Por Juan C. Barboza*
Prestarle al Rey ha sido en el pasado una actividad claramente riesgosa. Exigir el cobro de los créditos nunca fue una tarea sencilla si, por falta de capacidad o voluntad, el soberano decidía no honrar totalmente sus deudas. En tiempos más modernos con organizaciones e instituciones políticas y mercados de capitales más desarrollados uno podría tener la impresión de que esta situación no ha cambiado mucho.[1] Si (1) no hay un mecanismo que impide a un soberano declarar default, (2) es complicado cobrar el 100% de las acreencias, y (3) es incluso complicado reestructurar o normalizar los pagos, ¿cómo es que existe un mercado de deuda pública? Sigue leyendo



