Desequilibrios globales en un contexto de ausencia de coordinación

Guillermo Rozenwurcel

En un contexto de libre movilidad internacional de capitales como el que tendió a prevalecer cuando perdieron vigencia los acuerdos de Bretton Woods, los déficits en cuenta corriente de cualquier país apenas tienen como límite el financiamiento que los inversores internacionales estén dispuestos a otorgar.

En ese contexto, si el crecimiento tiende a generar déficits persistentes en la cuenta corriente, el surgimiento de un diferencial entre la tasa de interés doméstica y la internacional inducirá ingresos de capital que tenderán a compensarlos. De hecho, cualquier tentativa de esterilización monetaria de los ingresos de capital, al elevar las tasas internas, sólo acentuará los estímulos al ingreso de capitales. Esto no sólo contribuirá a neutralizar los desequilibrios corrientes sino que tendrá a producir acumulación de reservas y apreciación cambiaria.

Se produce así una tendencia al deterioro de los flujos externos corrientes que se realimenta acumulativamente, ya que al mismo tiempo se consolida la capacidad de compensar ese desequilibrio por vía de la cuenta capital. De hecho, el aumento de reservas refuerza la confianza en la estabilidad del proceso y elimina cualquier incentivo al ajuste. Un proceso de esa índole no es otra cosa que un proceso de tipo “Ponzi”, basado en la confianza de los invasores de que podrán salir antes de que el mismo se revierta. Pero como cualquier esquema “Ponzi”, el proceso acaba en colapso, ocasionando el default de los compromisos externos.

En este marco el rol del FMI queda limitado a reemplazar al capital privado cuando finalmente los flujos se revierten. De hecho, los programas del FMI acaban sirviendo al salvataje de los inversores que no lograron salir antes del colapso, en tanto sus condicionalidades no sólo generan, como en el pasado, caídas en el producto y el empleo, sino también fuertes pérdidas patrimoniales.

Bajo la libre movilidad de capitales, en síntesis, el límite a los desequilibrios lo ponen las crisis financieras –que se vuelven recurrentes- en lugar de las condicionalidades del FMI.

Para protegerse de estas crisis muchos países en desarrollo procuraron recurrir a la generación de superávit externos y la acumulación de reservas. Esto fue lo que ocurrió durante el período que se inició a partir de la crisis asiática y rusa del 97-98, cuando se generalizaron las estrategias de crecimiento lideradas por exportaciones y tipos de cambio depreciados. Pero, claro está, la generalización de estas políticas tendió a cambiar el signo de los desequilibrios globales, no a su eliminación.

En la práctica, los crecientes superávits en China y demás emergentes tuvieron como principal contrapartida el fuerte incremento del déficit externo norteamericano. La razón por la que sólo los Estados Unidos cumplieron ese papel ha sido la escasa disposición de otros países desarrollados, particularmente Alemania y Japón, a privilegiar la demanda interna en lugar de las exportaciones como motor de sus economías. De hecho, estos dos países también vienen registrando persistentes superávit en cuenta corriente.

Recientemente, en el marco de elevados niveles de desempleo que se resisten a disminuir, la falta de acuerdos globales ha inducido a los Estados Unidos a adoptar medidas para facilitar la reducción de sus desequilibrios externos y la recuperación de su economía. Uno de sus efectos, premeditado o no, es el de promover unilateralmente una apreciación en las monedas de los países con superávit mediante la ampliación de la oferta de dólares. Es en este ambiente enrarecido que aparece como posible una “guerra de divisas”.

Para gran parte del mundo en desarrollo, y en particular para América Latina, esto implicará la acentuación de la tendencia a la entrada de capitales y la apreciación de sus monedas que viene manifestándose desde que se recuperaron de la última crisis global más rápidamente que las economías avanzadas.

Además de poner de manifiesto los problemas de sostenibilidad de estrategias de desarrollo basadas en tipos de cambio depreciados, estos países enfrentan el riesgo de que una excesiva expansión de la demanda interna conduzca al recalentamiento de la actividad y al deterioro de la cuenta corriente. Evitar una expansión cíclica excesiva y encontrar una estrategia de desarrollo menos vulnerable son los dos principales desafíos actuales para estos países.

La política macroeconómica argentina va hasta el momento a contramano de ese desafío. De hecho, el mantenimiento de una política fiscal y monetaria fuertemente expansiva, cuya justificación seguramente debe buscarse más allá de la economía, da más aire al crecimiento de la demanda y exacerba la expansión cíclica ya impulsada por un contexto internacional favorable a nuestras exportaciones. La aceleración inflacionaria resultante, que nos ubica como outlier regional y mundial, tiene como único e insuficiente contrapeso la inamovilidad del tipo de cambio nominal, que permanece prácticamente estancado. Mirando al futuro, semejante mix nos deja en el peor de los mundos: inflación en alza y progresiva apreciación del peso.

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