Los desbalances globales: una visión desde los países en desarrollo

Por Roberto Frenkel

El problema de los desbalances globales (global imbalances) ocupa mucha atención de analistas académicos y no académicos y también de organismos internacionales, desde institutos de las Naciones Unidas hasta el FMI. La preocupación por el tema se manifiesta prncipalmente en los Estados Unidos, pero no exclusivamente. Por ejemplo, la cuestión mereció una sesión completa en las recientes Jornadas Monetarias y Bancarias 2010 de nuestro Banco Central. Los desbalances son motivo de gran polémica porque el espectro de diagnósticos es muy amplio. Un polo de la discusión urge medidas rápidas para corregir las tendencias recientes porque las predice insostenibles y conducentes a una crisis global. El polo opuesto cuestiona que los desbalances constituyan un problema, diagnostica que las tendencias son sostenibles por largo tiempo y hasta considera los desbalances como un aspecto necesario del orden monetario mundial presente. Entre ambos polos se registran posiciones diversas con distintos matices. En esta nota examinamos el tema procurando esbozar una visión desde los países en desarrollo.

El lado deficitario de los desbalances globales está altamente concentrado en el déficit de cuenta corriente de los Estados Unidos. En 2006, cuando alcanzó su máximo histórico, ese déficit sumó 803 mil millones de dólares, equivalentes a 6% del PIB de Estados Unidos y 1.5% del producto mundial. Entre 2005 y 2008 el déficit promedió 746 mil millones de dólares, equivalentes a 5.5% del PIB de Estados Unidos y 1.4% del producto mundial. En el mismo período, el área del euro en su conjunto tuvo un resultado de cuenta corriente aproximadamente equilibrado (aunque, dentro del área, Alemania ostentó un importante superávit y el resto de países fue predominantemente deficitario), mientras que el agregado de Japón y el resto de países desarrollados tuvo superávits del orden de los 300 millones de dólares anuales. Entre 2005 y 2008 el déficit de los Estados Unidos representó 58% de la suma de los resultados de cuenta corriente de todos los países deficitarios del mundo.

Ese panorama cambió con la crisis: el déficit de Estados Unidos se contrajo a poco más de la mitad con la recesión de 2009. Si el cambio de tendencia observado con la crisis es transitorio o permanente es un interrogante crucial en la discusión. Personalmente me inclino a pensar que la economía norteamericana continuará mostrando un déficit importante.

La tendencia y la magnitud extraordinaria que alcanzó el déficit de Estados Unidos fueron una de las novedades que trajeron los años 2000. Esta novedad parece ser una de las motivaciones de la emergencia del tema de los desbalances globales como un “problema” que requiere solución. El déficit mostró una tendencia nítidamente creciente desde 1998, luego de las crisis asiáticas. Sin embargo, no debe dejarse de lado que el país también mostraba resultados deficitarios antes. En realidad, Estados Unidos tuvo importantes déficits desde 1983, que alcanzaron un máximo en 1986, se redujeron en la segunda mitad de la década de los ochenta y emergieron nuevamente a principios de los años noventa.

Las transacciones internacionales de bienes y servicios son un sistema cerrado: si algunos tienen déficit otros deben tener superávit necesariamente. El lado superavitario de los desbalances globales ha ido cambiando en el tiempo. Hubo un cambio entre la década de los años 2000 y el pasado y hubo otro cambio significativo dentro de la última década. Antes de las crisis asiáticas el superávit que era contraparte de los déficits de Estados Unidos y otros países se concentraba en Japón y Europa. Muy pocas economías en desarrollo mostraban superávit (por ejemplo, China y Malasia). La cuenta corriente deficitaria era la modalidad de inserción internacional de la gran mayoría de las economías en desarrollo. El cambio que se produjo después de las crisis asiáticas, desde inicios de los años 2000, fue que un número significativo de economías de mercado emergente comenzó a generar superávit. Por otro lado, en el mismo período, el superávit que ya ostentaba China tomó una tendencia rápidamente creciente. Esto era verdaderamente novedoso. Por primera vez desde el comienzo de la globalización financiera el agregado de economías de mercado emergente (economías en desarrollo con integración financiera internacional) mostraba un resultado de cuenta corriente superavitario: los capitales fluían de los países en desarrollo hacia los desarrollados. Creo que este fenómeno es otra motivación de la aparición del “problema” de los desbalances globales, junto a las inéditas magnitud y tendencia del déficit de los Estados Unidos. Algo semejante había ocurrido con la emergencia de grandes déficits norteamericanos en los años ochenta, cuando Japón se constituyó en el foco de la preocupación norteamericana. En los años 2000 el foco fue China y otras economías en desarrollo superavitarias, especialmente las del este de Asia.

Debe tenerse en cuenta, sin embargo, que también Alemania comenzó a generar importantes y crecientes superávits de cuenta corriente desde 2002 y que el tradicional superávit de Japón también mostró una tendencia creciente en el mismo período. De hecho, hasta 2004 inclusive, los mayores superávit de cuenta corriente del mundo correspondían a Japón y Alemania, mientras el superávit de China ocupaba el tercer lugar. Solamente a partir de 2005 el superávit de China es el mayor entre los países superavitarios, seguido por los de Japón y Alemania. Los roles de Alemania y Japón no son para nada despreciables. En 2006, el año de máximo déficit de cuenta corriente en los Estados Unidos, los superávit de los tres países mencionados fueron (en miles de millones de dólares): China, 253.3; Alemania, 190.2 y Japón, 170.4. Otros países en desarrollo y exportadores de petróleo tienen individualmente superávits de menor magnitud, pero agregados suman una cifra importante.

La preocupación por una tendencia creciente del déficit en los Estados Unidos (si se repone en el futuro) puede ser justificable y merece sin duda ser discutida. Particularmente porque un episodio crítico causado por un ajuste abrupto de ese déficit tendría efectos negativos globales. Merece discutirse si los desbalances globales constituyen o no un problema, pero los datos expuestos indican que es injustificado el foco casi exclusivo en el superávit de China y otras economías de mercado emergente que algunos ponen en la discusión, atribuyendo ese superávit (y consiguientemente el déficit norteamericano) a distorsiones en los países de mercado emergente provocadas por sus políticas cambiarias y comerciales.

Los datos expuestos muestran lo esencial del “problema”. Entre los que reclaman una solución urgente para revertir tendencias que consideran insostenibles hay muchos, principalmente en los Estados Unidos, que sostienen que los desbalances globales jugaron un rol principal en la gestación de la crisis reciente. No tenemos lugar aquí para presentar en detalle sus argumentos, pero podemos decir que no resultan muy convincentes en el plano académico. En este plano el consenso ubica como principal factor de la crisis la gran fragilidad financiera alcanzada por el sistema globalizado con centro en los Estados Unidos, en conjunción con el desplome de la burbuja inmobiliaria a partir de 2006. De hecho, la crisis financiera afectó más a países desarrollados con alto superávit pero gran exposición a activos en los Estados Unidos, como Alemania, que a otros países desarrollados con déficit de cuenta corriente pero con menor exposición al riesgo norteamericano. Con respecto a la relación entre la crisis y los desbalances globales, el consenso académico reconoce que ambos pueden tener una raíz común en la bajísima tasa de ahorro que exhibía la economía norteamericana antes de la crisis, pero descarta el alto déficit de cuenta corriente como causa.

Quienes preveían una crisis causada por el déficit de cuenta corriente de los Estados Unidos razonaban por analogía con las crisis experimentadas por las economías de mercado emergente deficitarias. Frente a la tendencia creciente del déficit preveían una brusca reducción de la confianza en los activos norteamericanos, que incluiría los títulos de la deuda pública, y la consiguiente liquidación rápida de dólares y activos denominados en dólares. Esto provocaría una abruta depreciación del dólar, cuyos efectos inflacionarios inducirían a la Reserva Federal a elevar significativamente las tasas de interés, lo que empujaría a Estados Unidos y el resto del mundo a la recesión.

Ocurrió una crisis, pero no fue la prevista por los que ponían el foco en los desbalances globales. De hecho, ocurrió lo opuesto a lo que se preveía: hubo una “fuga a la calidad” que produjo la apreciación del dólar y los bonos del Tesoro.

Los intereses nacionales juegan indudablemente un papel significativo en la formulación de los distintos diagnósticos. Pero éstos también arrastran preconceptos. La cuestión crucial es la sostenibilidad de déficits de cuenta corriente importantes en un número de países desarrollados, singularmente en los Estados Unidos. Colocamos la cuestión en la sostenibilidad de los déficits en países desarrollados porque los déficits en los países en desarrollo no ameritan mucha discusión adicional. La experiencia de cuatro décadas de globalización ha mostrado claramente que déficits de cuenta corriente importantes resultaron insostenibles en los países en desarrollo. Lo que está realmente en discusión es la sostenibilidad de déficits en Estados Unidos y otras economías avanzadas.

Que una tendencia sea sostenible no significa que sea permanente. La permanencia es un concepto de los economistas referido a un período infinito abstracto. En cambio, la sostenibilidad es una conjetura referida a un período más o menos prolongado pero previsible con los datos y conocimientos con que se cuenta actualmente, que no se suponen eternos. Una tendencia es sostenible si, en su previsión con los datos y parámetros conocidos en la actualidad, no se prevén procesos que tiendan espontáneamente a revertirla. Aseverar que un país no puede tener déficit de cuenta corriente permanentemente es una verdad de Perogrullo, como veremos enseguida. Distinto es aseverar que Estados Unidos y otras economías desarrolladas pueden sostener déficits de cuenta corriente por un período prolongado sin que eso inhiba o deteriore el funcionamiento normal de esas economías y las del resto del mundo.

El resultado de la cuenta corriente de un país en cierto período es necesariamente igual al aumento (en el caso de superávit) o la disminución (en el caso de déficit) de los activos netos, reales o financieros, poseídos por los residentes de ese país en el resto del mundo. Si en un período el país X tiene superávit en sus transacciones con el país Y (el país Y tiene déficit con el país X), al fin del período los residentes de X poseerán necesariamente más activos en el país Y (papeles de deuda de residentes de Y o capital en el país Y). En principio, no hay razón para que esta situación no se repita período a período, mientras los residentes de X acepten los activos de Y como pago por su superávit.

El resultado de la cuenta corriente no es el desequilibrio en un mercado, esto es, un exceso de demanda que el movimiento de un precio tienda espontáneamente a cerrar. Un resultado nulo de la cuenta corriente suele denominarse “equilibrado” (esto es probablemente un residuo arqueológico del período de escaso movimiento internacional de capitales), pero un resultado no nulo no es un “desequilibrio” en el sentido mencionado arriba: no pone automáticamente en marcha un mecanismo “corrector”. El balance en cuenta corriente arroja un resultado que tiene como contrapartida necesaria los movimientos netos de capital (la generación de deudas o la transferencia de propiedad de activos) que cancelan las transacciones corrientes de bienes y servicios. En un contexto de libre movilidad de capitales como el que rige actualmente en la mayor parte de la economía mundial, particularmente entre los países que son parte de la globalización financiera, no hay razón lógica por la que un país desarrollado, particularmente los Estados Unidos, no pueda sostener un déficit de cuenta corriente por un período prolongado, mientras los países superavitarios acepten sus activos como pago por sus superávits corrientes.

Claro está que si la situación superavitaria del país X con respecto al país Y se prolongara por suficiente tiempo, todo el capital del país Y sería posesión de los residentes del país X. Aún así, los residentes de Y podrían intentar pagar su déficit de cuenta corriente con la emisión de más deuda, pero ésta difícilmente sería aceptada por los residentes de X, ya que los residentes de Y no contarían con capital propio. Esta es la razón por la cual la aseveración de que un país no puede tener permanentemente déficit de cuenta corriente es una verdad de Perogrullo. Pero no estamos hablando de déficits permanentes sino de déficits sostenibles.

CONTINÚA…

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