La guerra cambiaria y los desbalances globales

Roberto Frenkel

La cámara baja del Congreso de los Estados Unidos aprobó poco tiempo atrás una ley que abre el camino para que se apliquen aranceles punitorios a las importaciones de China. El Banco Central de Japón adoptó resoluciones que procuran la devaluación del yen, entre otros objetivos. Las medidas son parte de la “guerra cambiaria” mencionada por Guido Mantega en Sao Paulo. El escenario de las escaramuzas son los desbalances globales (global imbalances).

El lado deficitario de los desbalances globales está altamente concentrado en la cuenta corriente de los Estados Unidos. Entre 2005 y 2008 el déficit promedió 746 mil millones de dólares y representó 58% de la suma de los resultados de cuenta corriente de todos los países deficitarios del mundo. La tendencia del déficit fue nítidamente creciente desde 1998, pero el país también mostraba resultados deficitarios antes. Desde 1983 tuvo déficits importantes, que alcanzaron un máximo en 1986, se redujeron en la segunda mitad de los ochenta y emergieron nuevamente a principios de los noventa.

El lado superavitario ha ido cambiando en el tiempo. Antes de las crisis asiáticas se concentraba en Japón y Europa. Muy pocas economías en desarrollo mostraban entonces superávit (por ejemplo, China y Malasia). En cambio, cerca de la mitad de las economías de mercado emergente comenzó a generar superávit desde inicios de los años 2000. Al mismo tiempo, el superávit de China tomó una tendencia creciente. Esto era verdaderamente novedoso: por primera vez desde el comienzo de la globalización financiera los capitales fluían de los países en desarrollo hacia los desarrollados.

Debe tenerse en cuenta, sin embargo, que también Alemania comenzó a generar crecientes superávits de cuenta corriente desde 2002 y que el tradicional superávit de Japón también tendió a aumentar. De hecho, hasta 2004 inclusive, los mayores superávits del mundo correspondían a Japón y Alemania, mientras que China ocupaba el tercer lugar. Solamente a partir de 2005 el superávit de China es el mayor, seguido por los de Japón y Alemania. En 2006, el año de máximo déficit de cuenta corriente en los Estados Unidos, los superávit de los tres países mencionados fueron (en miles de millones de dólares): China, 253.3; Alemania, 190.2 y Japón, 170.4.

Los datos indican que el foco casi exclusivo que se pone en Estados Unidos en el superávit de China es injustificado, así como la atribución del déficit norteamericano a las distorsiones provocadas por la política cambiaria china.

Visto con la perspectiva de los países en desarrollo, el tema se resume en lo siguiente: un período de déficit más o menos prolongado en las economías avanzadas es necesario para que los países en desarrollo sostengan un período equivalente de crecimiento rápido.

Esta visión es la conclusión de las lecciones sobre desarrollo más robustas de las últimas décadas. Entre 1970 y comienzos de los años 2000, el crecimiento de las economías en desarrollo tuvo significativa correlación positiva con los resultados de la cuenta corriente: crecieron más los países con mayor superávit o menor déficit. Por otro lado, la sucesión de crisis externas, acelerada en la segunda mitad de los años noventa, ilustró llamativamente la insostenibilidad de déficits significativos en esas economías. La experiencia más reciente reforzó las lecciones previas. En los años 2000, antes de la crisis subprime, la tasa de crecimiento de las economías en desarrollo se aceleró y se despegó significativamente de la tasa de crecimiento de las economías avanzadas. La aceleración estuvo asociada con la generación de superávits en cuenta corriente en un número importantes de economías de mercado emergente. Más adelante, los impactos recesivos de la crisis también discriminaron positivamente a las economías en desarrollo superavitarias. En el año 2009 la contracción del producto en las economías en desarrollo fue menor (o se observó mayor tasa de crecimiento) en las economías que habían experimentado mayor superávit o menor déficit hasta 2007.

Los economistas no somos sabios en materia de políticas de desarrollo, pero sabemos con bastante certeza que contextos y políticas favorables al crecimiento, en muchos casos asociados con la preservación de tipos de cambio competitivos y la acumulación de reservas, son concomitantes con la generación de superávits de cuenta corriente. Sabemos también que no son sostenibles procesos que generan déficits de cuenta corriente persistentes. Consecuente, las recomendaciones nacionales de políticas macroeconómicas favorables al crecimiento apuntan a la generación de cuentas corrientes superavitarias. La generalización de estas políticas al conjunto de economías en desarrollo implica necesariamente que, en el agregado, los países avanzados deben ser deficitarios.

Más allá del debate sobre la sostenibilidad de los desbalances, ha recrudecido recientemente la presión de los países avanzados sobre las economías en desarrollo, singularmente sobre China, para que aprecien sus tipos de cambio y debiliten sus cuentas corrientes. La acentuación de la presión no aparece ahora principalmente motivada por las tendencias de los balances externos, sino por una urgencia en incrementar las ventas al exterior. Efectivamente, la recuperación de la demanda doméstica es pobre en Estados Unidos y otras economías desarrolladas, las políticas fiscales enfrentan crecientes dificultades en Estados Unidos y otros países desarrollados y los efectos de las políticas monetarias son débiles. El aumento de las exportaciones netas aparece así como el único camino viable para estimular la reactivación. En ese camino, Estados Unidos y otros países desarrollados han colocado los tipos de cambio y los balances comerciales como temas prioritarios en el FMI y el G20.

Los países en desarrollo deberían participar en este debate llevando la discusión más allá del corto plazo y colocando la cuestión del desarrollo en el primer plano. Con esta perspectiva deberían proponer una reforma profunda del sistema monetario internacional, que entre sus objetivos incluyera la consolidación de los mejores rasgos de la configuración internacional de los años 2000. Por ejemplo, deberían promover un acuerdo internacional de regímenes cambiarios y tipos de cambio reales, que diera lugar a que las economías en desarrollo siguieran trayectorias de altas tasas de crecimiento con exportaciones.

Por las circunstancias que atraviesan los países avanzados, las condiciones para el éxito de una propuesta de ese tipo parecen en estos momentos las peores. Pero algunos aspectos de la situación son ventajosos para, al menos, iniciar esa discusión. Por ejemplo, la situación tiene la virtud de mostrar claramente el rol de los regímenes cambiarios y los tipos de cambio reales, despojados de la parafernalia con que rodea estos temas la economía neoclásica. En segundo lugar, el tema ha sido colocado en el primer plano de atención internacional por los países desarrollados y está abierta la posibilidad de negociaciones.

Ganar apoyo para la reforma sugerida requeriría revivir el espíritu de Bretton Woods en un contexto de gran pobreza de iniciativas de coordinación internacional.

Es difícil, pero no imposible. Dos condiciones parecen necesarias para avanzar por ese camino. La primera es que exista un reconocimiento amplio de las lecciones sobre desarrollo provistas por la historia de la globalización financiera. La segunda es que se reconozcan los efectos benéficos que tendría un acuerdo internacional de tipos de cambio sobre los países en desarrollo y los avanzados. La guerra cambiaria no le conviene a nadie.

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