Impacto en latinoamérica y argentina del (des)acuerdo del G-20

José Luis Machinea

La convocatoria del G-20 en los albores de la crisis internacional que se precipitó en septiembre de 2008 fue un reconocimiento de la relevancia de algunos países emergentes en el escenario internacional y, por ende, una instancia superadora de las cumbres del G7 y del G8. En un mundo enfrentado a la mayor crisis desde la década de 1930, las primeras reuniones del G-20, en Washington en noviembre de ese año y en Londres en abril de 2009, mostraron más coincidencias que disidencias. Algunos de los mensajes de esas cumbres estaban orientados a la búsqueda de coordinación en escala global, a la necesidad de mejorar la regulación del sistema financiero, a aportar más recursos al Fondo Monetario Internacional y a pedirle más flexibilidad para apoyar a los países en desarrollo. Con sus más y sus menos, varios de esos anuncios tuvieron su correlato en acciones concretas en los meses posteriores.

Sin embargo, a medida que comenzaba la recuperación, se hacía cada vez más evidente que el balance positivo de las primeras cumbres había sido el resultado del “espanto ante la crisis” más que una decisión de largo aliento vinculada con la gobernabilidad de la globalización. Pittsburgh y Toronto, sedes de las cumbres posteriores, al mostrar más desacuerdos que acuerdos, fueron una manifestación de esa realidad.

A pesar de ello, la Cumbre de Seúl generó expectativas porque tenía lugar después de un intercambio poco amistoso entre algunos de los países participantes en relación con lo que se dio en llamar “la guerra de las monedas”, cuya última manifestación habría sido la decisión de la Reserva Federal de Estados Unidos de emitir 600 mil millones de dólares en los próximos meses. En un mundo donde la suma del superávit en cuenta corriente de China, Alemania y Japón es similar al déficit en cuenta corriente de Estados Unidos, el anuncio de la Reserva Federal puede ser visto como una respuesta a la escasa predisposición de esos países a expandir su demanda interna y a apreciar sus monedas. No se nos escapa que Alemania tiene la particularidad de estar dentro de la Unión Europea, con todo lo que ello implica en términos del déficit en cuenta corriente de sus socios y la existencia de una moneda única, como tampoco que el yen se haya apreciado el forma considerable durante los últimos meses.

El intento de obligar a una apreciación en las monedas de los países con superávit mediante la ampliación de la oferta de dólares, tiene efectos colaterales en el ámbito global, ya que el impacto se extiende al conjunto de países. En otras palabras, la falta de un acuerdo – para facilitar la reducción de los desequilibrios globales y la recuperación de Estados Unidos- tendrá como resultado que América Latina y el conjunto de países en desarrollo tendrán que soportar una mayor oferta de dólares y, por lo tanto, una acentuación de la tendencia a la apreciación de sus monedas. En el caso de América Latina, el déficit en cuenta corriente para 2010 se estima en 1,5% del Producto, por lo que es obvio que la región nada tiene que ver con estos desequilibrios globales y que, por ende, no hay razones para que contribuya a disminuir el déficit de Estados Unidos. En síntesis, lo negativo de la Cumbre de Seúl es que, más allá de las buenas intenciones en distintos aspectos vinculados con el desarrollo, nada cambió, de manera que las tendencias que se avizoraban hace algunos meses continuaran vigentes y, como se menciona más abajo, con riesgo de agravarse.

Las escasas opciones de inversión generarán una mayor demanda especulativa sobre las commodities y, por ende, precios más elevados en el corto plazo, los que beneficiará a los productores de estos bienes en la región. Sin embargo, no debe olvidarse que ello contribuirá a aumentar la volatilidad de estos precios.

A los problemas asociados a una presión sobre los tipos de cambio y a un deterioro de la cuenta corriente de los países en desarrollo, se podría agregar que mientras no se consolide la recuperación global y persistan las altas tasas de desempleo en el mundo desarrollado, habrá más riesgos de que se recurra a medidas proteccionistas y en contra de la inmigración, posiblemente con características xenófobas. O sea, mayores riesgos de un regreso a lo sucedido en la década de 1930, con un mayor impacto en los países más abiertos al comercio, un espacio donde predominan los países en desarrollo. A pesar de ello, debe enfatizarse que hasta ahora ésas son solo amenazas, ya que las medidas proteccionistas asociadas con la última crisis han sido relativamente leves. A nuestro entender muy leves y entendibles, considerando que casi todos los paquetes de rescate debieron contar con aprobación de los congresos

Tal como está sucediendo en la mayoría de los países de América Latina, en la Argentina se acentuarán, entonces, las tendencias hacia la apreciación del peso y la excesiva expansión de la demanda interna, lo que tiende a acentuar el ciclo económico e impacta negativamente sobre la cuenta corriente. Ello es preocupante y debiera dar lugar a medidas tendientes a mitigar los efectos de esta tendencia. Justamente los países de la región están tratando de combatir esos efectos negativos apelando a una combinación de instrumentos; entre ellos, con distintas dosis entre países: la compra de dólares por los bancos centrales, con su correspondiente esterilización; políticas fiscales contracíclicas, que en la coyuntura implica menor expansión del gasto público; regulaciones financieras que castigan el endeudamiento externo, colocación de excedentes fiscales en el exterior e imposición de restricciones a la entrada de capitales.

Hay varias de estas medidas sobre las que hay un amplio acuerdo de los economistas, tales como políticas fiscales contracíclicas, regulaciones financieras que desincentivan el financiamiento externo, en especial de los productores de bienes no comercializables, y colocación de excedentes financieros de los gobiernos en el exterior. Hay otras –compra de reservas y restricciones a la entrada de capitales- sobre las que los economistas han discutido su eficacia durante muchos años. Desde ya que la compra de reservas y su esterilización debiera, más allá de su impacto en el corto, aumentar el déficit cuasi-fiscal en el mediano plazo, y que las restricciones a la entrada de capitales pueden, parcialmente, ser eludidas. Sin embargo, en la medida que se suponga, como es razonable, que no hay perfecta movilidad del movimiento de capitales a la tasa de interés y que las restricciones agregan dificultades a esa movilidad, los costos son menores en relación con los beneficios de reducir una excesiva apreciación del tipo de cambio real.

Hay, sin embargo, otra manera de entender el contexto internacional. Esta visión enfatiza que “hay viento de cola”, lo que permitiría durante los próximos meses sostener el crecimiento de la demanda acentuando el ciclo expansivo, disfrutar de la demanda especulativa con elevados precios de las commodities y mantener “planchado el dólar” y, con ello, moderar la aceleración inflacionaria producida por los otros factores. En lugar de políticas fiscales financieras contracíclicas, “el viento de cola” se agregaría a una política fiscal fuertemente expansiva. En ese contexto, qué mejor que subestimar los recursos fiscales en el presupuesto, de manera que esa expansión del gasto público sea asignada por el gobierno sin intervención del Congreso, y por ello funcional para al disciplinar al peronismo y a los gobernadores. Es por ello que, a diferencia del resto del mundo, para los preocupados por el corto plazo, la falta de acuerdos en Seúl puede ser una buena noticia.

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