémica de las lecciones sobre desarrollo más robustas aprendidas en las últimas décadas. Es evidencia robusta, por ejemplo, que entre 1970 y comienzos de los años 2000, las tasas de crecimiento de las economías en desarrollo tuvieron significativa correlación positiva con los resultados de la cuenta corriente: crecieron más los países con mayor superávit o menor déficit. En esas tres décadas (la primera fase del período de globalización financiera) también es robusta la evidencia sobre la insostenibilidad de déficits significativos de cuenta corriente en las economías en desarrollo: la sucesión de crisis externas, acelerada en la segunda mitad de los años noventa, ilustró llamativamente este punto. La experiencia de la última década reforzó las lecciones provistas por la historia previa. En la década de los años 2000, antes de la crisis subprime, la tasa de crecimiento del conjunto de economías en desarrollo se aceleró y, por primera vez desde los años setenta del siglo pasado, se despegó significativamente de la tasa de crecimiento de las economías avanzadas. Esta aceleración del crecimiento estuvo asociada con la generación de superávits en cuenta corriente en un número importantes de economías de mercado emergente. Más adelante, los impactos recesivos de la crisis también discriminaron positivamente a las economías en desarrollo superavitarias. En el año 2009 la contracción del producto en las economías en desarrollo mostró correlación significativa con los resultados de cuenta corriente exhibidos en el período 2005-07: la contracción fue menor (o se observó una tasa positiva de crecimiento) en las economías que habían experimentado mayor superávit o menor déficit hasta 2007. La mencionada evidencia estadística comparativa internacional se suma a los conocimientos derivados de las historias económicas de muchas economías en desarrollo. El caso argentino es paradigmático en este aspecto.

Los economistas no somos sabios en materia de políticas de desarrollo, pero sabemos con bastante certeza que contextos y políticas favorables al crecimiento, en muchos casos asociadas con la preservación de tipos de cambio competitivos y la acumulación de reservas, son concomitantes con la generación de superávits de cuenta corriente. Sabemos también que no son sostenibles procesos que generan déficits de cuenta corriente persistentes. Consecuente, las recomendaciones nacionales de políticas macroeconómicas favorables al crecimiento apuntan a la generación de cuentas corrientes superavitarias en cada una de las economías en desarrollo. Me gustó como colocó la cuestión Jan Kregel al final de su presentación en las recientes Jornadas del BCRA. Dijo más o menos lo siguiente: “si les recomiendan déficits de cuenta corriente les están diciendo que continúen subdesarrollados”. La generalización de estas políticas al conjunto de economías en desarrollo implica necesariamente que los países avanzados deben ser deficitarios.

Ciertamente, debe reconocerse que los países en desarrollo no han aplicado las políticas que tienden a generar superávit de cuenta corriente simultáneamente y no parece que esto ocurra en el futuro cercano, de modo que las mencionadas recomendaciones de política en cada uno de los países en desarrollo no pueden ser acusadas de inconsistencia global, aunque se perciba a los desbalances globales como un problema. Un país pequeño en términos internacionales no tiene razón para preocuparse por las repercusiones internacionales de sus políticas. Sin embargo, si se valora el debate internacional y las posibilidades de mejorar las instituciones internacionales para hacerlas más favorables al desarrollo debe atenderse la cuestión de la consistencia global de las políticas de desarrollo y lidiar desde esta perspectiva en el tema de los desbalances globales.

Como enseñó Keynes, las ideas económicas son muy importantes. A veces, como ocurrió con la debacle del acuerdo de Bretton Woods, se adoptan malas decisiones porque la política está orientada por ideas económicas erróneas. La cuestión de los desbalances globales merece discutirse porque cuanto más se extienda la creencia en la sostenibilidad de los déficits de Estados Unidos y otras economías avanzadas, más favorables al desarrollo serán las instituciones internacionales.

Más allá del debate sobre la sostenibilidad, ha recrudecido recientemente la presión de los países avanzados sobre las economías en desarrollo, singularmente sobre China, para que aprecien sus tipos de cambio y debiliten sus cuentas corrientes. La acentuación de la presión no aparece ahora principalmente motivada por las tendencias de los balances externos, sino por una urgencia en incrementar las ventas al exterior. Efectivamente, la recuperación de la demanda doméstica es pobre en Estados Unidos y otras economías desarrolladas, las políticas fiscales enfrentan crecientes dificultades en Estados Unidos y otros países desarrollados y los efectos de las políticas monetarias son débiles. El aumento de las exportaciones netas aparece así como el único camino viable para estimular la reactivación. En ese camino, Estados Unidos y otros países desarrollados han colocado los tipos de cambio y los balances comerciales como temas prioritarios en el FMI y el G20. Además de la presión internacional, varios países desarrollados han adoptado medidas conducentes a devaluar sus monedas; incluyendo Japón, cuya ubicación en los desbalances globales debería orientar su política cambiaria en la dirección opuesta. Se está librando una “guerra cambiaria”, como la denominó el Ministro de Hacienda de Brasil, en la que todos estamos llamados a perder, tanto los países en desarrollo como los avanzados.

Los países en desarrollo deberían participar en este debate llevando la discusión más allá del corto plazo y colocando la cuestión del desarrollo en el primer plano. Con esta perspectiva deberían proponer una reforma profunda del sistema monetario internacional, que entre sus objetivos incluyera la consolidación de los mejores rasgos de la configuración internacional de los años 2000. Por ejemplo, deberían promover un acuerdo internacional de regímenes cambiarios y tipos de cambio reales, que diera lugar a que las economías en desarrollo siguieran trayectorias de altas tasas de crecimiento con exportaciones.

Por las circunstancias que atraviesan los países avanzados, las condiciones para el éxito de una propuesta de ese tipo parecen en estos momentos las peores. Pero algunos aspectos de la situación son ventajosos para, al menos, iniciar esa discusión. Por ejemplo, la situación tiene la virtud de mostrar claramente el rol de los regímenes cambiarios y los tipos de cambio reales, despojados de la parafernalia con que rodea estos temas la economía neoclásica. En segundo lugar, el tema ha sido colocado en el primer plano de atención internacional por los países desarrollados y está abierta la posibilidad de negociaciones.

Ganar apoyo para la reforma sugerida requeriría revivir el espíritu de Bretton Woods en un contexto de gran pobreza de iniciativas de coordinación internacional.

Es difícil, pero no imposible. Dos condiciones parecen necesarias para avanzar por ese camino. La primera es que exista un reconocimiento amplio de las lecciones sobre desarrollo provistas por la historia de la globalización financiera. La segunda es que se reconozcan los efectos benéficos que tendría un acuerdo internacional de tipos de cambio sobre los países en desarrollo y los avanzados. La guerra cambiaria no le conviene a nadie.

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